19/11/17

JARAÍZ, 19 de noviembre 2017

El mar
respira como un muerto.
Lo acompaso
en cada ola.
Cuando sudo tengo miedo
a otra voz.
El saliente es el poema.
La punta
que se clava.
Te empujo lleno
de miedo.
El sol que sale
no es mío.
Es azul, oca
sin cabeza-
epiceno del marjal,
broma de los muertos.
Es fe en la luz
el miedo.
La muerte es vida.
Estrellas frías
y calientes.
No sé-
La más fría
me quema el ojo,
cuece
como negación
nervios azules.


Despejando la hierba
encontré un peine.


(Vertrauen)






De los treceavos
sale la flor.
Animus.

Salen del hielo. Pocas.
Algunas por sí solas.
Sale de ella misma.
No huele para sí.
Dura poco
y se abre a la nada.
Para que
elija su lección
de miedo.

Tras-
mallo.

dos palabras
se traman,
culpa, limpio.
La muerte teje el día al hilo
de otras noches.

Con un cristal corto
la cuerda.
Lo roto corta
el nudo con forma de nudo.
Si fuera un nudo
de cielo mojado.
El árbol devuelve
la maldad al aire.


(Animus)










Cada palabra encierra
A otras
Y estas
A otras.
Yaw-shah´
Así hasta el no lugar
De la palabra.
El que ha jugado
En el agua
Hizo el muerto
En el agua.

El nombre
Que el mar olvida
Cuerpo que el mar
Expulsa.


(Salvado)








Ojos limpios
En una esfera.
“Como madera y cobre
Es el vuelo de Favorski”
-Debo vivir en la alegría
De los demás-
Vivaquear
En el ojo quemado.

Una línea negra
De fresnos
Hacia el sol.


(Vivaquear)

14/11/17

SAUDADE



SAUDADE   (EL AGUA, poesía 2000-2012)

