23/5/19

Sobre el poema "Eulalia" de Miguel Ángel Curiel: Juan González Soto


Sobre el poema «Eulalia» de Miguel Ángel Curiel




Una ola arroja todas las palabras del mundo a la orilla, las coloco otra vez en el cielo, unas allí, otras a más distancia
Miguel Ángel Curiel



He aquí algunos versos de Miguel Ángel Curiel: Todo poema mío es una zarza, | espinas clavadas al papel («Poema») o Un poema es la notte più chiusa («Pureza»), o el poema es un montoncito de cal que te comes («Uso»), o Un poema que no sale es una bendición («Bendito») o Un poema es un muelle de silencio […] la grieta misma («Lana»). Y todas estas afirmaciones, verdaderas propuestas poéticas, se muestran de forma palmaria mediante la mera configuración tipográfica, tan particular, tan determinante, que se exhibe en el libro Jaraíz (Madrid: Ediciones Amargord, 2018): Unas veces, los versos son de una brevedad extrema, palabra sobre palabra; otras, los poemas son un alargado renglón de prosa poética, no pocas veces presentada con indicaciones de separaciones versales mediante barras inclinadas; otras, se muestran palabras entre corchetes dentro de uno o de varios versos o aparecen de repente en los renglones; a menudo el título no es sino la desnuda secuencia de tres puntos suspensivos indicados entre paréntesis. El lector —por lo menos este— tiene ante sí una suerte de inusitado reto: Cómo leer esa poesía, mediante qué operación de lectura íntima y silenciosa, cuando cada poema se presenta ante los ojos de particulares maneras distintas. Qué propuesta de lectura esconde cada una de las opciones tipográficas elegidas.
Tengo entre mis manos el poemario Jaraíz. Remuevo las páginas. Las dejo pasar, como en abanico, prensándolas con la yema del pulgar. Mantengo algunas páginas abiertas un instante. Paseo la mirada. De repente, me detengo al azar (por azar, que ya será elección, escribe Francisco Brines). Tengo ante los ojos el poema titulado «Eulalia». Leo lenta, detenidamente los versos, silenciosamente.

A Paloma Corrales
Ella habla
del eczema de amor.
De un olivo traído
de Copenhage.
Sheishi
contra Basho.

Corta el álamo,
ya solo tienes
tres dedos.
«Eso ocurre.
Lo que el saber no sabe
es lo que ocurre»
[arrive]
«Un ver à soie»

(Eulalia)

