martes, 30 de agosto de 2016

Antonio Puente: miguel ángel curiel: la agonía tranquila



POESÍA


Miguel Ángel Curiel
"El agua" (poesía 2002 - 2102)
Editorial Tigres de papel
193 páginas


Miguel Ángel Curiel: la agonía tranquila


La editorial Tigres de papel reúne, en un cuidado volumen, la trilogía sobre el agua del poeta hispano-alemán afincado en Galicia


Antonio Puente

Su poesía es tan trashumante y, entre comillas, desarraigada (que no desenraizada) como su biografía. Nacido en Korbach Valdeck (Alemania, 1968), Miguel Ángel Curiel ha vivido, desde niño, en Extremadura, Castilla-La Mancha y, desde hace años, en Lugo. Siempre próximo a ríos y campiñas, por eso sabe de primera mano que "el verde negro de los olmos es un verde que huele como la camisa de un fumador de pipa". Y que un niño extraviado en un valle se orientará siempre por boñigas; no sigue "las huellas / perdidas que el aire se come, solo las / boñigas". Y que a sus ojos, si el extravío persiste, "la oscuridad está llena de aguas cristalinas". En su poesía late, atípicamente, la ascendencia centroeuropea, y se nutre, sobre todo, de la "leche negra del alba" de Paul Celan, a quien homenajea, y cuyo rostro detenido en las aguas del Sena (tras su suicidio, arrojándose allí) se ve reflejado en muchos momentos de este poemario.
Tiene razón el crítico Ángel Luis Luján al comparar, en el esclarecedor prólogo, la degustación de la peculiar poesía de Miguel Ángel Curiel, a la vez esencialista y maculada, epifánica y desconsolada, con el algodón de azúcar de las ferias de nuestra infancia. "Cuando uno creía haber atrapado un buen mordisco, se quedaba con la frustración de las hebras deshechas en el hálito y un demorado regusto, promesa de la dulzura total que nunca se lograba", apunta sobre estos poemas que parecen inscripciones de una infancia atemporal y gnóstica. Son partes meteorológicos de lo que hubiésemos sabido si la evolución no hubiera consistido en superar al niño, sino, a través de su asombrado ludismo, perpetuarlo. Pero, como eso es imposible, y es lo que impulsa a la escritura misma, sobreviene en algún momento la mácula ("como un pez ahogado en la leche"; "Dentro de su moño blanco / hay un vencejo"; "Regalé legañas en vez de visiones", etcétera), un rayón, una denuncia, o, simplemente, un ácido testimonio renovado, frente a la inocencia abolida, en una compleja y elemental poesía del silencio roto.
En "El agua (Poesía, 2002 - 2012)", se agrupan tres de sus poemarios emblemáticos, encabezados con ese tema: "Por efecto de las aguas", "Los sumergidos" y "Hacer hielo". Por orden cronológico, y de la boca al cuello del embudo, cada título estrecha y concreta más el cerco del agua, ese elemento que, al tiempo que es dador esencial de vida, también ahoga, o, con más frecuencia, se escurre, inaprensible, entre los dedos. Desde su clara adscripción presocrática ("prerracional" y "premítica", la llama Luján), la poesía de Curiel participa, en efecto, del doble filo del agua, como permanencia unitaria y como río fugitivo, que le brindan, respectivamente, Tales de Mileto y Heráclito. Su poesía es, a la par, metafísica y matérica;  agua esencial que, sin embargo, moja, provista de una corporeidad sutil. "La poesía cambia de curso / las palabras", se nos advierte en el primer poemario -seguido, por cierto, de esta cruda imagen: "Mira la mano / de ese niño / que entierra / su dedo cortado"-, y "¿Quién pone esos nombres al agua, sino el aire?", se lee en el último.
En una de sus recurrentes señales sobre la materia misma de la poesía (que, en su caso, no son nunca avisos a navegantes, sino a nadadores), da cuenta de que no puede haber distingos arancelarios entre metapoesía y vivencia: "La borrasca y el poema / están el papel. / La lluvia y la poesía / en la realidad". Está compuesta por una irreductible conjunción de elementos contrarios; además de física y metafísica, se trata de una poesía, a la par, minimalista y densa, blanca y confesional, sintética y discursiva, ingrávida y aseverativa, esencial y concreta, impersonal y autobiográfica... Y es anfibia también, o sobre todo, de la vida y la muerte ("La muerte / tira así de nosotros. / No quiere que rompa / el sedal de la vida").
  Una poesía que reflexiona, en suma, sobre la naturaleza como (re)presentación de los límites; de los umbrales, a la vez, de la existencia y de la propia naturaleza de la poesía. "Y tú ¿acaso no das vuelta dentro del / mismo poema como enjaulado?", se nos dice en el deslumbrante "Ola de calor", donde el poeta (o el poema mismo) es figurado como "un lobezno en una jaula para osos"..."Podría escapar apretando su cuerpo / contra los barrotes"; pero no lo hace, debido a "un problema ocular: Ve un tercer barrote por cada dos. / El barrote de...".  En su orientación prioritaria de rebelarse contra la infancia póstuma, a que aludíamos al comienzo, Curiel traza imágenes de la niñez en cuerpo y tiempo presentes, convocándola en vez de evocarla. Paradigmático es, al respecto, el largo poema en prosa "Historias del agua", en "Hacer hielo", acaso el más autobiográfico. En un oscuro río centroeuropeo, ve su reflejo bañándose de niño, junto a su padre, ambos desnudos, en el Tiétar originario; "Todavía no sabía nadar (...) Mi padre me arrojaba al agua y me decía: nada. Aguas verdes con rostros esclarecidos. Bocas de antepasados". El padre le exhortaba: nada, y ya ese legado se ha cumplido: "nada".... De entrada, se nos advierte, con garabato infantil y mironiano, lo que durará la poesía: "El gallo de un solo ojo, / al cerrarlo / nos ve". Pero, al otro extremo de su tiza de parvulario ("El rasgo de la rosa es el sargo. / El sargo que pesca un niño / para dárselo a su madre. Espinas, / demasiadas espinas"...), Curiel ensaya también, o en consecuencia, una dura crítica del poder; de "sus campanas negras", y de su "gran oreja sorda"... Advierte que "hay un hilo de gusano. Un infinito hilo que sale dela boca del gobernador civil. Tiran de él hasta destejer al hombre". Y en el poema "Poder", retrata de este modo la tanática abyección política: "El que huye tras las huellas en la nieve / lleva el sol en sus ojos / como un depósito de ceniza".
Sobrecogedor es el poema "Habitación de hospital", en el que se simboliza el instante del moribundo como el copo de nieve que cae de un boquete del techo al ojo. Pero como bisagra del poemario, destaca el que da el título a la serie "Sumergidos"; ahí, "dos amantes que se sumergen y hablan debajo del agua con los ojos muy abiertos... (Se dicen) Burbujas que encierran palabras de amor cuando ya no queda aire... Solo debajo del agua pueden decirse lo que no son capaces de decirse fuera".