"En la mirada que tú le arrojas, despierta lo mirado"
Paul Celan

Tras el agua parece haber nada, incluso las palabras que utilizamos para hablar con el espacio que ella ocupa, ¿no están demasiadas veces cargadas de grandilocuencia o de absoluto? Y estas querían flotar en el aire antes de desaparecer, como cuando se apaga una luz y por un momento todo se ve claramente. Despojarse más que agarrarse, tener su tiempo de ida y vuelta, como el perro al que lanzaba un guijarro negro. Cada vez intentaba lanzárselo más lejos con la esperanza de que no lo encontrara en la arena. Pero este perro siempre volvía con la piedra en la boca y me la dejaba junto a los pies. Si lanzaba el guijarro al agua, el perro se sumergía y lo encontraba, podía estar largo tiempo sumergido, tanto como para pensar que se había ahogado en mí. Esas palabras con las que hablas con el agua vuelven a la tierra, o a esta playa de las Descalzas, pero no para ser repetidas. Entran de nuevo en ti y desaparecen, como los sueños de mayo de los pastores del Alto Jerte, soñadores junto a las lumbres o ceniza de la luna en los ojos de los que no han dormido esperando la salida del sol. Ceniza que abona la hierba. ¿Y no son esos herbazales del Arañuelo una especie de mar verde? Hierbas y aguas se mecen de la misma forma. El viento impulsa olas de hierba, olas verdes donde se bañan los muertos. Pastores de los pasos altos de montaña alrededor de las lumbres, a las que solían llamar estrellas de la hierba. Abrigados con las primeras lanas de las esquilas. ¿No parecían estos seres formas de nieve junto al fuego? Elementos de la incertidumbre, cosas destinadas al tiempo, algo que se quema para purificarse, o se derrite de manera más lenta que la nieve y apenas es frío. (Mundos parecidos al de las palabras, o al de estas frágiles palabras que se rompen en el suelo) ¿Qué querían decir? La sumergida las cantaba a solas, las cantaba en otras lenguas, oía su voz en mí, canciones que están en mí ya para siempre, era así como se liberaba del tiempo oscuro del mundo, o como una mariposa que nunca termina de caer, ya tocada por el frío. No he visto vuelo más caótico que el de esas mariposas al final del verano, el vuelo de la incertidumbre, o de esas frágiles alas de la vida. Debí dejar aquellas tierras altas hace muchos años, pues solo recuerdo lo esencial, olas de hierba en los grandes espacios. ¿Y cómo se hace una red, una red para las palabras que todavía quedan limpias en el mundo? La oía cantar viejas canciones en inglés, o me hablaba en gallego para dulcificar mis heridas. La oía desde muy lejos, desde este mar de hierba del Alto Jerte. ¿Y esa red, cómo se hace? Hay que tensar una de las líneas e ir anudando a partir de ellas las otras líneas, o las grandes cosas tienden al azul, montañas, mares, incluso el hielo profundo. Estos viejos hielos del Puerto del Rey guardan días azules. Pero ningún punto de comparación, ninguna manera de asemejarlos. Por un momento pensé que esta agua, este espacio inmenso de azul verdoso, podía ser un mar de hierba. (Los ojos están llenos de nudos, o este mar en el que los ojos se curan de las cosas) Es el mar, y unas palabras anudadas poco pueden hacer para desatar la luz. Espacio inundado. No hay otra cosa que un espacio de esperanza, o algo al que raras veces se le ha podido hablar desde la certidumbre. Un espacio azul que acoge mal las palabras, que las sumerge o las desvía hacia los lados. Nada que decir dirías entonces, pero por eso mismo tu mirada se ha vuelto más justa y tus ojos se han limpiado de lo que había detrás, y tu voz no ha intentado la dominación y no se ha vuelto hacia el espacio hasta perderse en el infinito. ¿Y no es esta una fuente de luz y silencio? Estabas ahí sin esperar algo, contemplando las roturas del mundo, lo irreparable. Estabas ahí sin esperar de las aguas la revelación, o la luz que al chocar en ella crea reflejos, múltiples reflejos de azul y verde que avivan los ojos, hasta hacer de la mirada un hogar cálido. ¿Y era así en todos los mares, en todas las orillas? Miraba de adentro afuera, y no al revés, no como se respira, de afuera adentro. ¿Y no era esto semejante a cuando se toca un instrumento de viento, primero coges aire, y ese aire que soplas provoca un bello sonido? Música azul del mar. Su música era eso. Echar todo su silencio a la orilla. Solo en la orilla puedes oírla. ¿Y cómo algo tan inmenso y profundo puede estar hablándote a ti solo? Nos traspasan esas melodías antes de perderse para siempre en el espacio, nos atraviesan dejándonos limpios. Entonces me digo. Hasta que no estés del todo vacío, hasta que de tus ojos no salga la luz que recibes, hasta que tus palabras enfermas sanen. Sonidos del mar en los límites del mar, en las orillas, en los acantilados, donde el mismo, para ser, se golpea, donde las aguas se revuelven hasta sacar del fondo esta mirada perdida en el mundo. También lo poco que dices lo dices desde tus límites buscando en las distancias aves y hombres. ¿No soplabas tu aire en tus manos ahuecadas para sacar sonidos profundos? ¿Sonidos para la celebración mas que de aviso, tu sonido, tu dispersión? Hasta que no estés vacío del todo no podrás darte la vuelta y volver a tu lugar de origen. Ya no te harán falta las palabras con las que se mendiga o se ofrece. Y sin embargo eran avisos, aire irrumpiendo en los huecos, saliendo y entrando de extraños espacios. Aire buscando a la sumergida, o agua buscando sus ojos. Pero no quería enfrentarme al mar como lo hace un pescador, o un hombre de fe, o un viajero del agua. Otra vez en las hierbas altas que se mecen donde no veo mas que pastores tomando una leche oscura en la noche. Viajeros del agua que atraviesan su propio silencio de arena. Solo tienen ese para llenar sus cajas vacías, arena y luz. Pero no quería enfrentarme al mar, a esa desposesión de las palabras, a esa especie de orfandad y silencio que se rompe solopara volver a ser silencio. ¿No carecía todo esto de música y era más bien un sonido azul en el aire? Llegaban estos sonidos de agua a mis pies, como invitándome a caminar por lo difícil, por los límites donde va dejando regalos muertos. No cojas nada del mar, era esto lo que oía. No cojas estrellas muertas. Y este espacio azul te obligaba a estar solo. ¿Es por eso que comencé a hablar en una lengua extraña?

