19/5/19

19 de mayo


DESMENUZADO
en un sueño
que se
lleva el aire
me ha
estrujado
el cielo
como
a una hoja.

(Polvo)






RODEADO de cielo y de tardes que se borran. Se pierde la pista de los ojos y vuelve en la noche llena de luces el viento atravesando estas redes. Quizás las viejas almas queden atrapadas en la sombra de esta malla, pero el viento la atraviesa como las palabras la muerte.


(A Juan González Soto)







LA muerte
se mueve
hacia mí,

se acerca
y se aleja
como en las orillas
el oleaje.

(Ondas)












A los ojos va todo lo destruido.

Arenas hoyadas, huecos oscuros como cuencos de luz. En la arena cosas del mar y de la tierra, atrapado un instante en la vida ya perdido entre lo insignificante. Una luz incubada, más breve y azul que ayer, se llevaba sus sombras y envueltas en ellas la bajeza.

El día había sido azul y ancho, ahora sólo el esqueleto, los huesos de la luz se caen del cielo. Sólo sabinas endurecidas por la sal en la tierra más pobre.

De todos los amaneceres unidos por una súbita y duradera vida el último, el eterno y quieto amanecer. El sol pálido que destruyó la noche emerge de los pantanos azules de la memoria, y quieto, detiene el día.

La llama que se apaga te enseña.

Los golpes a lo vacío, el sonido del golpe reverbera en lo vacío. El vacío de las habitaciones, la luz que deja sus manchas. Dibujaba signos en las paredes, el aspa, la hormiga, la lluvia, la estrella, y los más abstractos, un círculo con muescas, una línea entre la puerta y la ventana, como de un alma a otra la cuerda de la muerte. El alma mater del ángel, que ya no significa nada, lo ha destruido el mismo lenguaje.

Hierba que nunca fue verde, nació seca y es suave como los cabellos de un anciano. Un rey que sacan y sumergen en el mar, lo elevan al cielo y los esconden en los pozos,

o un dios más azul que fuma en los acantilados.

(Cuaderno de Formentera)