lunes, 29 de agosto de 2016

MALAS HIERBAS



Palabras de alambre alrededor del álamo. Trozo de Bauernbrot hic est corpus meum en el Quelle, Source, Forrás und Pramen  o Spring, manantial del que sacar trapos negros o coger con la mano las venas del río. Manantial rodeado de cola de caballo y avena loca, si las arrancas cae Sirio. Bomba de achique junto al Pramen. Quién se ejercita ahora con la fuerza de mi ilusión como un cazador de ángeles.






La noche es un río allí arriba, a mis pies la corriente de este otro impide que lo oiga. Un río allí arriba que me llama de otra manera.









Ay ficatum¡ El cerastium nieve de verano quita la sed. De la pena Salen higos negros garrapiñados del amor de nadie. Mi paloma tiene pelo. Soy hierba, de tu miedo arranca la luz seca. Amen hijo, que así sea.








Camino de cabras, lo dice el poema que se despeña. Sol de acero, el poema es un montoncito de cal que te comes, pobreza para quienes lo leen y lo sueñan. Al descender tras las cabras podría decir mas, bajar palabras al mundo y tirarlas por la ladera a los ríos.








De nada hojarasca, se oye el mar, marecito de uno mismo. Que tiempo tan bueno, que locura, así entra el hierro del invierno en el pan, el chopo llega de un vivero lejano. Lapo negro del manantial a mis pies, llegan amigos, son palomas, son trazos de amigos, ligeramente azules para abandonarnos antes. Soy el socorrista, ella una paloma en la corriente.







Gencianas violetas en la nieve. Lo frío está caliente como una raíz de amor. La ceniza del sol de otro mundo cubre las flores del hielo. En medio del silencio una cebolla de instantes. Cortas la hija y el hijo de ser y de no ser. En algún lugar del mundo se oye la fuente celeste. Rama de hielo, hojas y hojuelas negras entablillada por el aire, retoñar del musgo en la dorsal, lo único a lo que adherirse, como nieve pegada a la rama. Lo negro deja su sal, yemas oscuras, soles futuros. Los lugares hermosos son feos, Milfontes, Odemira, Ágreda, Torralba. Un poema es la notte più chiusa. El jardín, el campo de heno segado y el camino de chopos de Almazul. A falta de un ángel de cobre tormenta en el iris, el ojo cosido con el sol. Caza al vuelo. Mis niñas, mis ojos. Pude volverme mas oscuro, desnudo como el juez, el girar del rabillo de las hojas  hacia soles que se ven abajo. Una palabra todavía pura es petricor.







El miedo escucha/quiere que le hable/que encienda luces y cante para él/se enfada con la sal del sol/el amanecer se rompe/tengo que trabajar con los trozos del río/con mis palabras menos limpias/el ojo que madura de hiedra/el pájaro en el árbol quemado/en el aliso enfermo/en la rama vieja canta y aviva los soles/yo en la habitación húmeda/en la grada vacía/en el túnel/en el camino de Cervera solo para desentrañarme.







El sol baja a sus hijos, unos allí, otros en Modamio desvían el río hacia mi, se mueren y hay que subirlos otra vez a la noche. Demasiados nombres para esta boca que miente como un espejo redondo, en el que se reflejan perros de caza azules, lavados por la lluvia que los limpia con mi miedo, perros que en la niebla negra buscan a dios y dios no huele. La espuma del mar niñez vieja, cada niño sabe lo que se ve en el mar, un castillo de paja ardiendo, un peral que te hace soñar y deja ojeras de tren y te da peras negras. Una ola arroja todas las palabras del mundo a la orilla, las coloco otra vez en el cielo, unas allí, otras a mas distancia,  y los hijos del sol bajan. Otra ola vuelve a arrojarlas años más tarde y el hombre pierde el pie en el mundo.





Los cantos vienen de arriba, chicharrera de grillos, ¿y tu? J`aime la natatión, lo traduzco por el agua camino. El poema son yerbajos y nubes. Barrunta tormenta, herpes de alegría.