(Saudade)










24/7/17

ALEACIONES



















































[Fui el contemplador. Toda la conciencia que emana de la obra, transparencia negra, inmanencia trágica, pathos.] Nunca espectador, sólo viviente en ella. De sol a sol va el río en la oscuridad, podría cantar ahora “sin embargo, la tierra es yerro y hoja afilada, no reces por ella, no la pisotees” La luz entró en la hierba y la noche en los huesos.  El polen de la muerte. Estallidos de soles bajo el agua. El que viene de lejos se detiene a beber el sol. Aún es bello el arte corrompido. El palacio de madera, el sol, la isla.

(…)










[Yaw-shah´, el hijo de las aguas y ella hija del aire. Náufragos, yaw-shah´ significa salvado de las aguas. Cada palabra encierra a otras y estas a otras, y así hasta el no lugar de la palabra. Yaw-shah´ el que ha jugado en el agua, y ha hecho el muerto en el agua y se ha dormido en el agua. El nombre que el mar olvida, el cuerpo que el mar expulsa. No a todos nos escolta un ángel  hasta la puerta negra que nos espera al final del mundo. Ella es hija del aire]



“il y a là cendre [il y a la cendre]”
Jacques Derrida

Así me vi.
Dentro de
este poema
sin querer
salir de el.
Me he girado,
el círculo se ovalaba,
la noche buf¡
cuervos azules.
Perdón es hijo
de dos palabras,
per el don
que tiene de hacer daño
el impermeable
en el cuerpo desnudo.

(Salvado)









Una línea negra de fresnos hacia el sol. Tiempo de paja, insulso, vacío, y donde se curva la línea de álamos hacia otro sol  más pequeño. [Vivaquear en el ojo quemado] Ha entrado un hombre en el sueño de otro. Hay un río que va de sol a sol,  veo peces desovando en las manos de la escultora, huevas de galaxias. Unos ojos limpios en una esfera. “Como madera y cobre es el vuelo de Favorski y en las astillas del aire somos vecinos del tiempo, y una flota de tablones hacia serrados robles y arces de cobre nos lleva” -debo vivir en la alegría de los demás- Entre tantas palabras corrompidas el manantial de la verdad.

(Vivaquear)










Mete allí las raíces hacia el vacío. Ahora el hombre está en el centro, hace girar la leche de las estrellas con la mano.

(…)







El silencio es el muro, el chopo azul tras él, la ciudad blanca desaparece tras el sol. A los ojos les gusta el blanco. Aguas subterráneas en los ojos de los muertos manan cerca de estrellan negras.

(…)










Basura, la mayoría de las palabras de un hombre a lo largo del día terminan en basura. Me imagino esa basura en el aire –sólo cuando dice buenos días o hasta mañana, como si cualquier hombre pudiera sancionar la premura o fuera dueño del mundo y la luz- pero no es más recto el que nos saluda, el que no trafica con la luz de las palabras. Lo primero que piensa un hombre al despertarse suele llevar un prurito de radicalidad y culpabilidad ¿Y no mira extrañado el mundo desde una ventana sucia como si fuera la última vez que lo contempla o la última? De los alerces trementina, una resina pegajosa con la que podrían pegarse estas hojas en las que escribo. ¿Y mañana? Un camino que salga de este y se desvíe hacia otro lugar fuera del mundo. Por debajo de las palabras hay más palabras, capas de palabras [escritura] que esconden lo que quieren decir, y lo esconden para que sea buscado con ahínco y sean vistas muy por encima allí abajo[écrivain public]. Siempre se lee desde arriba, lo que está escondido allí abajo. La escritura llama a la verticalidad, el vértigo de la existencia está escrito allí abajo. Ánsares allí arriba alejándose del invierno, abanicos negros de ánsares guiándose por los pliegues de la tierra, siguiendo las corrientes de aire que les ayuden a gravitar menos. El Dichter habló con el Denker en un lugar seco. Se esconde en ti, en lo más oscuro de ti esa luz, esos posos de la vida que permanecen más ocultos o caídos.
 (…)