18/5/19

Sobre el poema "Eulalia" de Miguel Ángel Curiel: Juan Gonzalez Soto


Sobre el poema «Eulalia» de Miguel Ángel Curiel



He aquí algunos versos de Miguel Ángel Curiel: Todo poema mío es una zarza, | espinas clavadas al papel («Poema») o Un poema es la notte più chiusa («Pureza») o Un poema que no sale es una bendición («Bendito»). Que todo ello es cierto lo muestra la mera configuración tipográfica tan particular que exhibe el libro Jaraíz (2018): Unas veces, los versos son de una brevedad extrema, palabra sobre palabra; otras, los poemas son prosa poética, a menudo presentada con indicaciones de separaciones mediante barras inclinadas; otras, se muestran palabras entre corchetes dentro de uno o de varios versos; no pocas veces el título no es sino la desnuda secuencia de tres puntos suspensivos. El lector —por lo menos este— tiene ante sí una suerte de inusitado reto: Cómo leer esa poesía, mediante qué operación de lectura íntima y silenciosa, cuando cada poema se presenta ante los ojos de particulares maneras distintas. Qué propuesta de lectura esconde cada una de las opciones tipográficas elegidas.
Tengo entre mis manos el poemario Jaraíz. Remuevo las páginas. Las dejo pasar, como en abanico, prensándolas con la yema del pulgar. Las mantengo abiertas. Paseo la mirada. De repente, me detengo al azar (por azar, que ya será elección, escribe Francisco Brines). Tengo ante los ojos el poema titulado «Eulalia». Leo lenta, detenidamente los versos, silenciosamente. Me detengo en tres que aparecen señalados entre comillas en el texto. Contienen una cita de Jacques Derrida, palabras contenidas en el artículo «Un ver à soie. Points de vue piqués sur l’autre voile», aparecido en el número 2-3 de la revista Contretemps (invierno-verano, 1997).
He aquí los tres versos de Miguel Ángel Curiel: Eso ocurre. | Lo que el saber no sabe | es lo que ocurre. Recuerdo otro verso que me está resonando al leer los de Miguel Ángel Curiel. Es de Ángelus Silesius, aquel poeta del siglo xvii que, según Jorge Luis Borges, tomó un nombre tan extrañamente poético, acaso por encima —a mí no me lo parece— de su nombre real, Johann Scheffler. En cualquier caso, el verso, un alejandrino en su traducción al castellano, es el que sigue: La rosa es sin porqué, florece porque florece. La belleza, está diciendo Ángelus Silesius, es una sensación, algo que se percibe, algo que se siente. No hay una secuencia más o menos concatenada de reglas que lleven, conduzcan, transporten hacia la belleza. La belleza, sin porqué, se siente o no siente.
Cuanto acaba de apuntarse hace referencia a la belleza. Y cuanto dicen los tres versos de Miguel Ángel Curiel es, prácticamente, la misma propuesta que Ángelus Sibelius anuncia. Sin embargo, la nueva proposición está enmarcada en un ámbito bien distinto. No es a la belleza a lo que se alude ahora, sino al hecho: Lo que ocurre no es consecuencia de un proceso en que está involucrado el pensamiento, no es consecuencia de un juicio. Aún más: No es necesaria la existencia del juicio, o del conocimiento previo, para que el hecho tenga lugar, para que el hecho ocurra. Parece una evidencia. Pero el poeta ha deseado nombrarla, acaso pretendiendo que el lector admita que al poeta le es dado nombrar lo evidente para que lo aparentemente sencillo culmine en el mundo, nuestro mundo, tan habitualmente pleno de apariencias vanas. Finalmente, el poema «Eulalia» se cierra con el verso Un ver à soie (palabras también de Jacques Derrida). La imagen es particularmente feliz: El capullo de seda muestra aquello que ha ocurrido, continúa ocurriendo, independientemente de que no esté a la vista el misterio de su elaboración y de su factura final. Acaso el poeta también esté diciendo que, al igual que el gusano de seda que produce su hilo en el silencio interior de la cápsula en que habita, él también produce ese otro hilo que es la escritura, los versos que compone, asimismo en el interior silencioso de su creación. Un poema es un parte de nieve escribe en «Los felices» o El poema es un muelle de silencio escribe en «Lana» o Este poema | es la rama en la | que te secas escribe en «A ellos».
Busco otros poemas en Jaraíz. Deseo encontrar en cualquiera de ellos alguna clave de esos tres versos que me vuelven una vez y otra al oído y me dan vueltas en la cabeza. Leo el final de «Carta a los amigos»: Quien conoce el misterio ya no puede sanar con él. Leo en «Ciudad de cristal»: No sé, y ese no saber es lo importante, el verdadero misterio del no saber. Leo en «Coímbra»: Las palabras erosionan la verdad poética, muerto flota el instante.
Alguna vez he leído en Antonio Gamoneda una idea que es una bruma flotante, una nebulosa de una intensidad extraña y definitiva. Sostiene que la poesía no es en realidad literatura, sino una voz humana pugnando por decir algo que solo puede ser expresado por un poeta, el lenguaje puro, inexpresable de otro modo e ininteligible de otro modo. Esta misma concepción se muestra en los versos de Miguel Ángel Curiel. Y estoy seguro, lo presiento desde que inicié la lectura, que Antonio Gamoneda sobrevuela intensa y profundamente Jaraíz.
«Eulalia» avanza, línea a línea, con cierta adustez versal para, finalmente, nombrar palabras de Jacques Derrida. «Eulalia» es una pieza en la que la corporeidad y la cadencia musicales son extrañas. Y una suerte de imprevisibles sobreentendidos da lugar a un poema que no muestra la realidad que él mismo crea y revela, sino el conocimiento de la realidad que él mismo es. Y como una especie de sorpresa, o de paradoja, final, el lector, al llegar a la página 72 donde está el poema, también piensa en el sentido etimológico de la palabra que designa el título: «Eulalia».

Juan González Soto
Tarragona, 11 de mayo de 2019

9/5/19

9 de mayo


UNAS ramas
secas
de ti
saliendo
de mi
yo.