Me detengo en tres versos que aparecen señalados entre comillas en el texto. Contienen una cita de Jacques Derrida. Son algunas de las palabras contenidas en el artículo «Un ver à soie. Points de vue piqués sur l’autre voile» («Un gusano de seda. Puntos de vista sobre el otro velo»). Apareció en el número 2-3 de la revista Contretemps (invierno-verano, 1997). El filósofo mexicano Alberto Constante, en su artículo «Derrida, memoria de la exclusión», A Parte Rei. Revista de Filosofía (número 43, enero de 2006), sostiene que la frase es en realidad de Michel de Montaigne, quien, por su parte, la atribuye a Aristóteles. Las palabras —me digo— transitan el universo y el tiempo.
Reescribo aquí mismo los tres versos de Miguel Ángel Curiel que aparecen en el poema «Eulalia»: Eso ocurre. | Lo que el saber no sabe | es lo que ocurre. Recuerdo otro verso que me está resonando al leer y reescribir los de Miguel Ángel Curiel. Pertenece a Ángelus Silesius, aquel poeta del siglo xvii que, según Jorge Luis Borges, tomó un nombre tan extrañamente poético, acaso por encima —dice él, a mí no me lo parece— de su nombre real, Johann Scheffler. En cualquier caso, el verso en alemán es el que sigue: Die Rose ist ohne warum; sie blühet weil sie blühet. Jorge Luis Borges lo traduce, lo transporta, hacia un magnífico, espléndido alejandrino: La rosa sin porqué florece porque florece. La belleza, está diciendo Ángelus Silesius, es una sensación, algo que se percibe, algo que se siente. No es el resultado de un juicio o de una serie de juicios. No se llega a ella por medio de reglas. No hay una secuencia más o menos concatenada de procesos o métodos que lleven, conduzcan hacia la belleza. La belleza, sin porqué, se siente o no siente.
Cuanto queda apuntado, y expuso más largamente Jorge Luis Borges en una conferencia ofrecida el día 13 de julio de 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires, hace referencia a la belleza. Cuanto expresan los tres versos de Miguel Ángel Curiel es, prácticamente, la misma propuesta que Ángelus Sibelius anunciaba con su verso. Sin embargo, la nueva proposición está enmarcada en un ámbito bien distinto. No es a la belleza a lo que se está aludiendo ahora, sino al hecho: Lo que ocurre no es consecuencia de un proceso en que está involucrado el pensamiento, no es consecuencia de uno o de varios juicios. Aún más: No es necesaria la previa existencia de procesos mentales o de juicios, ni tan siquiera el mínimo conocimiento posterior, para que el hecho tenga lugar, suceda, para que el hecho ocurra. Parece una evidencia. Pero el poeta ha deseado nombrarla, acaso pretendiendo que el lector admita que al poeta le es dado nombrar lo evidente para que lo aparentemente sencillo culmine en el mundo, nuestro mundo, tan habitualmente pleno de apariencias vanas. Quien conoce el misterio ya no puede sanar con él, se lee en el poema «Carta a los amigos».
Volvamos a «Eulalia». Después de los tres versos ya indicados le sigue un verso que contiene una sola palabra. Está enmarcada entre corchetes: [arrive]. Su significado, ‘llega’, puede considerarse equivalente a la conjunción ilativa ‘luego’, a las locuciones conjuntivas ‘por consiguiente’, ‘por tanto’. En definitiva, [arrive] precede a la conclusión, el término, el punto culminante al que se pretende o se desea llegar.
Finalmente, el poema «Eulalia» se cierra con el verso Un ver à soie (Un gusano de seda). La imagen es particularmente feliz: El capullo de seda, su sola presencia, muestra enteramente cuanto ha ocurrido y continúa ocurriendo, independientemente de que no esté a la vista el misterio de su delicada elaboración y de su factura final. Acaso el poeta también esté diciendo que, al igual que el gusano de seda produce su hilo en el silencio interior de la cápsula donde habita, él también produce ese otro hilo que es la escritura, los versos que compone, asimismo en el interior silencioso de su creación. Un poema es una parte de nieve escribe en «Los felices» o Este poema | es la rama en la | que te secas escribe en «A ellos».
Busco otros poemas en Jaraíz. Deseo encontrar en cualquiera de ellos alguna clave de esos tres versos que me vuelven una vez y otra al oído y me dan vueltas en la cabeza. Leo en «Coímbra»: Las palabras erosionan la verdad poética, muerto flota el instante. Leo en «Ciudad de cristal»: No sé, y ese no saber es lo importante, el verdadero misterio del no saber.
Tengo para mí algún concepto de Antonio Gamoneda que es una bruma flotante, una nebulosa de una intensidad extraña y definitiva. Sostiene que la poesía no es en realidad literatura, sino una voz humana pugnando por decir algo que solo puede ser expresado por un poeta, el lenguaje puro, inexpresable de otro modo e ininteligible de otro modo. Esta misma concepción se muestra en los versos de Miguel Ángel Curiel. Y estoy seguro, lo presiento desde que inicié la lectura de sus versos, que Antonio Gamoneda sobrevuela intensa y profundamente Jaraíz.