El día se desliza, nos arropa, nos engulle, nos sobrepasa, nos barre, nos abrasa [nos abre puertas, nos las cierra] nos acoge, nos envuelve, nos carga, nos acalla. Después se marcha lentamente por la cañada de luz en la que arden lentamente animales azules. Ese [nos] en el que me encierro como en una casa oscura, un [nos] que se libera de todas las cargas del día; [nos] enhebrado a la escritura, que jamás cuenta a los [otros] y los otros sin el [nos] engullidos, barridos, envueltos, deslizados, abrasados, arrojados a la cañada de luz por la que vuelve el día.


(…)







Te vi soñar en mi muerte/nadabas hacia atrás/arrastrabas la luz hacia mi/ te vi allí coger arena azul/me cubrías con tu sueño.


(…)









Hay tantas maneras de mantenerse en el aire, los que suben hasta arder, los que no despegan, los que dan saltitos en los jardines, de exilio en exilio en el aire. Me olvidaba de los gregarios, los estorninos, su ballet del crepúsculo; nada hay más bello que ese baile de ceniza y que ese entrar y salir del día ciegamente. Al irse en la mañana no bailan, van directos al alma del día como flechas negras, dejan la ciudad y desaparecen en las afueras y arrasan mi mano. Pero la imperfección del día es lo más perfecto del día [su fotografía arde todavía como una luz muerta] nos hace llevar a las palabras hasta el límite de la verdad, donde una gran oreja oye por todos y una gran boca habla por todos. Eras una caja de música rota, y ahora oyes esa música de lo que eras junto a las olas en una playa de Santander. Sólo puedes arreglar esa caja de música en tu memoria ya imposible.

(Telar aéreo)























































24/6/17

EL NADADOR, reseñas de Teo Serna y Ángel Luis Luján



Miguel Ángel Curiel, El nadador. Badajoz, Editora Regional de Extremadura, 2016. 74 págs.