Aquí alguien que no haya meado sus manos para calentárselas, y él dijo ni por ensoñación conoceremos a uno de los treinta y seis tzadikim ocultos que sustentan el mundo.



miércoles, 24 de agosto de 2016

FABRICA DE LA SEDA




Miguel Ángel Curiel


FÁBRICA DE LA SEDA

(Con-memorias)



Prólogo de Emilio Silva
Ilustraciones de Juan Carlos Mestre

Traducción al italiano y nota final de Paola Laskaris

















FÁBRICA DE LA SEDA
Fabbrica della seta




GOLPES DE SOL



Nunca sabré cómo comenzar a escribir esto, no se trata de abrir una puerta para que la cruce otro, y después salir por ella a campo abierto, donde aún el frío perdura con su espoleta de hielo. Si abro la puerta la dejaré abierta para siempre –y nunca llamaré a esto poema– dentro del poema se ha quedado el huésped, y a la espera de que vuelva se sienta y abre un ejemplar de La alegría de Ungaretti, estaba en la mesa de la cocina y guardaba entre cada página violetas muy secas. Un poema que sale ahora de unas palabras previas, que nace de una antesala, de una conversación tranquila con Eugenia Einhorn  bajo la logia de un viejo palacio de Bari un día de marzo, y esas palabras previas actúan como semillas, bien esparcidas, como floración de silencios. Quien te ha dado el poema debería figurar, quien lo ha sembrado debería sentarse un momento junto a ti en esa puerta que has abierto para hablar de la guerra, de la memoria; es la puerta del poema y ella, al igual que aquella tarde a principios de primavera bajo una logia decorada con frescos de ángeles tañendo en sus manos instrumentos de cuerda sobre un fondo azul, que tañían para los dioses la melancolía de los hombres, llamarnos de uno en uno para entrar por la puerta del poema. Más que un poeta, necesitamos ahora testigos. El ángel pugna por abandonar al hombre, por salirse de él, pues su cuerpo demasiado rápido es dañado por el roce del correaje, y las telas duras del uniforme, que después de tantos años han acumulado el barro y el polvo, y a veces la sangre de otros; su piel no soporta otra piel y su sombra se hunde como una nieve negra en una tierra demasiado endurecida por el rigor del verano. Al poeta se le da el presente para que lo difumine y se lo lleve lo más lejos posible de todos nosotros, se le dan tantas cosas que nunca podrá con ellas. Puede abofetearme el aire, no responderé, pueden darme esta granada abierta y roja como la sangre de un niño ciego, no la arrojaré a la nieve, y nunca estallará más allá de mi memoria. Las palabras retornan al lugar de donde vinieron –eso podría ser el poema. ¿Y un poema sobre la guerra? No son infrecuentes, diría que demasiado frecuentes, y fáciles de escribir. Se me permitiría ahora decir por ejemplo, Al fin desnudos, descalzos y ciegos. Hay muchas estrellas de napalm y mercurio, y de una a otra alambrada caen rosas negras del cielo. No dejan de caer los pájaros azules del futuro toda la noche. Caen hombres rotos, rosas azules y ceniza, pájaros ardiendo y ángeles fucsias. Decir esto es fácil, solo basta con cerrar los ojos y ver, mirar el pozo azul lleno de palomas ahogadas. Pero la memoria como tal, es sin embargo un espacio sin palabras, un desierto de palabras, y pronto se cansa de esas frases demasiado hechas, demasiado recurrentes y fáciles, que nos llevan de nuevo al mismo poema y nos alejan de la poesía. Ahora amo el blanco en mis ojos cerrados, lo virginal del blanco. Huye de los adornos, y tú, lector, de lo fácil, huye por lo escrito. Un fugitivo de las guerras, un combatiente del sol, judío y estudiante de arquitectura en París, huye por la nieve en la calle de las lecherías, Jaraíz de la Vera, provincia de Cáceres, enero del 37, detrás le persigue el fascismo, al menos diez hombres vestidos de azul, el joven combatiente resbala, lo cogen, lo meten dentro de un viejo taller abandonado, donde hay un esqueleto de gato sobre el capó de un viejo coche destartalado lleno de polvo, en los ojos del joven estudiante de arquitectura la idea de un edificio de cristal, el miedo y la luz, la alegría y el miedo, la nieve y la esperanza, dentro de él una idea de cristal que se rompe. Lo matan a golpes y lo dejan sobre la nieve, pero antes de morir le ha dado tiempo a escribir con el dedo en el polvo del capó del coche negro dos palabras, Libertad y Hannah. Esto lo oí en mi niñez, mi niñez está llena de historias como esta, pero esta es la que he elegido, la que he querido remarcar, la que he querido repetir, ¿y cómo puedo ahora meter una palabra en la otra, meter Hannah dentro de la palabra libertad, o libertad dentro del bello nombre de su amada? ¿Por cuánto tiempo quedó eso escrito en el polvo? Esto lo oí muchas veces, un judío francés muerto durante la guerra civil en Jaraíz. Visité cementerios de caídos en guerra muchas veces, son jardines amplios, espacios abiertos y muy limpios donde se escuchan las raíces de la melancolía, y quien siega la hierba vuelve todos los días vacío a casa. Ningún latido ni resquemor, y entonces me vienen las palabras amargas, palabras que se incendian solas, feas y también inútiles, palabras con las que no sabría construir nada y se convierten en flores gracias al veneno. No hay otros lugares donde la paz sea tan serena e inútil y donde la línea de cipreses que ocupan el lindero tras el muro y los límites del espacio se parecen a hombres electrizados, a hombres reventados en los sueños. Al menos así lo sentí en el cementerio militar americano de Florencia, ante miles de cruces blancas alineadas en las faldas de una ligera colina salpicadas de vez en cuando por alguna estrella de David, y los miles de nombres para un memorial. Inútil y serena paz. ¿Acaso no sean estos lugares de paz obscenos y demasiado limpios? Lugares muertos donde se