«Eulalia» se abrió, línea a línea, con cierta adustez versal para, finalmente, nombrar palabras de Jacques Derrida. «Eulalia» es una pieza de corporeidad y de cadencia musicales extrañas. Y una suerte de imprevisibles sobreentendidos da lugar a un poema que no muestra la realidad que él mismo crea y revela, sino el conocimiento de la realidad que él mismo es. Y como una especie de sorpresa, o de paradoja final, el lector, al llegar a la página 72 de Jaraíz, donde está el poema, también piensa, ha de hacerlo, en el significado etimológico de la palabra que designa el título: «Eulalia».
Deseo volver ahora a los versos que aparecen enmarcados entre comillas: Eso ocurre. | Lo que el saber no sabe | es lo que ocurre […] Un ver à soie. Al igual que el gusano genera la seda, el poeta crea el hilo de su escritura. Se trata de una simple acción biográfica que queda convertida en biografía dirigida hacia sí mismo, en una autobiografía. El momento culminante tiene lugar cuando el hilo creado queda completo, esto es, llega a su maduración, a su conclusión, a su fin, en el caso del poema, cuando el poeta decide escribir el último verso, el culminante verso final. En definitiva, la fruta, ya madura, el hilo madurado sobre sí mismo, el poema ya completo, ya cumplido, abre, inicia la perforación de su propia corteza, establece el acabamiento de la propia cápsula, de la hoja ya completa. Todo poema mío es una zarza, | espinas clavadas al papel escribe en «Poema». Es, no hay duda, un momento a la vez feliz y a la vez atroz, un momento definitivo, sin vuelta atrás, sorprendente como la rúbrica que completa y cierra la firma de un contrato, como el enunciado que dicta y culmina una sentencia, un hecho que se da solo una vez y que es irrepetible. Es un acabamiento, sí, pero también es un inicio. Es —deseo pensarlo— un nacimiento.
Todo esto sucede en la lectura de «Eulalia», el poema de la página 72 de Jaraíz. Pero sigo removiendo páginas, dejándolas pasar, como en abanico, prensándolas con la yema del pulgar. Llego a la página 56. Allí está, acaso esperándome, el poema titulado «Cólquico» (el nombre del azafrán silvestre). Leo el lema que precede a los versos. Aquí mismo reescribo ese lema, incluyo también el nombre propio que lo cierra y acompaña: «Lo que el saber no sabe es lo que ocurre. Eso ocurre. [Arrive] Un ver à soie. Jacques Derrida».
Todo me es gratísimamente sorprendente. Miguel Ángel Curiel acude al texto de Jacques Derrida para que le sirva de lema y preceda al poema de la página 56, «Cólquico», y, unas páginas después altera, de forma mínima, ese mismo texto y lo reconstruye luego en forma de versos como colofón del poema de la página 72, «Eulalia».
Pienso ahora en José Ángel Valente, el gran poeta del silencio, y también el gran transcriptor. Andrés Sánchez Robayna, en un breve ensayo contenido en un libro plural dedicado al poeta, En torno a la obra de José Ángel Valente (1996), muestra algunos casos de transcripción textual. Alude en concreto a dos poemas. El primero, «Crónica II, 1968», está contenido en el libro El inocente (1970). Es la traducción y transcripción exacta de un fragmento de un libro de Antonin Artaud (L’ombilic des limbes, 1925, El ombligo de los mundos). El segundo poema es el fragmento II de El fulgor (1984). Contiene la imaginativa reconstrucción o variación de la traducción de una nota, correspondiente al día 19 de junio de 1916, de los Diarios de Franz Kafka.
Andrés Sánchez Robayna insiste en que en toda la poesía de José Ángel Valente se da una tensión entre autoría y anonimia. Y tras esa tensión que es a la vez un combate y también es una creciente elasticidad, parece concebirse un concepto fulgurante: La palabra poética pretende la desaparición del autor como dueño de la palabra o, al menos, como único enunciador o locutor. La anonimia, así, persigue, claro, la impersonalidad, la ausencia de identidad. El poeta, por su parte, devuelve la palabra a su origen, ya que logra la desposesión. De este modo, la palabra contenida y expresada en el poema queda destinada a ser infinitas veces enunciada, infinitas veces reproducida, infinitas veces recreada.
Percibo que Miguel Ángel Curiel ha entendido enteramente esa propuesta. He aquí algunos de sus versos: No soy ese, ni el otro. Negar y negarme, de esa negación este poco de luz («Talavera») o Un yo como fósil. | Soy tú. | Tú no eres yo («Al revés») o Soy el polvo en el sueño lunar del lagarto («Lección de arpa») o Pensé en el yo hilado de la tela y en el tú destejido («Castillo interior»).