            El título de la última entrega de Miguel Ángel Curiel puede llevar a engaño al lector, que pensará que el poeta ha vuelto al ciclo del agua, que dejó cerrado con  El agua: poesía 2002-2012 (Tigres de papel, 2014), después de explorar la materialidad sólida y fragmentada de Astillas (Calambur, 2015). Sin embargo, El nadador, no es un libro acuático, ni siquiera es líquido, se trata de una escritura solar, traspasada en todo momento por la luz hiriente y definitiva de la revelación; un astro que no es el sol negro de la melancolía del que hablaba Nerval, aunque se haga algún guiño un tanto irreverente al autor francés: “Chiarezza negra, el sol es tonto” (p. 17).
            En cualquier caso, este sol preside, como gran parte de la escritura de Curiel, una práctica alquímica, pues por doquier encontramos la transformación de todo tipo de materia en luz, como la hierba que muere y se seca para ser encendida e iluminar (p. 12); e inevitablemente ello nos lleva a una lectura metapoética y autorreflexiva, pues la creación poética, se nos viene a decir, consiste precisamente en eso: en transmutar un material inerte y común, como es el del lenguaje y el de las vivencias cotidianas, en la luz reveladora del sentido o su reverso la paradoja.
Esto último queda claro cuando entendemos que, aunque la función del poema, como la del sol es quemar y dar luz (p. 13), no estamos, sin embargo, bajo el régimen de la lógica y la razón sino bajo el de una imaginación configurante y radical que actúa, de manera oscura, en un momento anterior a la expresión; la poesía está atrapada precisamente en la aporía de que el momento de la revelación es un simple ver de manera inmediata (p. 17), una visión pura que, cuando alcanza la expresión, ya ha perdido gran parte de su poder y su capacidad de arrojar luz sobre la experiencia. Es, en definitiva, el gran tema de la poesía de la modernidad, que Miguel Ángel Curiel ha sabido sintetizar sabiamente en esta suerte de aforismo: “un poema que no sale es una bendición” (p. 43).        
La mejor expresión de lo que digo la podemos encontrar en el poema que aparece en la página 60, para mí el mejor del libro y uno de los mejores de toda la trayectoria de Curiel. De hecho, podría servir de poética para su obra en conjunto, y desde luego, nos da la clave interpretativa del presente libro. Los versos se desenvuelven en torno al concepto de la “nada” y de la percepción de la realidad al alcance del poema. En la experiencia cotidiana la realidad es invisible, se esconde en la abrumadora multiplicidad de sus manifestaciones (“en la multitud / O en el río lleno de nadadores”), y solo se hace visible en “la nada del poema”, en el vaciamiento de experiencia que supone la escritura poética, en un proceso en cierto modo doloroso y siempre frustrante, pues lo que debía ser un “pararrayos / Que afilará la luz” se quedan solo en “espinas clavadas al papel”. La imagen de elevación “Casi puedo volar con la voz, / y ese casi es todo” (p. 26) revela, a su vez, ayudada por la paronomasia, esa aspiración siempre fallida, por cuya apertura de un espacio de fracaso (el casi) se alcanza paradójicamente la plenitud del sentido.
El poeta, por tanto, es un nadador en el sentido de que debe “hacer la nada” (fracasar) en su poema para que la realidad aparezca en todo su esplendor y atraer el rayo de la revelación. El poeta como creador de la nada es una imagen justa, original y paradójica en tanto que se opone a la tradicional idea del poeta como creador de mundos. En el mismo sentido va el gesto de “firmar en la nada” que aparece un poco después (p. 64), o la afirmación de que “toda poesía se escribe en la nieve” (p. 71), como figuración del vacío.