blanquea la sangre y se cuece con cada luna el silencio hasta que ya no cabe en el hombre? Demasiadas veces la verdadera poesía calla y se oculta por esto. Pero menos liberadores aún que estos, y aún mas obscenos e infértiles serán los otros lugares de paz, donde se han producido los encuentros del mal, las batallas donde la sangre ha regado la brutalidad. Lugares sin memoria, campos abrasados que de pronto se vuelven fértiles y la primavera envuelve en verde y rojo el viento azul. La esparraguera hiere la mano, y no solo la pincha o la hiere, esa porción de sangre sabe a leche, sabe a otras palabras que se resisten a decir lo que hay debajo de ellas, por eso estas pesan más que las de cualquier otro poema, suponiendo que este lo sea. Por fidelidad al lugar y a la poesía del horror, si es que existe dentro de las palabras eso que las extingue, que las deforma y ahueca. Libertad y Hannah, ahora palabras como salvoconductos para cruzar la alambrada de espinas de la humanidad, la puerta azul de la muerte, la cuneta de las amapolas negras donde hay cuerpos y humanidad, ideas de humanidad. Una cuneta de carretera como cementerio es un lugar aún más obsceno que cualquier memorial inglés de muertos de guerra a las afuera de Roma. Hay que arrancar a las palabras lo que esconden, hay que limpiar las cunetas, airearlas con las manos azules. No puedo confrontar esas dos maneras de belleza, me declaro incapaz. A veces la sombra del hombre se alarga demasiado, y bajo la logia hablamos de esos frescos en los que los ángeles parecen caerse del mundo, y lo que tañen con sus liras y laúdes no es más que otro silencio más desesperado que este. Se alarga demasiado la sombra bajo el ardiente sol del último día del mundo, y sin llegar a formar un ángulo con el cuerpo, esta se curva en el suelo y parece querer desgajarse. Una sombra de humo saliendo de los pies, humo que se arrastra, y no nuestros brazos, sino los de la sombra se agarran a unos asideros que solo ve el muerto, el enfermo, el que soporta la visión de su miembro gangrenado como un sueño en el que se ahoga en sangre. Un capitán de artillería ha leído en su hamaca verde atada entre dos chopos un libro de Rilke, se ha desabrochado su guerrera, el calor hierve las manos ¿Por qué este nombre a una vestimenta? Una guerrera embarrada, salpicada de sangre, de miedo, de leche de higo, de higos arrancados de su propio esqueleto “Wenn die Wolken, von Stürmen geschlagen, jagen: Himmel von hundert Tagen über einen einzigen Tag” Pero ya no podemos hablar en tono mayor, o quejarnos del sol con la alegría quemada de Hölderlin, nuestras palabras ahora no sirven para hablar o cantar, solo sirven para pensar y adentrarnos un poco más allá en la niebla azul, en el silencio que se piensa a sí mismo, pensamientos bobalicones que anestesian la mano del que escribe y la boca del que habla de ello. Nunca habría podido, quise o siquiera hubiera entendido como hacerlo –solo en voz baja puedo escribir esto, y si cierro los ojos veo claramente las palabras que se encienden delante de mí- No guardo odio y mi memoria se parece cada día más a la ceniza que al dolor. Lo que puede ser dicho con tono humano, solo humano, ni siquiera desde la conciencia –a veces demasiado engañosa– sino desde la humanidad, desde la espalda de la que se alejó el ángel, o desde los ojos. Esa ceniza la veo en todos los lugares, brilla, se hace iluminar por la noche. Así es como respira la belleza, así es como nos alimenta, sin injurias, lentamente entre cielo y cielo. En voz baja puedo hablar de todo esto, y sin decirlo todo, solo lo que puede encenderse por sí mismo, lo que arde por bondad, vela de cera invisible de una llama más fuerte, de una voz más débil que denuncia el oprobio y la maldad. Eso no puede hablar o intimar con la violencia. El óvulo de un sueño que engendra al monstruo del fascismo. Picasso pintó al monstruo, lo abstrajo hasta de-construirlo, nos lo dejó para mirarlo durante mucho tiempo, pero no para mirarlo como se mira el mar o la noche, sino como se mira un estómago abierto, las tripas del mundo y la espalda de dios. Aquellas tardes en el verano del noventa y nueve en el Museo del Prado acudía directamente a la sala donde se encontraban los Goyas y sus monstruos de la guerra. Los miraba detenidamente por si hubiera alguna flor en aquellas representaciones de la maldad humana, de la locura del ángel, un atisbo de algo que nos salvara y nos aliviara del plomo y las sombras subterráneas. Los pintores pueden sacar afuera los demonios del hombre, sus ojos se ocupan del fuego, de las vísceras, de la luz de las bombas que estallan muy cerca, al poeta se le dan las no-palabras para que las convierta en poema. Extraer la belleza de la cosas desde dentro  del óvulo de la maldad, o hacer que no duela el dolor por mediación del arte es también obsceno, o debería resultarlo, el arte duele como la propia vida, y la poesía duele como el silencio blanco de los muertos de las cunetas. Un día remaba muy despacio en el Tajo junto a la fábrica de la seda, lo hacía así para no hacer ruido, sin sacar los remos del agua huía de la misma manera que este poema huye del propio poema. Huir por el agua es hacerlo muy despacio por la vida, sigilosamente hay que alejarse de la noche, todo está despierto en la noche menos los muertos, ellos flotan boca abajo en el agua y en el cielo, mires donde mires siempre hay muertos flotando. En las noches de guerra nadie duerme, todos se vigilan, y todos sufren la vigilia. No es una vigilia dichosa, voluntaria, nadie puede dormir bajo el resplandor del mal y los estallidos de la deshumanización. Remaba junto a la fábrica de la seda aguas abajo hacia La Morana, hacia la fábrica de la luz, como en la niñez, cuando