(…)





SEDIMENTOS, cáscaras, pequeñas conchas, plumas de ave, palitos, hojas de aliso, unas ayudan a pudrirse a las otras, unas caen al menos dos veces en la tierra negra, o se detienen en el aire girando o quietas para que te dé tiempo a pasar, entre las aliagas, algas colgadas de las ramas blancas, cintas de plástico negro, papeles, y  sin distinguir entre las viscosas y las trémulas hierbas a las alteas de las llantén, o por ver más se comen el yo. Esta es mi pequeña quemadura por roce, pica, me rasco a mí mismo. Me hago daño hasta vacunarme. Cuando el dolor llega de la nada vuelvo a rozarme hasta quemar el yo, el vicio de la tierra que traduzco hasta desaparecer. Dejar sin carne el hueso, o solo el polvo en el alma, como desaparecen del árbol las hojas, y estas después del suelo en la tierra, claro, así en lo que aparece me purgo.

Enterrado entre todo eso el hijo de plata.

Desde lo abisal sube el sol de ayer.

(Sedimentos)









LOS ojos azules del mar son negros, ven el ayer, y el ayer  es está vacío, lo querría llenar de pájaros. Un pájaro sin pico, sin ojos, sin las escápulas y el húmero de las alas. En una red para aves, y si cantara atrapado en la malla, salir de lo que no se ve, ese trino que va del proteus al alma.

Para sacarlo del yo hay que extender el brazo que se bebe la luz.

La yaga es el yo, absorbe la luz, bebe el cielo del agua, traga estrellas.

(Tori)






































5/5/19

5 de mayo



PASA el viento rápido las hojas que tu escribes, y por eso hablas de piedras y de muros que aplastan el sol al caerse. Otras veces es la nieve la que cae sobre las cosas y las esconde en un agujero, y ningún viento eleva de nuevo los pájaros muertos.
Bailaban en el aire dentro del alma, sostenidos entre corrientes azules.
Vaciaba aún más lo vacío, con las manos echando el aire que entra, echando la luz de hoy al espacio de ayer, como en una sopa de pescado el mar, al beberla queda el sol en el fondo. La tela de las sombras que han tejido las lombrices.
Niñez ¿Te acuerdas de mi, de ti y de ellos? ¿te acuerdas de los guardianes del sol con los huesos quemados?
Tu has muerto pero vives, escucha el tintinnabulum del aire,

me guía

pero estás sólo, eres el más sólo y amas el mar seco.

Mover las cosas como te mueve la vida o dejarlas en mismo lugar, hay corrientes que entran en la nada. No tengo fuerzas para levantarlas (Mira lo que pesan estas palabras de hierro)
La señal de las cosas que se han movido, las marcas de lo que la luz no ha tocado ni absorbido, más claras y limpias.
No vuelvas de la luz, se en ella lo que no se ve, disuelto en la memoria la sombra de unas ramas secas como el sueño de hace mil años.

Sacar palabras con fórceps.

Un borboteo de luz desde el fondo de la muerte. En el Four Darks in Red la luz de la sangre negra de los ángeles.

Escuchala hablar con las palabras de los médicos, como las esconden en ella misma. Lo dicen despacio porque ella habla muy despacio (casi no habla más que una hierba que sale de las paredes) No le hables, es como si todo cayera del mar, y las estrellas de agua reflejos de otros mundos. [tu] le lees un poema que es una redención, pero cómo te cuesta expulsar el mundo por los ojos. El sol está dibujado en el cielo, aún más grande, más amarillo y naranja de lo que es, duerme, puedes mirarlo sin ver ya otras cosas, todo está dentro de él. Lo que cae de él son obstáculos, como estas grandes piedras donde hay puertas dibujadas, o los huesos del cielo esparcidos.

Oscuridad,
Tu no.
El hombre muerde y después se ausenta para olvidar quien era.
¿Vas a ayudarle a mentir al sol?

Con muy pocas palabras, no puede pesarle su cinturón de penas, y menos aún sus ojos.

Se los pinchan.

(…)

1/5/19

República Van Gogh




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               .
                     .     .     .
   
                                               .          .


Escucha aire
esto
sólo esto.
Lo guardo en ti.

Al echar
el puñado de vida al aire
el polvo y la tierra
se separan
como el amor
del odio.

(A ti)

29/4/19

LUMINARIAS (2009-2019)


Ponía demasiada fuerza en no gravitar, o caminar sin levantar polvo. Hay una gran oquedad revestida, la necesitabas para hablar. Un hombre al que hubieran condenado a hablar sin cesar hasta el final de sus días y así alejar a la muerte.


Los libros en los que apoyaría mi cabeza para hacer de ellos una almohada dura. Dasein.


