27/9/20

INÉDITOS: miguel ángel curiel, 28 de septiembre, 2020.

 



¿De dónde sale el poema?

Te dirás.

 

 

Sólo puede salir de la muerte,

es una reversión.

 

 

Aún no se le debe nada,

el cielo es grande.

 

 

En el techo reflejos de agua,

escuchas a un astro decir no.

 

 

El último sol

transfiere el fuego de mañana.

 

 

Se llama vértigo a lo que el poema

ha querido darnos y no se oyó bien.

Tenía el mismo miedo y silencio

de quien camina sin poder hablar

y esparce granos de sal contra la muerte.

 

 

Alguien pide tu firma en el vacío,

 

 

lo haces primero

en el agua,

 

 

una emulsión del cielo,

no se sabe

donde lleva lo labrado,

 

 

líneas como las que hace la muerte

en el aire,

nadie las ve.

 

 

El nombre disuelve el origen.

 

 

Rutas de aves que aquí abajo dejan huellas

como una escritura que ha querido estar allí arriba

leve e incendiada

sin otras imágenes

que el movimiento incesante.

 

 

Ha necesitado la tierra

para representar el cielo.

 

 

Las ardillas que le daban miedo

se han convertido en otra cosa.

 

 

En los libros de aire

lo que encarna el perdón,

 

 

superposición de palabras

en vez de una extensión de ellas.

 

 

El peso

de una en otra.

 

 

 

[Otoño de flanqueo]











¿Cómo es la muerte? Preguntó, de arena se cubre el tiempo y la voz se seca. El sol de la noche y lo insoportable se convierte en el aéreo perdón de quien se eleva con el propio silencio. ¿Quién puede dibujar un gigante caído en el agua con la mano atrofiada de mirarla? No temía las distancias, el ojo es simple, cada noche se cierra y se purga. Si hablamos es para cansarla. La crisálida caída estalla. La alambrada no impide el fuego, la ausencia, pero nada se encierra así, todo queda abierto, y la sombra de la alambrada es otra alambrada. En la arena dibuja el viento una casa. El humo dispersa imágenes. Se aligera lo que subyuga, las aguas se rompen en dos al chocar en el árbol. Sin darle importancia al poema, el aire se lleva la noche (sic) lo que ha traído es polvo.

 

[odeón]











En la duración de las cosas no hay litigio, el no se incorpora a cada momento, la almendra tarda más en protegerse del cielo. Una vereda, el campo segado tiene debajo una ciudad. Las redes para pájaros –bajo el agua– ya apenas fibras de una palabra que se tensa en el cielo; las arregla… Las sombras –raquíticas– radiografías, dijiste. La montaña deja libre su río, ni se dirime, sólo se expande. El abismo, el espacio, y lo que está arriba ordenado en dibujos ¿No es eso la vida? Lo duro se rompe por el compas del sol que se clava. Pronto se acaba pero no se termina, así es la hierba, quien pasa sobre ella nunca lo sabe. el agua que no puede abrazar nada se abraza. La tierra no habla, intermitente tartamudea en otras voces muertas. Estamos juntos cociéndonos, el aire se vacía y el cielo es sólo una palabra que pesa menos. ¿Cuándo comienza a envejecer un árbol? es sencillo, se caen las hojas y quieres entrar en ellas más ligero, que pesen más y te aligeren, pesarlas en todas las circunstancias. El poema, a pesar de perder en las palabras todo, ha envuelto la luz con el papel del cucurucho lleno de agua. Antes se ha transferido el mensaje que borra la sombra. Todo se parece a un poema recién escrito que aún puede leerse en el aire.

 

[Carta]














 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 



























7/9/20

INÉDITOS : miguel ángel curiel

 

Ahora

caen las hojas

Es sencillo.

se caen

y quieres entrar en ellas,

 

que pesen

y te aligeren.

 

De cualquier cosa mana el cielo,

si sólo fuera

una palabra que pesa menos.











Tras el tiempo oscuro

hay sol muchos días.

 

Sale un dios de la mano,

el humo

de cualquier palabra.

 

Lo que se seca

reparte el alma.

 

Los pasos del adiós cruzan la arena

y el pedregal,

se ven en el agua

los dibujos negros.

 

Otra vez los mira,

ondulaciones.

 

Es violento

mover esta rueda de imágenes.

 

Una casa junto al agua es húmeda.

Se escribe

y se tapa la oreja negra del aire

con una piedra

sobre la tierra.