todavía pasaba el río limpio. Yo era el poeta menos apropiado para esta misión, así se lo dije a  Eugenia Einhorn aquel día de marzo bajo aquella logia en Bari. Solo sé destrenzar los mimbres trenzados por otros alrededor de los cuerpos, alrededor de las botellas llenas de sangre, de estatuas de sal del genocidio y la barbarie. No soy el que puede escribir esto, pues me quema la mano, se me duerme. Había recordado unos versos de Yannis Ritsos, versos llenos de luz y sangre, y aún quemaban el aire y el tiempo, versos escritos para cantar y llorar a la vez, y el pelo y las manos me ardían ante imágenes que estallan delante de los ojos. Habría querido estallar yo mismo en ellas, ser yo mismo las imágenes que estallan ahora delante de ti, apenas a un palmo de los ojos. Habría querido estallar en ellas, ser yo mismo el estallido, haber visto para olvidar, pero no vi, sólo oí, y ahora debo ser testigo de lo que oí. La paloma lleva dentro mercurio, un artefacto que estalla. Al testigo le revienta esta imagen en el rostro, le revienta el sol muy cerca. Sabiendo lo que sale desde las bocas redondas de la noche, acaso como cántaros donde se esconde el mar, esto es más verdadero que lo que se ve, una boca que se agranda hasta redondear el cuerpo, por la que cabes y puedes entrar nadando en la oscuridad y en el insomnio del muerto por bala. Buscas desde dentro el orificio único, lugar por donde entrara la luz. Oí mucho más que vi y me aferro a lo que oí. Oí el nombre de los integrantes de los pelotones de fusilamiento, sus nombres de pila, y oí el de los condenados, ahora mezclo esos nombres, son tan parecidos entre sí, y los rostros son tan iguales, si no fuera porque los ángeles de la muerte aún cubren esas caras con seda roja. Miles de nombres que se repiten, escuchad esos nombres ahora, podéis distinguirlos, y entre esos nombres están los que no pueden dormir y los que se durmieron para siempre; aún, muertos no consiguen dormirse bajo el cielo, pues los rostros de todos ellos se anulan entre sí y vagan con los ojos abiertos por el aire. Y gamberros que apaleaban, balas incrustadas en el adobe, ladrillos desportillados por miles de disparos, la palabra negra es fascismo. Podrán estar rotas las palabras y aún así dicen, buscan una boca de la que salir y una oreja por la que entrar, solo por estar rotas hacen más daño, se clavan, no pasan tan fácilmente de un hombre a otro. Hierven como las astillas de un ciprés muy seco (el dolor de un niño trasplantado a una mano) maldicen la guerra, pierden el vuelo, y aún así se nos muestran ligeras, poco pesadas para acabar el día. La poesía hierve por su culpa, ha entrado en la zona gris donde el sol permanece velado por la tormenta. Un palmo de ceniza. La poesía es tan impotente como frágil para arreglar las cuentas, el amarillo lleva al negro. Por la poesía no se arrastran las palabras, no reptan ni se deslizan, no sufren rozamiento en la verdad o la mentira, en ella no se da más que celebración, vida en la luz. La guerra destroza cualquier poema, se quema en el aire muy pronto, se esconde en él mismo. ¿Podría yo escribir ahora desde una grandilocuencia burda lo que escribió G. Trakl después de Grodek, o ligeras estampas de napalm en Vietnam? No lo creo.
Mejor una paloma dentro del muerto buscando el cielo. Hubiera preferido la debilidad, casi no decir o hablar. Qué poco hilo me ofrecía el día, de su luz esta sombra de ramas secas –eso es lo que intento que parezca esto, la sombra de una ramaje seco, quebradizo. Un haz de ramas secas que se quiebran en los ojos de un lector. Todos ya sabéis qué fue eso, todos ya tenemos un muerto al que llevar mirto y laurel, al que hablarle. Siempre nos oyen esos muertos perdidos en la tierra negra. Lo oyen todo. Recordarán tu poema si te atreves a dejar por escrito el sueño que te ha dado una mujer ciega, o tu nombre, para que sepa cómo ardes en la luz y no te dejas envilecer por la niebla. De ti depende, nunca de mí. Leí una carta que me parecía hermosa, era de un joven soldado republicano destinado en el frente de Extremadura, se la escribió a su novia, le decía, el lentisco es la flor de la locura, y en la sierra aúlla nuestro yo. La vileza no podrá con nuestro amor, pero ya no tenemos casa y tampoco tendremos sombra en nuestro país, y tampoco tumba en el aire. La letra era lenta y firme, tan lenta y firme como un embarazo en la mano. Aquella letra, aquel papel arrugado y sucio, un hombre bordando, la letra de un bordador de imágenes. Ahora no le pongamos música a la carta, no hagamos que suene sobre ella otra eternidad que la suya propia y el silencio eterno de aquellas palabras. No apaguemos más que nuestros ojos. Hagamos de esto un cristal de silencio, tienes derecho a empañarlo, de leer hasta quedar ciego, pero descansa en un lecho de plumas, porque el que cruza el miedo entra en otro miedo azul, un miedo que quema la luz en los huesos, los ojos en el sol, la mano en el agua y las palabras en el fuego. Un tartamudo sordo y mutilado de cintura para abajo por una bomba en Brunete narra junto al árbol negro su propia vida. Lo que dice solo lo entienden los muertos, les canta, les dice, sois sombras, sois lugares, y me he herido la mano escribiendo esto, y me la he besado, así se cura, así no se irá otro dolor que este de la mano. Él no oye lo que dice, debes leer sus labios, mirar por dentro de su boca, pues también quedamos sordos tras el mundo, y hablamos frente a un espejo para leernos y empañarnos. La locura es un fruto demasiado grande, se dobla el hombre como un árbol sin vértebras, ¿y qué son esas vértebras sino cuentas de collar para la virgen de la guerra? Llévate el fruto, ruédalo hasta la fábrica de la seda y llega con tu barca hasta los prados de la