miércoles, 24 de agosto de 2016

FABRICA DE LA SEDA




Miguel Ángel Curiel


FÁBRICA DE LA SEDA

(Con-memorias)



Prólogo de Emilio Silva
Ilustraciones de Juan Carlos Mestre

Traducción al italiano y nota final de Paola Laskaris

















FÁBRICA DE LA SEDA
Fabbrica della seta




GOLPES DE SOL



Nunca sabré cómo comenzar a escribir esto, no se trata de abrir una puerta para que la cruce otro, y después salir por ella a campo abierto, donde aún el frío perdura con su espoleta de hielo. Si abro la puerta la dejaré abierta para siempre –y nunca llamaré a esto poema– dentro del poema se ha quedado el huésped, y a la espera de que vuelva se sienta y abre un ejemplar de La alegría de Ungaretti, estaba en la mesa de la cocina y guardaba entre cada página violetas muy secas. Un poema que sale ahora de unas palabras previas, que nace de una antesala, de una conversación tranquila con Eugenia Einhorn  bajo la logia de un viejo palacio de Bari un día de marzo, y esas palabras previas actúan como semillas, bien esparcidas, como floración de silencios. Quien te ha dado el poema debería figurar, quien lo ha sembrado debería sentarse un momento junto a ti en esa puerta que has abierto para hablar de la guerra, de la memoria; es la puerta del poema y ella, al igual que aquella tarde a principios de primavera bajo una logia decorada con frescos de ángeles tañendo en sus manos instrumentos de cuerda sobre un fondo azul, que tañían para los dioses la melancolía de los hombres, llamarnos de uno en uno para entrar por la puerta del poema. Más que un poeta, necesitamos ahora testigos. El ángel pugna por abandonar al hombre, por salirse de él, pues su cuerpo demasiado rápido es dañado por el roce del correaje, y las telas duras del uniforme, que después de tantos años han acumulado el barro y el polvo, y a veces la sangre de otros; su piel no soporta otra piel y su sombra se hunde como una nieve negra en una tierra demasiado endurecida por el rigor del verano. Al poeta se le da el presente para que lo difumine y se lo lleve lo más lejos posible de todos nosotros, se le dan tantas cosas que nunca podrá con ellas. Puede abofetearme el aire, no responderé, pueden darme esta granada abierta y roja como la sangre de un niño ciego, no la arrojaré a la nieve, y nunca estallará más allá de mi memoria. Las palabras retornan al lugar de donde vinieron –eso podría ser el poema. ¿Y un poema sobre la guerra? No son infrecuentes, diría que demasiado frecuentes, y fáciles de escribir. Se me permitiría ahora decir por ejemplo, Al fin desnudos, descalzos y ciegos. Hay muchas estrellas de napalm y mercurio, y de una a otra alambrada caen rosas negras del cielo. No dejan de caer los pájaros azules del futuro toda la noche. Caen hombres rotos, rosas azules y ceniza, pájaros ardiendo y ángeles fucsias. Decir esto es fácil, solo basta con cerrar los ojos y ver, mirar el pozo azul lleno de palomas ahogadas. Pero la memoria como tal, es sin embargo un espacio sin palabras, un desierto de palabras, y pronto se cansa de esas frases demasiado hechas, demasiado recurrentes y fáciles, que nos llevan de nuevo al mismo poema y nos alejan de la poesía. Ahora amo el blanco en mis ojos cerrados, lo virginal del blanco. Huye de los adornos, y tú, lector, de lo fácil, huye por lo escrito. Un fugitivo de las guerras, un combatiente del sol, judío y estudiante de arquitectura en París, huye por la nieve en la calle de las lecherías, Jaraíz de la Vera, provincia de Cáceres, enero del 37, detrás le persigue el fascismo, al menos diez hombres vestidos de azul, el joven combatiente resbala, lo cogen, lo meten dentro de un viejo taller abandonado, donde hay un esqueleto de gato sobre el capó de un viejo coche destartalado lleno de polvo, en los ojos del joven