Juan González Soto
Tarragona, 23 de mayo de 2019

19/5/19

19 de mayo


DESMENUZADO
en un sueño
que se
lleva el aire
me ha
estrujado
el cielo
como
a una hoja.

(Polvo)






RODEADO de cielo y de tardes que se borran. Se pierde la pista de los ojos y vuelve en la noche llena de luces el viento atravesando estas redes. Quizás las viejas almas queden atrapadas en la sombra de esta malla, pero el viento la atraviesa como las palabras la muerte.


(A Juan González Soto)







LA muerte
se mueve
hacia mí,

se acerca
y se aleja
como en las orillas
el oleaje.

(Ondas)












A los ojos va todo lo destruido.

Arenas hoyadas, huecos oscuros como cuencos de luz. En la arena cosas del mar y de la tierra, atrapado un instante en la vida ya perdido entre lo insignificante. Una luz incubada, más breve y azul que ayer, se llevaba sus sombras y envueltas en ellas la bajeza.

El día había sido azul y ancho, ahora sólo el esqueleto, los huesos de la luz se caen del cielo. Sólo sabinas endurecidas por la sal en la tierra más pobre.

De todos los amaneceres unidos por una súbita y duradera vida el último, el eterno y quieto amanecer. El sol pálido que destruyó la noche emerge de los pantanos azules de la memoria, y quieto, detiene el día.

La llama que se apaga te enseña.

Los golpes a lo vacío, el sonido del golpe reverbera en lo vacío. El vacío de las habitaciones, la luz que deja sus manchas. Dibujaba signos en las paredes, el aspa, la hormiga, la lluvia, la estrella, y los más abstractos, un círculo con muescas, una línea entre la puerta y la ventana, como de un alma a otra la cuerda de la muerte. El alma mater del ángel, que ya no significa nada, lo ha destruido el mismo lenguaje.

Hierba que nunca fue verde, nació seca y es suave como los cabellos de un anciano. Un rey que sacan y sumergen en el mar, lo elevan al cielo y los esconden en los pozos,

o un dios más azul que fuma en los acantilados.

(Cuaderno de Formentera)


9/5/19

9 de mayo


UNAS ramas
secas
de ti
saliendo
de mi
yo.

(…)





SEDIMENTOS, cáscaras, pequeñas conchas, plumas de ave, palitos, hojas de aliso, unas ayudan a pudrirse a las otras, unas caen al menos dos veces en la tierra negra, o se detienen en el aire girando o quietas para que te dé tiempo a pasar, entre las aliagas, algas colgadas de las ramas blancas, cintas de plástico negro, papeles, y  sin distinguir entre las viscosas y las trémulas hierbas a las alteas de las llantén, o por ver más se comen el yo. Esta es mi pequeña quemadura por roce, pica, me rasco a mí mismo. Me hago daño hasta vacunarme. Cuando el dolor llega de la nada vuelvo a rozarme hasta quemar el yo, el vicio de la tierra que traduzco hasta desaparecer. Dejar sin carne el hueso, o solo el polvo en el alma, como desaparecen del árbol las hojas, y estas después del suelo en la tierra, claro, así en lo que aparece me purgo.

Enterrado entre todo eso el hijo de plata.

Desde lo abisal sube el sol de ayer.