 

Las ramas que conducen a la luz

saben quebrarse,

un año

hacia el origen,

otros

buscan la ausencia.

 

La luna está llena

de caminos como este.

 

Y lo que se posa

y se eleva

ya no te pertenece.

 

Ese temor

a poder controlar

las aguas con palabras.

 

No puede pesar el cielo ahí.

 

El pequeño árbol

fija la tierra.

 

(Casa junto al agua)











Todo quema,

la piedra más que el hierro,

 

la arena sobre todo,

el hueso apenas,

 

y la luz que otros días te dejó ver el mundo

lo oculta.

 

Tu sombra parece una tela

difícil de arrancarle a la tierra.

 Me dijeron donde había un lugar de baño,

y seguí esas palabras.

 

-cierra los ojos

y sigue-

 

Año a año

las sigues

hasta ese lugar,

 

los lugares que se guardan

entre dos personas que se arrasan

y cuentan los árboles

junto al agua.

 

Ahora

casi puedo guiar el aire.

 

(Aire)








                .UN SONIDO DE CONCHAS A LO LEJOS.

 

 

Por la puerta abierta de esta casa entra el aire –nunca la cierres– ese nunca que juega con aquellos árboles –crecen para sí y yo hablo con la puerta o como la puerta y no sé nunca que digo; es por donde viene todo. No es un camino, pero se lo parece, ninguna ruta aunque atraviesa el cielo, lo veo en los juncos a los que ha abandonado el agua y ellos guardan más cielo –alguien arrancó algo seco– Me puse a caminar, era sólo arena caliente, una gran extensión hoyada, salía humo de un árbol que hay muy abajo, o de un ojo anegado, y en cada hoyo podía haber una piedra o una palabra, una pluma o basura, cuencos vacíos; la luz hace su trabajo que es quemar la voz del que dice todo esto, y la sombra de casi nada, o el dibujo que dejó una vez un rayo en tu mano. No tenía la distancia –el ojo es simple– sabe guardar el espacio, cada noche se cierra y se limpia y ve ausencia, en el se purga el sol. Muy atrás -no llamo años a lo que es evidente- podría ir hacia muy lejos, pero no sé cómo; no hay una línea, ni siquiera una palabra. Más bien son las distancias atravesadas por un camino que desde el cielo es una grieta cosida con hierba y con luz.  En el agua las palabras parecen hundirse, en el amor desparecer, en la luz apagarse, en la oscuridad brillar. El humo se las lleva al cielo. Las luces del suelo se cubren de hojas. en los bordes del camino parecen los ojos del sol; bajo las hojas en la niebla, no iluminan esta memoria oscura, y si nevara –y lo hace algún día– ya nada, ni siquiera estoy y de alguna manera lo veo; pero el calor de las luces derrite la nieve, y entre las hojas trabadas –como de estas palabras que se pudren– sale humo. Lo que el cielo no va a decir nunca para ti es sagrado. La luz que llevan los arroyos, parecen desangrarse y no sé lo que dicen. Si tuviera que decir algo nuevo intentaría entender esto -ya sin acudir a imágenes- Aún parece perseguir el agua, la escucha, no oye nada que tenga el valor de ser repetido –como aquellas imágenes que se deshacían en palabras y luego había que volver a entender– era la humedad que se seca para dejar de ser, y estos árboles enfilados, antiguos, nada cambia dentro de los ojos, y lo que está más adentro aún menos, nada se acumula en ellos, quizás el primer día que estuve aquí, nada llega de ello y si no ha cambiado mucho el lugar es por esperar, y esas yerbas que ella arranca del agua y las otras yerbas que no arranca, muy despacio para no levantar el cieno.

 

(Nunca)

 

 








 

9/6/20

JARAÍZ, de Miguel Ángel Curiel, editorial Amargord, 2018 por Francisco Martínez Real




-JARAÍZ- El laberinto de lo telúrico: Miguel Ángel Curiel por Francisco Martínez Real