estudiante de arquitectura la idea de un edificio de cristal, el miedo y la luz, la alegría y el miedo, la nieve y la esperanza, dentro de él una idea de cristal que se rompe. Lo matan a golpes y lo dejan sobre la nieve, pero antes de morir le ha dado tiempo a escribir con el dedo en el polvo del capó del coche negro dos palabras, Libertad y Hannah. Esto lo oí en mi niñez, mi niñez está llena de historias como esta, pero esta es la que he elegido, la que he querido remarcar, la que he querido repetir, ¿y cómo puedo ahora meter una palabra en la otra, meter Hannah dentro de la palabra libertad, o libertad dentro del bello nombre de su amada? ¿Por cuánto tiempo quedó eso escrito en el polvo? Esto lo oí muchas veces, un judío francés muerto durante la guerra civil en Jaraíz. Visité cementerios de caídos en guerra muchas veces, son jardines amplios, espacios abiertos y muy limpios donde se escuchan las raíces de la melancolía, y quien siega la hierba vuelve todos los días vacío a casa. Ningún latido ni resquemor, y entonces me vienen las palabras amargas, palabras que se incendian solas, feas y también inútiles, palabras con las que no sabría construir nada y se convierten en flores gracias al veneno. No hay otros lugares donde la paz sea tan serena e inútil y donde la línea de cipreses que ocupan el lindero tras el muro y los límites del espacio se parecen a hombres electrizados, a hombres reventados en los sueños. Al menos así lo sentí en el cementerio militar americano de Florencia, ante miles de cruces blancas alineadas en las faldas de una ligera colina salpicadas de vez en cuando por alguna estrella de David, y los miles de nombres para un memorial. Inútil y serena paz. ¿Acaso no sean estos lugares de paz obscenos y demasiado limpios? Lugares muertos donde se blanquea la sangre y se cuece con cada luna el silencio hasta que ya no cabe en el hombre? Demasiadas veces la verdadera poesía calla y se oculta por esto. Pero menos liberadores aún que estos, y aún mas obscenos e infértiles serán los otros lugares de paz, donde se han producido los encuentros del mal, las batallas donde la sangre ha regado la brutalidad. Lugares sin memoria, campos abrasados que de pronto se vuelven fértiles y la primavera envuelve en verde y rojo el viento azul. La esparraguera hiere la mano, y no solo la pincha o la hiere, esa porción de sangre sabe a leche, sabe a otras palabras que se resisten a decir lo que hay debajo de ellas, por eso estas pesan más que las de cualquier otro poema, suponiendo que este lo sea. Por fidelidad al lugar y a la poesía del horror, si es que existe dentro de las palabras eso que las extingue, que las deforma y ahueca. Libertad y Hannah, ahora palabras como salvoconductos para cruzar la alambrada de espinas de la humanidad, la puerta azul de la muerte, la cuneta de las amapolas negras donde hay cuerpos y humanidad, ideas de humanidad. Una cuneta de carretera como cementerio es un lugar aún más obsceno que cualquier memorial inglés de muertos de guerra a las afuera de Roma. Hay que arrancar a las palabras lo que esconden, hay que limpiar las cunetas, airearlas con las manos azules. No puedo confrontar esas dos maneras de belleza, me declaro incapaz. A veces la sombra del hombre se alarga demasiado, y bajo la logia hablamos de esos frescos en los que los ángeles parecen caerse del mundo, y lo que tañen con sus liras y laúdes no es más que otro silencio más desesperado que este. Se alarga demasiado la sombra bajo el ardiente sol del último día del mundo, y sin llegar a formar un ángulo con el cuerpo, esta se curva en el suelo y parece querer desgajarse. Una sombra de humo saliendo de los pies, humo que se arrastra, y no nuestros brazos, sino los de la sombra se agarran a unos asideros que solo ve