La paronomasia “nada”-“nadador” destapa otra serie de juegos homofónicos que aparecen por diversas zonas del poemario y que refuerzan esta lectura, además de mostrar que esa búsqueda de la nada se realiza por medio de la puesta en tensión del lenguaje: es necesario vaciar el lenguaje de su univocidad, que supone la proliferación y diferenciación de los significados, para unificarlo en palabras que se confundan y acaben diciendo todas lo mismo: un vacío pleno de potencialidades. Tenemos, en esta línea, la paronomasia “sol” y “sal”, que se repite en las páginas 29 y 44; la que encontramos en la página 63: “pon pena en el poema y te saldrá un pan”; o en la página 69: “Oir y huir es lo mismo”. Pero el calambur más poderoso y revelador lo encontramos hacia el final del libro “Nadie ha escrito helecho en un poema” (p. 71). Leído de manera literal resulta obviamente falso, pero leído como “el hecho” nos descubre una verdad: la realidad inmediata, el suceso en estado puro no entra en el poema, tiene que dejarse deshacer en el lenguaje, despojarse de su sentido y darse la vuelta para generar una palabra nueva que enuncia simultáneamente una falsedad palpable (pues alguien seguramente habrá escrito “helecho” en un poema) y la evidencia de que la nueva palabra, con su doble perfil, es la primera vez que se escribe.
Otra estrategia para descentrar el lenguaje es la inclusión casi constante de expresiones en otras lenguas, a veces mezcladas entre sí, que produce la sensación de una logomaquia en que el sentido naufraga.
            A la continua transformación del lenguaje corresponde o acompaña esa omnipresente movilidad y metamorfosis de la realidad, a la que aludía antes y que es tan característica de la poesía de Curiel. Hay un constante juego y contraste de colores y sensaciones, entre lo blanco y lo negro, lo ardiente y lo frío (el sol y la nieve, el sol y la sal), y sus transiciones, hasta el punto de desembocar, una vez más, en la imagen surrealista: “Si cierro los ojos veo cucarachas blancas en una cabeza de sol” (p. 15); o directamente en la paradoja: “el blanco de la sábana negro” (p. 25).
La identidad misma del poeta se ve transfigurada, a partir del signo lingüístico que lo identifica (su nombre), en la imagen del ángel: “Ángel me llamáis”, en una curiosa relectura invocatoria del “Ángel me dicen” de Ángel González (p. 26). Este ser, que aparece en otros poemas del autor, relacionado con lo blanco, la nieve, la harina y las sábanas, se presenta aquí como una reelaboración del mito de Ícaro: “con alas de papel / que se quemaban sobre mí” (p. 24). Se hacen visibles, entonces, todas las tensiones del hacer poético: la pureza de la palabra-poeta contra el sol que quema sus aspiraciones, pero que a la vez sirve para engendrar la nada en que la realidad se hace poema, una tensión irresoluble que tiene como salida el recurso a un nuevo mito solar: el del Áve Fénix que arde para resucitar. Quizá sea esa la lectura que debemos hacer del poema que se inicia precisamente con la mención de dos aves: “El charrán y el papialbo” (p. 67), y que se cierra con la constatación de que la realidad muerta (“Cortaron el viejo pino / de mi infancia”) solo sobrevive en la experiencia solar y abrasadora del poema: “y es ahora, / mientras lo arrastran / los cables de oro del sol…”.
El nadador, puesto bajo la advocación de los grandes poetas de la modernidad que han sabido llevar la intensidad hasta los límites donde Curiel la recibe y la trabaja para hacerse partícipe de esa herencia (Ungaretti, Dickinson, Celan), es un libro mayor, cuya lectura no se puede encerrar en estas palabras ni en ningunas otras que intenten comprenderlo, porque su esencia es vaciarse para que el lector asuma su plenitud, en una continua transformación que abarca al mundo, al lenguaje y sus paradójicas relaciones, distancias e identidades.