Miguel Ángel Curiel, Korbach Valdeck, Alemania, 31 de marzo de 1966, poeta español, de una familia originaria de Jaraíz de la Vera (Cáceres) En el año 2000 gana el accésit del premio Adonais con el libro El VERANO. Desde entonces su obra poética se aparta definitivamente de las tendencias poéticas más dominantes y vigentes en nuestro país, hasta desarrollar una voz original e inusual en la poesía española actual. Miguel Ángel Curiel ha sido becario de la Academia de España en Roma (Beca Valle Inclán para escritores) entre los años 2009 y 2010. Es durante ese periodo en el que comienza a escribir su libro LUMINARIAS, diarios poéticos en construcción. Entre sus libros destacan EL AGUA, (poesía 2002-2012) Finalista del premio nacional de poesía 2013. ASTILLAS, Calambur, Madrid, 2015. El NADADOR, 2016, finalista del premio nacional de poesía 2018. JARAÍZ, 2018, finalista del premio nacional de la crítica 2019. LUMINARIAS (2009-2019) editorial AMARGORD. Miguel Ángel Curiel es un creyente de la poesía. A lo largo de su ya larga trayectoria, que se inició con el accésit al premio Adonáis en los albores del cambio de milenio, la crítica ha destacado de su obra la hondura y también la experiencia liminar entre el Eros y el Thánatos, así como su no amoldamiento a las actuales modas o modos de la poesía española. A todo ello yo añadiría que únicamente un poeta con fe puede hacer posible con sus poemas lo imposible: explorar o decir lo intangible. Su obra es una búsqueda constante de la palabra exacta que defina la condición humana, así como una reflexión sobre la temporalidad y una lucha agónica con el logos, aspectos que se detallan a continuación en relación a su obra última, principalmente el poemario Jaraíz, publicado en 2018.



En la obra del poeta Miguel Ángel Curiel convergen una serie de características que hacen de su producción una escritura única en el ámbito peninsular de principios del siglo XXI. Uno de estos elementos destacables es la lucha agónica del yo poético con la naturaleza. Encontramos en sus composiciones, generalmente breves, una simbología propia que se repite en toda su obra y genera diferentes interpretaciones de términos muy socorridos por la tradición poética, como el sol, la luz, los árboles, en una dicotomía entre la naturaleza agresiva y destructora, y la naturaleza como fuente de esperanza.
Así se observa en los poemas del poemario Jaraíz (Curiel: 2018), el que el sol parece ser un reflejo del dilema interior del poeta, en relación con la naturaleza y el vacío. La aparición reiterada del astro solar en su poesía puede hacer alusión a la necesidad (frustrada) del yo poético de estructurar y explicar racionalmente su personalidad, teniendo en cuenta el análisis de C. G. Jung en Arquetipos e inconsciente colectivo:

“Si la luminosidad aparece como monádica, por ejemplo, como astro único,
o como sol, o como ojo, toma preferentemente la forma de mandala y debe interpretarse como sí-mismo. Pero no se trata de doble conciencia, ya que no se puede demostrar la existencia de ninguna disociación de la personalidad. Por el contrario, los símbolos del sí-mismo tienen una dimensión unificadora.” (Jung, 2009:230)

Las alusiones solares en la obra de Curiel no necesariamente han de operar como un desentrañamiento del yo, pero sí como un reflejo de la angustia del yo ante la naturaleza como ente salvífico y a la vez absorbente, con la que se establece una lucha fagocítica, como en la composición “Nadador”:

“Ningún sol en mi mano. Vigilo animales que quieren comerme y me los como. Casa fría, ventana abierta, silla en la calle, puerta entrecerrada, hay vacío, quería llenarlo de agua, nadar por las estancias, ver el sol debajo de mí, flotar de muerte y vida.” (Curiel, 2018: 99)

El poeta desea apresar el sol (su identidad) o bien someterla (ver el sol debajo de mí). Después, en las líneas finales de la prosa lírica, pretende cortar la conexión entre el sol y la muerte, lo que hace que el lector se figure esta cadena yo-sol-muerte como el deseo desesperante de conocer el yo, que puede conducir a la muerte.

“El cansancio es vegetal, tiene raíces en la boca, en los ojos y sube desde el yo al sol, si lo cortas, cortas la vida que va del sol a la muerte.” (Curiel, 2018: 99)

De esta forma, el poema revela la angustiosa unión de los tres elementos antes referidos, que invade la anatomía del yo poético, en un cuerpo fragmentario y cuyas funciones fisiológicas, como el comer o el orinar, se representan de forma explícita en la obra de Curiel, como analizaremos más adelante. El camino del sol es mutilado en otro poema de Jaraíz: “Eso es la muerte, / nunca llegar al sol / y correr hacia un punto negro” (Curiel, 2018: 106), en tanto que en “Amarillo” sol parece encerrar en sí mismo la oscuridad: “Ocho de septiembre, intento de elegía, Talavera, sale un sol de otro, un sol amarillo de uno negro” (Curiel, 2018: 116).
En el poema “Paseos”, del mismo poemario, se alude de forma clara a la imbricada relación entre los elementos de la naturaleza y el cuerpo en la lírica del autor, como se puede observar en los elementos que marcamos en cursiva:

Un nudo de aire es esta palabra, el miedo brilla en la boca. Hay una nada llena de hierba, tallos cuyo verde es sangre. Del negro sale el sol y vuelve al negro. Un espino seco, por la sombra de sus ramas sentí que viviera aún.
Ni un canto para desvelar o velar. Espejos de nieve negra. El que tiembla escribió estos nombres. Una linterna para dar un paseo por la muerte. El Dios nuclear, la implosión, el ojo cosido con el sol dentro.
Esquirlas, lajas, desgarra con la una tela blanca en el silencio estéril. Schnee, palabra caliente. El negro deja su sal. Soy una rama que entablilla el aire. (Curiel, 2018: 77)

A lo largo de la composición en prosa, se define un paisaje en que el yo poético se fusiona e identifica con el paisaje, es él mismo una parte central de la naturaleza distópica que se intuye tras los espejos de nieve negra y un Dios que es un ojo cosido con el sol dentro. En mitad de esta nada de tallos, el yo poético es una rama que entabilla el aire (esto es, un elemento que pretende permanecer en vertical pese al viento que lo agita). La palabra caliente a la que se alude probablemente sea la palabra poética que la pequeña rama que es el poeta erige como defensa ante este universo particular en que no hay “ni un canto para desvelar o velar”, es decir, un ámbito donde no existe la tranquilidad ni en el sueño ni en la vigilia.

La palabra plurilingüe en la poesía de Miguel Ángel Curiel.

Literalmente: así hay que conservar ciertas palabras, que no deben ser traducidas, que han de saberse de memoria y repetirse tal cual. Una palabra que requiere literalidad tiende de algún modo al nombre propio, pues lo que se ha de preservar en sus reapariciones futuras no es tanto la referencia a lo nombrado, cuanto la forma ostensible de su carácter nominal, la singularidad persistente e iterable de una denominación que evoca ante todo la presencia real de la memoria en el nombre. (Cuesta, 2015: 66)

Estas palabras de Cuesta Abad pueden ayudar a interpretar la conciencia plurilingüe de Miguel Ángel Curiel, quien en su búsqueda de la palabra se pregunta por la validez de la palabra traducida:

Traduje esto, y al volverlo a la lengua original salió esto… Lo traduje nuevamente tantas veces hasta que desapareció… “Faut-il que j’ecrive en vers pour me separer des autres hommes…” (Curiel, 2018: 34
Como el mundo la poesía será cada día más pobre.

En pocos versos de su obra es el poeta tan claro como en esta sentencia final sobre la pobreza de la poesía, del verbo traducido como aspiración imposible a reflejar los contenidos pensados en una lengua determinada. Es por esto que ciertas palabras, especialmente del alemán, obsesionan al poeta, que se rebela y las refleja en sus poemas sin traducir, a la vez que plasma esa duda por el término empleado: ¿es más adecuado el español, el alemán o ninguno?, parece preguntarse. Así se refleja en el poema titulado Cupressus sempervirens, en el que al juego de palabras entre quemado y resquemor le sigue la duda entre la llaga o el término alemán Wunde ‘llaga, herida, dolor’, para después preguntarse ¿Mi amuleto?, una pregunta sin verbo que probablemente refiera la duda sobre el sentido supersticioso de la palabra como elemento protector, más que reflejo de una realidad objetivo:

No es lo mismo incendiar
Lo quemado
Con resquemor.
Llaga o [Wunde]
¿Mi amuleto? (Curiel, 2018: 52)

La confusión del lenguaje (y de la realidad) se plasma en forma de prosa poética fragorosa en Unter den linden, otro poema en el que el verbo decir se repite al comienzo como una cadencia, en pretérito imperfecto de indicativo. El salto temporal que ello supone también se refleja en el uso de una lengua viva (alemán) y otra muerta (latín), y presenta las dudas sobre el lenguaje que el creador alberga, no solo con respecto a su lenguaje presente, sino a los pasados y a los posibles lenguajes futuros. Curiel refleja en este fragmento esa confusión de las expresiones:

Trozo de Bauernbrot hic est corpus meum en el Quelle, Source, Forrás und Pramen o Spring, manantial del que sacar trapos negros o coger en la mano las venas del río. (Curiel: 2018: 74)