el muerto, el enfermo, el que soporta la visión de su miembro gangrenado como un sueño en el que se ahoga en sangre. Un capitán de artillería ha leído en su hamaca verde atada entre dos chopos un libro de Rilke, se ha desabrochado su guerrera, el calor hierve las manos ¿Por qué este nombre a una vestimenta? Una guerrera embarrada, salpicada de sangre, de miedo, de leche de higo, de higos arrancados de su propio esqueleto “Wenn die Wolken, von Stürmen geschlagen, jagen: Himmel von hundert Tagen über einen einzigen Tag” Pero ya no podemos hablar en tono mayor, o quejarnos del sol con la alegría quemada de Hölderlin, nuestras palabras ahora no sirven para hablar o cantar, solo sirven para pensar y adentrarnos un poco más allá en la niebla azul, en el silencio que se piensa a sí mismo, pensamientos bobalicones que anestesian la mano del que escribe y la boca del que habla de ello. Nunca habría podido, quise o siquiera hubiera entendido como hacerlo –solo en voz baja puedo escribir esto, y si cierro los ojos veo claramente las palabras que se encienden delante de mí- No guardo odio y mi memoria se parece cada día más a la ceniza que al dolor. Lo que puede ser dicho con tono humano, solo humano, ni siquiera desde la conciencia –a veces demasiado engañosa– sino desde la humanidad, desde la espalda de la que se alejó el ángel, o desde los ojos. Esa ceniza la veo en todos los lugares, brilla, se hace iluminar por la noche. Así es como respira la belleza, así es como nos alimenta, sin injurias, lentamente entre cielo y cielo. En voz baja puedo hablar de todo esto, y sin decirlo todo, solo lo que puede encenderse por sí mismo, lo que arde por bondad, vela de cera invisible de una llama más fuerte, de una voz más débil que denuncia el oprobio y la maldad. Eso no puede hablar o intimar con la violencia. El óvulo de un sueño que engendra al monstruo del fascismo. Picasso pintó al monstruo, lo abstrajo hasta de-construirlo, nos lo dejó para mirarlo durante mucho tiempo, pero no para mirarlo como se mira el mar o la noche, sino como se mira un estómago abierto, las tripas del mundo y la espalda de dios. Aquellas tardes en el verano del noventa y nueve en el Museo del Prado acudía directamente a la sala donde se encontraban los Goyas y sus monstruos de la guerra. Los miraba detenidamente por si hubiera alguna flor en aquellas representaciones de la maldad humana, de la locura del ángel, un atisbo de algo que nos salvara y nos aliviara del plomo y las sombras subterráneas. Los pintores pueden sacar afuera los demonios del hombre, sus ojos se ocupan del fuego, de las vísceras, de la luz de las bombas que estallan muy cerca, al poeta se le dan las no-palabras para que las convierta en poema. Extraer la belleza de la cosas desde dentro  del óvulo de la maldad, o hacer que no duela el dolor por mediación del arte es también obsceno, o debería resultarlo, el arte duele como la propia vida, y la poesía duele como el silencio blanco de los muertos de las cunetas. Un día remaba muy despacio en el Tajo junto a la fábrica de la seda, lo hacía así para no hacer ruido, sin sacar los remos del agua huía de la misma manera que este poema huye del propio poema. Huir por el agua es hacerlo muy despacio por la vida, sigilosamente hay que alejarse de la noche, todo está despierto en la noche menos los muertos, ellos flotan boca abajo en el agua y en el cielo, mires donde mires siempre hay muertos flotando. En las noches de guerra nadie duerme, todos se vigilan, y todos sufren la vigilia. No es una vigilia dichosa, voluntaria, nadie puede dormir bajo el resplandor del mal y los estallidos de la deshumanización. Remaba junto a la fábrica de la seda aguas abajo hacia La Morana, hacia la fábrica de la luz, como en la niñez, cuando todavía pasaba