Morana, allí en la fábrica de la luz. Todo esto debería decirlo la música, ser la música quien se lo llevara de aquí, un curso de música, una especie de río invisible, y luego cae todo desde el cielo. Un circuito cerrado de música y agua, luego caen del cielo muertos y pájaros. Sólo la música puede reordenar esta cabeza donde las palabras se mienten para no sufrir. La inmensa amapola de la guerra, la negra amapola, la bebí para tener en la cabeza un sol como aquel que ahora ilumina el jardín. Tenía que acabar este poema y no sabía cómo hacerlo. No se puede terminar este poema, vives dentro de él como el sol de la amapola negra vive en tu cabeza, como mucho comenzarlo de nuevo, intentarlo desde más allá, volver a él entrando por la puerta del museo de la guerra, o escribir con mayor desesperación, con más miedo y vida. Tengo que acabarlo, dejar de decir, ir a aquel lugar, pero la primera palabra, la primera que se dice, hombre, pájaro, sol, agua, frente a las últimas palabras que casi siempre son, mar, avión, holocausto, podredumbre, muerte, herida, palabras con las que quedamos al fin desnudos bajo el fuego, descalzos y ciegos. Hay muchas estrellas de napalm y mercurio ahora allí arriba, y de una a otra alambrada caen rosas negras del cielo. No dejan de caer los pájaros azules del futuro toda la noche -¿Es esa la memoria de un bombardeo sobre civiles, es esa una memoria deconstruida y que ahora florece en este poema para no ser poema? Caen hombres rotos, rosas azules y ceniza, pájaros ardiendo y ángeles fucsias. Es infinita la alambrada láctea. La paloma de la paz urea desde el árbol oscuro, urea desde el cónico espacio y la espiral del cáncer. Es grande la paloma de la paz, es un tanque blanco, es un gigante, es negra y grande, es un tanque decorado por Barceló con las vísceras de Picasso. Duermen abrazados a su obús, aman a su obús tanto como a la muchacha ojerosa que fabrica balas y granadas en la fábrica de guerras. Cuando sale de su turno huele sus manos y no deja de lavarlas en la noche con sal y noche, con mercurio y sangre, con nieve y viento. Huele sus manos hasta la locura, se vuelve de la locura con una vaca que estalla en sus manos y ya no ve sus manos en la espuma de su alma. De estrella a estrella la alambrada y los enganchados ríen, cantan a una nana a su muerte, y los destripados se dejan levantar por unas alas de pizarra, se dejan ir por otras espumas negras. Los destripados también ríen mientras amasan la ira de su lluvia, y sus sueños estallan como bombas plátano en otros azules. Avanzan las palomas de la paz, las mecánicas palomas como tanques y detrás caballos de madera con la cola ardiendo, y detrás las mulas amarillas de la muerte cargando los trozos de ciudades, y detrás el aire negro y fucsia. En el cielo estallan estrellas en los ojos del amanecer, los aviones descargan piedras y hombres para una tormenta de sueños negros. Goya pinta soles ovalados y lunas negras con un brazo largo, pinceladas nerviosas, trazos oscuros de luz nuclear , y el coloso se desploma a un suelo lleno de latas de sardinas y caballos rojos. En la ladera los cráteres son cunas de huesos, cráteres como ojos vacíos, y en ellos duermen sin sueños y miran el cielo que se arruga los ángeles que arden. La ciudad del humo da vueltas en los gritos sirios, los soldados disparan al sol y lanzan sus granadas en sótanos azules, el hierro retorcido de los puentes sobre ríos de nafta, y cuando ella sale de su turno huele las manos amarillas, las chupa y se las lava en el miedo de Madrid, quiere olvidar sus manos, comerse sus manos o llenarlas de semillas de viento. La fábrica está bajo tierra y la iluminan con miedo, y la des-iluminan con sueños amarillos y rojos. Las ráfagas son música para bailar en los sótanos. Ella acaricia con las manos olvidadas un cordero de hierro que dispara y estalla en el depósito de leche, y la ciudad del humo da vueltas, y se come a sus perros, se come a sus ratas y se come a sus hombres, y cuando llegan las uvas de sangre, las transfusiones de luz en los hospitales, los marineros sin cabeza, y así ponen la cabeza de los marineros en el cuello de los aviadores, y los brazos de los aviadores en el cuerpo de los artilleros, y las mujeres tienen hijos azules que pronto se vuelven negros. Graznan tras las alambradas cuervos que lanzan arena, y cae arena del cielo, papeles e informes caen del cielo negro Enola Gay, la ojival figura de acero, el hongo fucsia y mostaza del advenimiento. Corderos de hierro fundido que estallan en la noche cerca de las alambradas. Corderos y lobos orugas. Es de noche y siguen cavando en la ladera, hay un campo de trigo que siega el tanque alemán. Un tanque en el que se posan los pájaros, lo despiojan, afilan sus picos en la coraza, y el cañón del tanque echa afuera la melodía como un órgano de lo telúrico, echa a Mahler para volver locos a los enemigos que comen salchichas de caballos rusos. Y ella sale de la fábrica con sus manos ennegrecidas, con su ración de pólvora y sus semillas de asfódelos,  y dará las manos a alguien para que se las coma, porque ella ya no puede comer, a alguien que pueda comer pájaros y ratas, perros y lluvia, y ese alguien viene de morir tres veces. Dice que cada día muere tres veces para no morir nunca, y que mañana morirá cinco veces, y que cuantas más veces muera más cerca estará de sus manos amarillas. Todos se enseñan las manos, todos tienen manos amarillas y negras, azules o naranjas, a todos se les han agrandado las manos y todos vuelan con ellas y se las miran unos a otros para encontrar las rayas o espejos. La gran paloma pesa demasiado para volar, la radio suena en mitad de la noche, los soldados se emborrachan con amoniaco y bailan con muñecas de cristal y con