Por otro lado, Curiel distingue entre el lenguaje convencional y el poético en Poema, en una interpretación de la lengua poética como paralela e independiente de la habitual. Es así cómo distinguimos la técnica del vate de insertar palabras aisladas en otras lenguas o en español en mitad del poema, sin necesidad de que formen parte de un sintagma u oración con sentido convencional. En el final del poema parece dirigirse a un tú que puede ser amoroso o un tú universal (el lector que conoce el verdadero sentido de la obra del poeta a través de la palabra leída en el poema, sin necesidad de que esta sea interpretada o explicada):

Algunas palabras suenan mal,
en sí mismas no dicen nada,
pero en mitad del poema lo son todo.

No me ves en la luz,
de blanco en la nieve,
en la multitud
o en el río lleno de nadadores
no me ves. (Curiel: 2018, 112)

Y en la nada del poema sí.


Pies, ojos y bocas son protagonistas en la obra de Miguel Ángel Curiel, y aparecen separadamente en sus poemas (no como cuerpo unitario), en una fragmentación del cuerpo que es paralela a la división de la identidad, problema reflejado en toda la producción del autor. Esto ocurre con la boca, que fagocita plantas, luz y animales en la búsqueda de abarcar elementos de la realidad externa para completar la identidad del yo poético, que practica esta fusión agresiva con la naturaleza: “Vigilo animales que quieren comerme y me los como” (Curiel, 2018: 99), “Deberíamos recoger nuestra sombra, irla metiendo poco a poco por la boca” (Curiel, 2018: 101), “donde un perro come fruta y un hombre basura” (Curiel, 2018: 105).
Asimismo, el ojo refleja el cansancio de mirar del yo poético:

Igualmente, el cuerpo parece representarse a veces como fagocitador o como reposo de un vacío. Esta técnica de Curiel no es exclusiva de su obra: existe, en efecto, una tradición literaria en torno a la ausencia, como afirma José Manuel Cuesta Abad en Demoliciones: literatura y destrucción.  Además, en esta obra el crítico señala la importancia de esta ausencia como indistinción del sujeto/objeto, como sucede en la obra de Curiel, en la que el yo poético es fagocitado por la poesía y los límites del lenguaje, a la vez que devora los elementos de la naturaleza.
Abad asegura en su tratado que:
Dado que las experiencias y los objetos poetizados han de presentar un vacío para convertirse en figuras, solo las experiencias negativas pueden ser poéticamente útiles (Cuesta, 2015: 34)
En la poesía de Curiel este vacío se simboliza a veces con forma de surco: El mar / con su grito azul / me ha abierto / un surco (Curiel, 2018: 90). En otras ocasiones, el vacío es directamente la negación: No soy ese, ni el otro. Negar y negarme, de esa negación este poco de luz. (Curiel, 2018: 103). Esta negación forma parte de la búsqueda de la identidad y de esa dificultad para distinguirse como sujeto y objeto (negar y negarme) mencionada más arriba.

El cuerpo en la obra de Miguel Ángel Curiel no es sino un signo de incomodidad en ocasiones: quiere extenderse más allá de la superficie, ensanchar el yo. El cuerpo parece querer fundirse con la naturaleza, fagocitándola en ocasiones. Así, cuando Judith Butler asegura que “
 “En cuanto deseo, el cuerpo se manifiesta más que un ente positivo, capaz de escapar al veredicto de la muerte. El yo se extiende más allá del sitio positivo del cuerpo mediante sucesivos encuentros con diversos dominios de alteridad. En el deseo, el yo deja de residir dentro de los confines del ser positivo, dentro del cuerpo, encerrado, y deviene las relaciones que establece, se instala en el mundo que condiciona y trasciende su propia finitud.” (Judith Butler, Sujetos del deseo, p. 135)
Así, en Curiel el deseo de objeto del que trata la tradición psicoanalítica se manifiesta a través de un deseo de fusión y fagocitación de la naturaleza, para abandonar los límites del propio cuerpo. No es yo poético fusionado con la naturaleza, sino fagocitador del mundo natural, y que hace del mundo natural parte de su cuerpo (con el dolor que ello conlleva). En el poema “Nadador”, frente al riesgo de ser devorado por los animales y la necesidad de tener el sol en su mano, es el yo poético quien devora a las criaturas y parece fatigarse fusionado con un vegetal anclado a la tierra (en la línea de la lírica telúrica que se observa a lo largo de su producción:

Ningún sol en mi mano. Vigilo animales que quieren comerme y me los como. […] El cansancio es vegetal, tiene raíces en la boca, en los ojos y sube desde el yo al sol, si lo cortas, cortas la vida que va del sol a la muerte. (Curiel, Jaraíz, p. 99)

De otro lado, la visión escatológica y devoradora del mundo tiene relación con el vacío y los límites entre el tú y el yo, así como la imposibilidad de encontrar la identidad: el deseo de expansión del cuerpo es paralelo al de ampliación de la identidad y al olvido o confusión del lenguaje, como se observa en los versos de “Golpes de sol”:

Me arranco la luz, no duele. / En la noche de viento blanco hierba negra en el cuerpo vacío […] / Yo soy tú, pero tú no eres yo, él es tú, por eso no eres yo. […] / Tengo un bosque como un amigo. / Le llevo palabras para olvidarlas. (Curiel, Jaraíz, p. 123)

Logos, cuerpo y tiempo en la obra poética

En definitiva, y como hemos observado en apartados anteriores, la obra de Miguel Ángel Curiel supone una conjuración de los límites del cuerpo, así como los de la comunicación a través de la palabra (y el silencio). El tiempo es también una constante en su obra, en una mezcla de dimensiones del ser humano que busca hallar la expresión del afán de eternidad de la persona (pero que no termina de hallarla sino en un lenguaje poético único).

En el siguiente pasaje de El silencio de la escritura, de Emilio Lledó, aparece una explicación al dilema temporal y de la existencia que Curiel trata de abordar, un conflicto que finalmente se resuelve a través del logos, como pretende el poeta que nos ocupa en su búsqueda del verbo exacto:

“El tener logos no sólo permitió la interacción que implica compartir cada presente en el simultáneo espacio colectivo del vivir, sino que, además, a través del lenguaje como mundo, como universo de significaciones, el tiempo del cuerpo, consumido y disipado en la incesante sucesión de latidos efímeros, se transformó en tiempo del proyecto y la memoria, en tiempo de la esperanza y el destino. Vuelto así hacia el futuro y el pasado, el tiempo de la naturaleza se hace tiempo de la cultura.” (Emilio Lledó: El silencio de la escritura, p. 24)

En el caso de la poesía última de Curiel, principalmente de Jaraíz, el yo poético trata de la extensión de sí mismo en el tiempo a través de un logos fluyente, confuso e incesante, que modifica su palabra de manera variable, traduciéndose continuamente. La luz, en la composición titulada “Manar”, es un símbolo de la iluminación del ser humano a través del logos, que asusta al yo poético, suspicaz ante una solución definitiva del conflicto agonal con la temporalidad. El yo continúa, así, traduciéndose:

La luz da miedo.
Hay alguien detrás.
Dentro del carbunco
el angyal azul.
Tempus
en el tiempo.
He abierto un pez,
le sale la luz.
Me lo he comido.
De profundis.

Mano así
de mí. (Miguel Ángel Curiel, Jaraíz: p. 107)

La paradoja de la palabra y de su escurridizo sentido queda reflejada en la irrefrenable necesidad del yo de traducirse. Curiel refleja en ello la idea de la palabra reinterpretada constantemente por el lector (y el autor), que no alcanzan a encontrar un sentido unívoco de la palabra en mitad de la aceleración de  la temporalidad, como observamos en el poema anterior (Tempus en el tiempo). Así, se reflejan en la poesía los múltiples sentidos que puede adquirir un texto dependiendo del tiempo y del lector, y que conducen a ese rasgo de esquivez inherente al logos:

“El lector que mira el texto desde el tiempo reversible, lento, de quien quiere reflejarlo en sí mismo, pretende entenderlo, y esa inteligencia implica una cierta forma de duplicación. Entender qué y para qué.” (Emilio Lledó: El silencio de la escritura, p. 86)




BIBLIOGRAFÍA PARA ESTE ARTÍCULO

CURIEL, Miguel Ángel (2018): Jaraíz. Madrid: Amargord

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

BUTLER, Judith. Sujetos del deseo (2012). Madrid: Amorrortu

CUESTA ABAD, José Manuel (2015): Demoliciones: literatura y destrucción. Madrid: Abada Editores.

JUNG, Carl Gustav (2009): Arquetipos e inconsciente colectivo. Barcelona: Paidós.

LLEDÓ, Emilio (2011): El silencio de la escritura. Madrid: Espasa Calpe.