el río limpio. Yo era el poeta menos apropiado para esta misión, así se lo dije a  Eugenia Einhorn aquel día de marzo bajo aquella logia en Bari. Solo sé destrenzar los mimbres trenzados por otros alrededor de los cuerpos, alrededor de las botellas llenas de sangre, de estatuas de sal del genocidio y la barbarie. No soy el que puede escribir esto, pues me quema la mano, se me duerme. Había recordado unos versos de Yannis Ritsos, versos llenos de luz y sangre, y aún quemaban el aire y el tiempo, versos escritos para cantar y llorar a la vez, y el pelo y las manos me ardían ante imágenes que estallan delante de los ojos. Habría querido estallar yo mismo en ellas, ser yo mismo las imágenes que estallan ahora delante de ti, apenas a un palmo de los ojos. Habría querido estallar en ellas, ser yo mismo el estallido, haber visto para olvidar, pero no vi, sólo oí, y ahora debo ser testigo de lo que oí. La paloma lleva dentro mercurio, un artefacto que estalla. Al testigo le revienta esta imagen en el rostro, le revienta el sol muy cerca. Sabiendo lo que sale desde las bocas redondas de la noche, acaso como cántaros donde se esconde el mar, esto es más verdadero que lo que se ve, una boca que se agranda hasta redondear el cuerpo, por la que cabes y puedes entrar nadando en la oscuridad y en el insomnio del muerto por bala. Buscas desde dentro el orificio único, lugar por donde entrara la luz. Oí mucho más que vi y me aferro a lo que oí. Oí el nombre de los integrantes de los pelotones de fusilamiento, sus nombres de pila, y oí el de los condenados, ahora mezclo esos nombres, son tan parecidos entre sí, y los rostros son tan iguales, si no fuera porque los ángeles de la muerte aún cubren esas caras con seda roja. Miles de nombres que se repiten, escuchad esos nombres ahora, podéis distinguirlos, y entre esos nombres están los que no pueden dormir y los que se durmieron para siempre; aún, muertos no consiguen dormirse bajo el cielo, pues los rostros de todos ellos se anulan entre sí y vagan con los ojos abiertos por el aire. Y gamberros que apaleaban, balas incrustadas en el adobe, ladrillos desportillados por miles de disparos, la palabra negra es fascismo. Podrán estar rotas las palabras y aún así dicen, buscan una boca de la que salir y una oreja por la que entrar, solo por estar rotas hacen más daño, se clavan, no pasan tan fácilmente de un hombre a otro. Hierven como las astillas de un ciprés muy seco (el dolor de un niño trasplantado a una mano) maldicen la guerra, pierden el vuelo, y aún así se nos muestran ligeras, poco pesadas para acabar el día. La poesía hierve por su culpa, ha entrado en la zona gris donde el sol permanece velado por la tormenta. Un palmo de ceniza. La poesía es tan impotente como frágil para arreglar las cuentas, el amarillo lleva al negro. Por la poesía no se arrastran las palabras, no reptan ni se deslizan, no sufren rozamiento en la verdad o la mentira, en ella no se da más que celebración, vida en la luz. La guerra destroza cualquier poema, se quema en el aire muy pronto, se esconde en él mismo. ¿Podría yo escribir ahora desde una grandilocuencia burda lo que escribió G. Trakl después de Grodek, o ligeras estampas de napalm en Vietnam? No lo creo.