muertas que aún hablan. Los aviones salen de los avisperos y comemos el humo, comemos los ojos de los heridos, volamos y nos arrastramos hacia el sol. La guerra negra, o las guerras y los que sueñan en las guerras y van a la guerra. En ella dormitamos y nos hemos vaciado para llenar sacos terreros con nuestra sal anónima, hemos cantado para abjurar, hemos disparado para irnos, hemos muertos no sé cuantas veces, junto a la fábrica de banderas. Salen miles de banderas cada tarde, banderas de tela mala, banderas de papel y banderas de piel, y con ellas nos tapan, bajo ellas nos rezan y nos cantan, nos saludan y nos hablan de otras necesidades, del esfuerzo, del músculo, de las estrellas que a cada uno aguardan, de las estrellas más frías del invierno. Y entonces yo también miro mis manos, me las lavo y las miro mientras sigo cavando en la tierra agujeros de odio, mientras escarbo con ellas en los otros, y saco tierra para olvidar, y piedras para lanzarlas más allá de otras líneas y otros cielos. Ella vuelve a su turno en la fábrica, deja los guantes negros en un bolso y se mira las manos de cristal, y cuando se rompen recoge con el dolor los trocitos en el suelo, y ahora palpa el mundo, ahora mete las granadas en cajas, come las balas, limpia el obús donde el poeta va a escribir, mi ración de fuego y odio es una paloma, y el nombre de Greta, la paloma de la guerra, otra Greta va hacia vosotros hasta el orgasmo azul y naranja. Ella se duerme en su silencio negro y en su miedo florecen negros jacintos y negras amapolas. Aviones que caen ardiendo, pilotos que arden, humo y resplandor, como en la metafísica oscuridad y reflejos, y en los grandes discursos afonías y mudez. Una guerra bajo el mar, corrientes que levantan el suelo, retumba y el cristal se rompe, en las ondas expansivas ángeles que reverberan, suicidas que levantan la copa llena de amoniaco y brindan por heridos durmientes, brindan con morfina líquida y palabras rotas que se deshacen en la boca de los generales. Ella mira sus manos ennegrecidas y se las lava en la lluvia y nieve de la tristeza, y no deja de cantar a lo nervioso, al retumbar, al estallido de los corazones de los caballos. Ella que duerme con el Obús en el sótano de los mapas. Ella que canta su Lili Marlene en chino. Ella que dibuja en los obuses con su pintalabios rosas y escribe a la muerte. Te quiero muerte, te amo, muerte. Ella que lava sus manos con el rocío de los muertos. Y de nuevo en mí la amapola negra de la guerra, la bebí para tener un sol en la cabeza y poder decir por última vez Hannah y Libertad, abajo el fascismo, Hannah y libertad. Pero cómo hacer que unas y otras palabras se junten, o que al chocar se incendien o liberen estos pájaros negros enjaulados. ¿Y cómo pueden unos pájaros tan grandes vivir en jaulas tan pequeñas? Casi no cabe la mano por la puertezuela, hay que cerrar el puño para poder meterla y luego abrir el puño dentro de la jaula. El calor de estos pájaros es el de la fiebre del ángel de la justicia, treinta y nueve grados y unas décimas –quién sabe que va a ser fusilado, pasado por las armas  la madrugada próxima y humillado por un sacerdote, tiene esa fiebre, treinta y nueve grados y unas décimas, y entonces quiere morir de sueño, de oscuridad, de no ver, de no decir, quiere morir antes para vivir siempre. Solo cabe destruir la jaula, desarmarla para que esos pájaros negros queden fuera, abrir la mano. Las palomas son redondas, se encojen y se hinchan como nuestros ojos, podemos vestirlas de amor o de mierda, pasarlas por sangre o hiel –pobres palomas que esperan nuestros cantos libres, nuestras voces serenas un día de nieve. Y no querría decirle adiós al mundo de esa manera, ser otro Primo Levi, otro Celan, otro Pavese. Nube de cristal en la cabeza, estallido de oveja en mis ojos, estallidos de palabras en mi boca, estallidos de miedo. No se le debe decir adiós al mundo, hay que barrer estas palabras o quedárselas para siempre en algún lugar del cuerpo, como una bala de madera que se pudre y nos infecta con otra muerte. No le voy a decir adiós al mundo. Así se lo dice y respira un niño en un refugio antiaéreo, agazapado en el andén de un metro de Madrid, y diciéndose que no le va a decir adiós al mundo. Olvidar es imposible, nunca se olvidan los relatos silenciosos y el sonido seco de las bombas. Sentía miedo a ahogarme en el poema, a no poder decirlo o escribirlo, se me había dado por una vez la posibilidad de pensar antes de sentir, pero era esa  sensación de ahogo, que te oprime, ese negro que como pantalla se alza delante de los ojos y ahí, en ese negro la luz del poema es enseguida absorbida, tragada. Es allí, en el refugio antiaéreo, a unos metros del muchacho, donde alguien escribe un poema de amor a lápiz. Un hombre enflaquecido, roto, un saco de huesos. La luz pestañea y siempre parece frágil, va a apagarse de un momento a otro. ¿Seguirá escribiendo el poema a oscuras? Yo este poema lo escribo a oscuras, no veo más que imágenes que estallan junto a mi ojos. Después de una guerra queda una noche larga, con un sol azul desencajado. Lo sentimos frío, sin pulso (lo mismo que ve un ojo cerrado ese sol, que es el ojo del no-dios). Por un momento parece que ese sol ha absorbido todas las aguas del mundo, y aquí solo hubieran quedado valles oceánicos, mares secos y las montañas de los que antes eran islas –por lo cual habría que cambiarlas de nombre, no valen los nombres de las islas para llamar a los picos de las sierras. Pero estas visiones son más propias de lo que la belleza quiere hacer con la poesía, con las palabras, desnortarlas, envolverlas en una luz negra, convertirlas en conchas, pues también estas habrán sentido el miedo a lo absoluto, al mal.






