Hace daño. Pensamientos o semillas negras de pensamientos. Al  esparcirlas por las arenas estériles sueñas que no vives. Así es la gratitud: lo que no se da, se da. En la mano negras semillas de pensamientos que echas a los pájaros para que dejen de cantar.



Intenté hacer lumbre a la manera de los hombres de la niebla. Desfallecí. Fracaso. Mañana eclipse de luna. Hay que escribir a saltos, siempre hacia adelante. Grandes saltos para dejar menos huellas. El rastreador, el que lee te confundirá con un gigante.


La excesiva luz del Roselló donde el poeta es un destructor de lenguaje. El vacío del centro.



Escuchando el agua todo el día. Penetró ese sonido en ti, sigue sonando dentro de ti y hasta olvidar quien eres.



En ese poema arde un depósito de turba.




La primera palabra del día raras veces se pronuncia.



Espesura del bosque, arroyos desbordados, vivacidad de la propia vida, incluso la muerte ayuda al verde, a reverdecer, a llenarse de luz antes de que el viento haga que todo baile con todo. Ante esta sinfonía prodigiosa tu vida es un desierto.



Grandes simas en la conciencia. Dios no las domina.



Con viejas vigas la casa nueva. Las piedras siempre son viejas. Con piedras de los cercados una casa transparente: después de los remolinos del yo, las hojas del tu a mis pies.



Ninguna noche se acumula en otra noche.


16/4/19

Cartas a Carina


De ahí surge
un tallo que se dobla.

Un tallo que sale del agua
y se dobla.

Si se yergue
será el poema.

(Taller de escritura)








(קראק)


Esta palabra es una grieta entre el ser y la luz. Rezuma por ella bilis azul. 
Tu que leíste Zikade,  en su desnudez  ves una luminosa watasenia. 
Separó mucho las palabras de la muerte. 
El espacio que deja entre el vertedero inglés y la rosa de aluminio del quirófano 
se llena con las cigarras de la muerte. 
El que canta al amanecer ya ha muerto. 
En el venero del sol escucho el hueso azul del amanecer. 
[àrwòn-métiym] huesecillos de pájaro. El abismo me ha perforado el ojo. 
Un ojo azul muy grande tras el sol. Estás muerto, las vértebras son infinitas. 
Sonne über den Hügel. Soy el último en pasar, 
j´aime la natación, camino por el agua. 
De las imágenes muertas no podemos borrar el sol. 
Si al menos en la oxidación de la fruta pelada viviera el tempus
La piscina se llena de nuevo con la luz que lo borra todo, marcas de agua.

(Marcas de aguas)









El silencio del abismo en la lluvia. Abajo toda la sal,
y quien la peina con las cerdas de todos sus años.


(Peine)






Los golpes del sol en la luz, aún sobra vida. 
En el mar una hormiga sobre una hoja acicular. 
La lluvia te eleva, duermo en el aire.

(…)





Huellas hacia el sol o la nada, brillan llenas de agua de lluvia
[trocitos de cielo] de animales que pasan bajo el arco de polvo.
Ha puesto puertas sobre la tierra para no pisar las sombras 
y entra en el cielo.
La oscuridad no es oscura, lo ves todo.
El cielo parece una piscina muy grande, nunca se cae. 
Unos pájaros se llevan tu miedo, donde caigan irás a buscarlos, 
no están, se ve todo, un río muy arriba. Nada está donde cae, 
lo buscas hasta perderte, lo pisas, nunca cae algo que hayas visto.
Tienes que ver lo que ves, no soñar, mirar el fondo. 
No es una tela, sino la oscuridad azul, una muerte, 
y en la mort ves un ángel.

(Essai)











La luz
de los muertos,
negra,
absoluta
hasta
desaparecer en el sol.

El ojo negro
de la niebla.

Todas las cosas
son azules
de noche.
Respiro
y expulso
sus sueños.

Quien es bueno
llama a la maldad.
El nadie
al que llamo Alles
lo llamo
tantas veces…

Si no dejo
de llamarlo
vendrá.

(Ángel)









Los ojos han crecido en la nada llenos de sí mismo,
no ven olas ni cielo. Abiertos para siempre,
vacíos con los huesos del cielo dentro,
ven a los delfines negros alejarse.

(Variaciones)