(Sedimentos)









LOS ojos azules del mar son negros, ven el ayer, y el ayer  es está vacío, lo querría llenar de pájaros. Un pájaro sin pico, sin ojos, sin las escápulas y el húmero de las alas. En una red para aves, y si cantara atrapado en la malla, salir de lo que no se ve, ese trino que va del proteus al alma.

Para sacarlo del yo hay que extender el brazo que se bebe la luz.

La yaga es el yo, absorbe la luz, bebe el cielo del agua, traga estrellas.

(Tori)






































5/5/19

5 de mayo



PASA el viento rápido las hojas que tu escribes, y por eso hablas de piedras y de muros que aplastan el sol al caerse. Otras veces es la nieve la que cae sobre las cosas y las esconde en un agujero, y ningún viento eleva de nuevo los pájaros muertos.
Bailaban en el aire dentro del alma, sostenidos entre corrientes azules.
Vaciaba aún más lo vacío, con las manos echando el aire que entra, echando la luz de hoy al espacio de ayer, como en una sopa de pescado el mar, al beberla queda el sol en el fondo. La tela de las sombras que han tejido las lombrices.
Niñez ¿Te acuerdas de mi, de ti y de ellos? ¿te acuerdas de los guardianes del sol con los huesos quemados?
Tu has muerto pero vives, escucha el tintinnabulum del aire,

me guía

pero estás sólo, eres el más sólo y amas el mar seco.

Mover las cosas como te mueve la vida o dejarlas en mismo lugar, hay corrientes que entran en la nada. No tengo fuerzas para levantarlas (Mira lo que pesan estas palabras de hierro)
La señal de las cosas que se han movido, las marcas de lo que la luz no ha tocado ni absorbido, más claras y limpias.
No vuelvas de la luz, se en ella lo que no se ve, disuelto en la memoria la sombra de unas ramas secas como el sueño de hace mil años.

Sacar palabras con fórceps.

Un borboteo de luz desde el fondo de la muerte. En el Four Darks in Red la luz de la sangre negra de los ángeles.

Escuchala hablar con las palabras de los médicos, como las esconden en ella misma. Lo dicen despacio porque ella habla muy despacio (casi no habla más que una hierba que sale de las paredes) No le hables, es como si todo cayera del mar, y las estrellas de agua reflejos de otros mundos. [tu] le lees un poema que es una redención, pero cómo te cuesta expulsar el mundo por los ojos. El sol está dibujado en el cielo, aún más grande, más amarillo y naranja de lo que es, duerme, puedes mirarlo sin ver ya otras cosas, todo está dentro de él. Lo que cae de él son obstáculos, como estas grandes piedras donde hay puertas dibujadas, o los huesos del cielo esparcidos.

Oscuridad,
Tu no.
El hombre muerde y después se ausenta para olvidar quien era.
¿Vas a ayudarle a mentir al sol?

Con muy pocas palabras, no puede pesarle su cinturón de penas, y menos aún sus ojos.

Se los pinchan.

(…)

1/5/19

República Van Gogh




.    .

               .
                     .     .     .
   
                                               .          .


Escucha aire
esto
sólo esto.
Lo guardo en ti.

Al echar
el puñado de vida al aire
el polvo y la tierra
se separan
como el amor
del odio.

(A ti)

29/4/19

LUMINARIAS (2009-2019)


Ponía demasiada fuerza en no gravitar, o caminar sin levantar polvo. Hay una gran oquedad revestida, la necesitabas para hablar. Un hombre al que hubieran condenado a hablar sin cesar hasta el final de sus días y así alejar a la muerte.


Los libros en los que apoyaría mi cabeza para hacer de ellos una almohada dura. Dasein.


Hace daño. Pensamientos o semillas negras de pensamientos. Al  esparcirlas por las arenas estériles sueñas que no vives. Así es la gratitud: lo que no se da, se da. En la mano negras semillas de pensamientos que echas a los pájaros para que dejen de cantar.