RESEÑA DE TEO SERNA


SOBRE (ANTE, CON, EN, TRAS) EL NADADOR  Miguel Ángel Curiel. Editora Regional de Extremadura. Poesía. Primera edición: noviembre, 2016.

El nadador es un ser ambiguo, fronterizo al menos: se desliza por el agua, la atraviesa; atraviesa un elemento que le es ajeno y en el que encuentra, claro, su justificación, su juego perpetuo a querer ser de otra especie, el fingimiento de ser pez, cómplice de lo abisal; juego del abrazo del agua como morada o líquido amniótico,  primigenio, acogedor y, sin embargo, tan ajeno, tan otro. El nadador como metáfora-representación del poeta, animada imagen del poema en sí. El nadador como juego del extrañamiento acogido en lo otro. Todo poema mío es una zarza. /Espinas clavadas al papel/ Y solo debería ser un pararrayos/ Que afilará la luz  dice Miguel Ángel Curiel y lo dice susurrando al aire libre, lanzado quizá la piedra pulida y negra de su poema, de sus espinas. ¿Nadando? No: zozobrando. Porque la poesía de Curiel es zozobra; zozobra en su polisemia: hundirse, irse a pique; estar inquieto o desazonado por la inseguridad respecto de algo o por la incertidumbre…  Poesía como duda perpetua, más como planteamiento de preguntas que como facilitadora de respuestas; forma de des-conocimiento; forma de entendimiento del mundo; manera de ver, manera de mirar (mejor); no forma de comunicación; no mirada lánguida a la rosa; no lágrima de la memoria. No. Pero tampoco negación absoluta; tampoco afirmación rotunda. Funambulista pues en la cuerda floja que a nada conduce sino al abismo, al vértigo, a la caída.  El poeta no se ocupa de la poesía, como el jardinero no se ocupa de perfumar las rosas (Cocteau). Curiel tampoco se ocupa de sus poemas, no ejerce de poeta ni perfuma sus versos; yo diría que los quema, enciende la pira en mitad del patio de la vida para contemplar las llamas y luego avienta las cenizas, las espanta. Acto de contemplación, ver las llamas; acto de purificación: volver al aire lo que de aire tiene la palabra; volver a la tierra lo que de tierra tiene la palabra. Al agua también, pero para atravesarla luego: de ahí el nadador; de ahí la inutilidad de su esfuerzo
redentor, aunque sea ese esfuerzo inútil lo que quizá nos salve, después de haber buceado en los sargazos negros que el sol descubre.  El sol. Quizá la palabra más repetida en este poemario de Miguel Ángel. ¿Debería entonces, haberse llamado El Sol, en vez de El Nadador? Cambiar agua por luz, corriente efímera por fotones. Pero Miguel Ángel sabe que está en el agua la luz y el sol y son reflejo puro; sólo eso: reflejo que nos impide ver si su cercanía es demasiada y su resplandor fingimiento del agua, fingimiento en el desierto: espejismo.  La poesía de Curiel se cierra como un bivalvo: mejillón, ostra  que guarda en su centro la perla, que es, en realidad, producto de la impureza, pues es ésta la que lame y fabrica el nácar como forma perfecta de solidificación de la luz; esa luz interna, habitante en lo oscuro, pasajero de lo oscuro, encierro en lo negro, en la concha dura que sólo la mano del poeta se atreve a abrir para arrojar luego unas migajas a la corriente del río, al abismo del mar.  ¿Nadador, otra vez? No. Recolector ésta; sembrador de nácar en los barbechos quemados por los rastrojos incendiados. Paja que vuela, sutil y ajena, amarilla-negra, pues el fuego tizna como la poesía de Miguel Ángel. Tizna, mancha las manos; también los ojos. Y es retama quemada, producto, palabra de chamán, sanadora, sí, como un lenitivo que escociera en la herida misma, en el centro mismo; en la duda. Naturaleza, tierra viva, animales, plantas, árboles, álamos desnudos y pájaros que dudan del vuelo. Así la poesía de Curiel; así su no-palabra, su otredad, la otredad que  nos impone un corazón que no sabe de nosotros, que no creemos nuestro. Porque la palabra, la palabra-corazón está viva en este Nadador y encuentra aquí su casa (derruida, manchada de humedad, llenos sus aleros de olvido). Casa en la que entramos para no sentirnos cómodos (eso es otra cosa); casa en la que entramos para asomarnos por las cerraduras oxidadas y poder contemplar un horizonte de sangre y luz; de sol negro, de pájaros en fuga.  La oscuridad te/nos será dada, de sólo un trazo, con la luz.  La mano de Miguel Ángel Curiel se encarga ya de recoger el cuchillo, de practicar la autopsia, de sajar el saco fetal para derramar sobre el halda el líquido amniótico y poder así nadar, un poco al menos, por la sombra, por
el silencio y por el dolor que supone el conocimiento al entrar en la cueva y salír de mí.  ¿Y al final? Vuelvo a Cocteau: el poeta es un mentiroso que dice la verdad. Pero no dejo, no me deja ya Miguel Ángel: Toda poesía se escribe en la nieve, todo poema le pertenece al sol. Sol otra vez. ¿Nadar es olvidar? Nadar es olvidar. Y el nadador olvida lo que el agua es, lo que es la profundidad, la corriente. Se cree corriente él mismo. Ya. Como Miguel Ángel. Aunque ignore que, en realidad, es fuego. Y queme, como quema la silenciosa lengua del profeta. 



Teo Serna.  Manzanares. 14-4-2017. Viernes Santo.