FÁBRICA DE LA SEDA*


Una hoja de agua con un fondo de ceniza. He agitado el agua y se han disuelto las palabras en el cielo. He querido escribir de esto antes que sobre otra cosa. Un texto transparente, a través de él se ven las raíces de las campanas y los brotes de las palabras en el árbol hundido. El polvo se posa en la mesa, escribo en el polvo Fábrica de la Seda, niebla y seda, y tras la ventana empañada niebla y seda. Estas dos palabras significan lo mismo. ¿No es acaso la niebla una especie de seda del tiempo, o seda del aliento? Se oyen los rasguños de tela de los alucinados allí arriba, oigo eso y otros sonidos más invisibles, unas puertas que se abren al sol.

Fábrica de niebla más que de seda.

La hilaban para salvarse de la muerte los hombres del aire.

Hilan la luz del día esos pájaros negros sobre el Tajo. Palabras rotas e hilos de seda que se rompen en el aire al tensarlos la luz.

Ahora esos pájaros negros hilan el capullo de la luna y la ceniza de esos hombres, pavesas sostenidas allí arriba. Hilos de seda que caen en los ojos o se pegan a los labios cuando pronunciamos Fábrica de la Seda, fábrica de niebla.

He querido escribirlo así. La hilaban a su rostro los hombres condenados, lo enmadejaban a la campana de la luz –mira los pájaros, pavesas agitadas– Hay otras historias hiladas aquí. Un liceo en el 27 de la Rue des Rosiers, en el barrio del Marais de París vaciado en la mañana del 7 de abril de 1943, trescientos cuatro niños judíos sacados a la fuerza y llevados a la fuerza a la fábrica de la muerte. Seda y niebla. ¿Con qué palabra nos quedamos ahora que todas están corrompidas? Nombres de las tapias, apellidos de los muros blancos. Si hubiera una puerta azul en esos muros blancos ¿A dónde darían esas aberturas del blanco, y qué se abriría a nuestros ojos más que un campo nevado a finales de enero? Liceo, que bella palabra para el futuro, debiera ser salvada de la corrupción, o patio carcelario, espacio nevado, hoja negra de un antiguo liceo, o cárcel convertida en colegio. Salgo por un boquete hacia el río. También en los espacios corruptos hay agua de lluvia. Lo he oído ahora, un silbido de nieve, o agua que cae de la boca de los hombres que están en el aire hilando la luz del día. Quizás no lo he oído y solo lo he visto. Hojas negras cayendo de lo alto con la lista de los hombres del aire. Cambia nombres y apellidos, seda o niebla ¿No son lo mismo ahora en este campo de corrupción y de sangre? Niebla y seda, palomas negras en la niebla, voces perdidas en la niebla ¿Y qué dicen las voces de esos hombres tras las alambradas de espino? Una suelta de palomas en la niebla. De pronto una explosión blanca, un aire violento en el vacío de la historia, un aire blanco y gris de palomas alimentadas con basura y con las palabras corrompidas del poder.

Palomas o palabras en el aire roto por los fusilamientos en la fábrica de la seda. Quise que estas palomas o palabras estuvieran en el aire un poco más, o que estallaran y se volvieran a agrupar hasta formar en el cielo una especie de bola de nieve. Una suelta de palabras no corrompidas, o de palomas.

Eso es este poema. Veo en las puertas azules del aire a los hombres del viento agarrados unos a otros. Otra vez seda y niebla. Otra vez las palomas se han pegado unas a otras hasta formar una gran bola de nieve gris. Una nieve ya no pura, nieve pisada por botas negras. Los vencedores se pudren en vida y los muertos empañan con su aliento el gran cristal del cielo.

Niebla y seda, una especie de seda blanca cubriendo la ciudad, o una nevada, o un tiempo en blanco junto a las orillas del Tajo.

Se plantan árboles sobre el lugar de los huesos, se echa cal sobre los ojos del sol. En el aire viciado de pólvora y gritos del 36 una suelta de palomas, lumbre de tablones, luminarias para el tiempo oscuro. Palomas que forman bolas de nieve en el aire, latidos de palomas en el aire, fiebre del mundo. De nuevo estallan estas palomas y caen al suelo plumones y copos como cuando hemos desgarrado un colchón carcelario y lo desplumamos por una ventana, o vaciamos de sueños y plumas en la luz la almohada. En la nieve las huellas de la muerte ante los pies desnudos de los muertos. Fábrica de la Seda –Todfabrik– Nombres que tapo con la mano, palabras bajo la piedra. ¿Y no era el sonido de la historia semejante al de una flauta en la que soplamos sin tapar los agujeros, un sonido libre para conjurar los gritos de los hombres de la Fábrica de la Seda? Sonido libre que sale por todos los huecos del aire y desde nuestros pulmones de la manera más libre que se oyó jamás. Vi a un sumergido, a un fusilado tocando bajo el agua la flauta de su ser. Oía la melodía de su vida, oía las campanas en su cabeza, manaba la sangre desde los siete agujeros de bala que había en su cuerpo. Nunca dejaba de manar la sangre de ese hombre sumergido. ¿Cómo se llamaría ese hombre infinito y eterno? Seda y niebla, un río, una fábrica de seda y niebla. ¿No significan lo mismo?

Hasta siempre hombres del aire.

*La antigua Fábrica de la Seda de Talavera se convirtió en campo de concentración durante la guerra civil y después de la guerra civil. Cientos de prisioneros republicanos serían ejecutados o morirían por enfermedades en ella. Durante los años noventa es derribada construyéndose sobre su solar un instituto de enseñanza media. No se halla en el lugar monumento o placa que guarde la memoria de los hombres allí muertos y encarcelados.