Intenté hacer lumbre a la manera de los hombres de la niebla. Desfallecí. Fracaso. Mañana eclipse de luna. Hay que escribir a saltos, siempre hacia adelante. Grandes saltos para dejar menos huellas. El rastreador, el que lee te confundirá con un gigante.


La excesiva luz del Roselló donde el poeta es un destructor de lenguaje. El vacío del centro.



Escuchando el agua todo el día. Penetró ese sonido en ti, sigue sonando dentro de ti y hasta olvidar quien eres.



En ese poema arde un depósito de turba.




La primera palabra del día raras veces se pronuncia.



Espesura del bosque, arroyos desbordados, vivacidad de la propia vida, incluso la muerte ayuda al verde, a reverdecer, a llenarse de luz antes de que el viento haga que todo baile con todo. Ante esta sinfonía prodigiosa tu vida es un desierto.



Grandes simas en la conciencia. Dios no las domina.



Con viejas vigas la casa nueva. Las piedras siempre son viejas. Con piedras de los cercados una casa transparente: después de los remolinos del yo, las hojas del tu a mis pies.



Ninguna noche se acumula en otra noche.


16/4/19

Cartas a Carina


De ahí surge
un tallo que se dobla.

Un tallo que sale del agua
y se dobla.

Si se yergue
será el poema.

(Taller de escritura)








(קראק)


Esta palabra es una grieta entre el ser y la luz. Rezuma por ella bilis azul. 
Tu que leíste Zikade,  en su desnudez  ves una luminosa watasenia. 
Separó mucho las palabras de la muerte. 
El espacio que deja entre el vertedero inglés y la rosa de aluminio del quirófano 
se llena con las cigarras de la muerte. 
El que canta al amanecer ya ha muerto. 
En el venero del sol escucho el hueso azul del amanecer. 
[àrwòn-métiym] huesecillos de pájaro. El abismo me ha perforado el ojo. 
Un ojo azul muy grande tras el sol. Estás muerto, las vértebras son infinitas. 
Sonne über den Hügel. Soy el último en pasar, 
j´aime la natación, camino por el agua. 
De las imágenes muertas no podemos borrar el sol. 
Si al menos en la oxidación de la fruta pelada viviera el tempus
La piscina se llena de nuevo con la luz que lo borra todo, marcas de agua.

(Marcas de aguas)









El silencio del abismo en la lluvia. Abajo toda la sal,
y quien la peina con las cerdas de todos sus años.


(Peine)






Los golpes del sol en la luz, aún sobra vida. 
En el mar una hormiga sobre una hoja acicular. 
La lluvia te eleva, duermo en el aire.

(…)





Huellas hacia el sol o la nada, brillan llenas de agua de lluvia
[trocitos de cielo] de animales que pasan bajo el arco de polvo.
Ha puesto puertas sobre la tierra para no pisar las sombras 
y entra en el cielo.
La oscuridad no es oscura, lo ves todo.
El cielo parece una piscina muy grande, nunca se cae. 
Unos pájaros se llevan tu miedo, donde caigan irás a buscarlos, 
no están, se ve todo, un río muy arriba. Nada está donde cae, 
lo buscas hasta perderte, lo pisas, nunca cae algo que hayas visto.
Tienes que ver lo que ves, no soñar, mirar el fondo. 
No es una tela, sino la oscuridad azul, una muerte, 
y en la mort ves un ángel.

(Essai)











La luz
de los muertos,
negra,
absoluta
hasta
desaparecer en el sol.

El ojo negro
de la niebla.

Todas las cosas
son azules
de noche.
Respiro
y expulso
sus sueños.

Quien es bueno
llama a la maldad.
El nadie
al que llamo Alles
lo llamo
tantas veces…

Si no dejo
de llamarlo
vendrá.

(Ángel)









Los ojos han crecido en la nada llenos de sí mismo,
no ven olas ni cielo. Abiertos para siempre,
vacíos con los huesos del cielo dentro,
ven a los delfines negros alejarse.

(Variaciones)