Mejor una paloma dentro del muerto buscando el cielo. Hubiera preferido la debilidad, casi no decir o hablar. Qué poco hilo me ofrecía el día, de su luz esta sombra de ramas secas –eso es lo que intento que parezca esto, la sombra de una ramaje seco, quebradizo. Un haz de ramas secas que se quiebran en los ojos de un lector. Todos ya sabéis qué fue eso, todos ya tenemos un muerto al que llevar mirto y laurel, al que hablarle. Siempre nos oyen esos muertos perdidos en la tierra negra. Lo oyen todo. Recordarán tu poema si te atreves a dejar por escrito el sueño que te ha dado una mujer ciega, o tu nombre, para que sepa cómo ardes en la luz y no te dejas envilecer por la niebla. De ti depende, nunca de mí. Leí una carta que me parecía hermosa, era de un joven soldado republicano destinado en el frente de Extremadura, se la escribió a su novia, le decía, el lentisco es la flor de la locura, y en la sierra aúlla nuestro yo. La vileza no podrá con nuestro amor, pero ya no tenemos casa y tampoco tendremos sombra en nuestro país, y tampoco tumba en el aire. La letra era lenta y firme, tan lenta y firme como un embarazo en la mano. Aquella letra, aquel papel arrugado y sucio, un hombre bordando, la letra de un bordador de imágenes. Ahora no le pongamos música a la carta, no hagamos que suene sobre ella otra eternidad que la suya propia y el silencio eterno de aquellas palabras. No apaguemos más que nuestros ojos. Hagamos de esto un cristal de silencio, tienes derecho a empañarlo, de leer hasta quedar ciego, pero descansa en un lecho de plumas, porque el que cruza el miedo entra en otro miedo azul, un miedo que quema la luz en los huesos, los ojos en el sol, la mano en el agua y las palabras en el fuego. Un tartamudo sordo y mutilado de cintura para abajo por una bomba en Brunete narra junto al árbol negro su propia vida. Lo que dice solo lo entienden los muertos, les canta, les dice, sois sombras, sois lugares, y me he herido la mano escribiendo esto, y me la he besado, así se cura, así no se irá otro dolor que este de la mano. Él no oye lo que dice, debes leer sus labios, mirar por dentro de su boca, pues también quedamos sordos tras el mundo, y hablamos frente a un espejo para leernos y empañarnos. La locura es un fruto demasiado grande, se dobla el hombre como un árbol sin vértebras, ¿y qué son esas vértebras sino cuentas de collar para la virgen de la guerra? Llévate el fruto, ruédalo hasta la fábrica de la seda y llega con tu barca hasta los prados de la Morana, allí en la fábrica de la luz. Todo esto debería decirlo la música, ser la música quien se lo llevara de aquí, un curso de música, una especie de río invisible, y luego cae todo desde el cielo. Un circuito cerrado de música y agua, luego caen del cielo muertos y pájaros. Sólo la música puede reordenar esta cabeza donde las palabras se mienten para no sufrir. La inmensa amapola de la guerra, la negra amapola, la bebí para tener en la cabeza un sol como aquel que ahora ilumina el jardín. Tenía que acabar este poema y no sabía cómo hacerlo. No se puede terminar este poema, vives dentro de él como el sol de la amapola negra vive en tu cabeza, como mucho comenzarlo de nuevo, intentarlo desde más allá, volver a él entrando por la puerta del museo de la guerra, o escribir con mayor desesperación, con más miedo y vida. Tengo que acabarlo, dejar de decir, ir a aquel lugar, pero la primera palabra, la primera que se dice, hombre, pájaro, sol, agua, frente a las últimas palabras que casi siempre son, mar, avión, holocausto, podredumbre, muerte, herida, palabras con las que quedamos al fin desnudos bajo el fuego, descalzos y ciegos. Hay muchas estrellas de napalm y mercurio ahora allí arriba, y de una a otra alambrada caen rosas negras del cielo. No dejan de caer los pájaros azules del futuro toda la noche -¿Es esa la memoria de un bombardeo sobre civiles, es esa una memoria deconstruida y que ahora florece en este poema para no ser poema? Caen hombres rotos, rosas azules y ceniza, pájaros ardiendo y ángeles fucsias. Es infinita la alambrada láctea. La paloma de la paz urea desde el árbol oscuro, urea desde el cónico espacio y la espiral del cáncer. Es grande la paloma de la paz, es un tanque blanco, es un gigante, es negra y grande, es un tanque decorado por Barceló con las vísceras de Picasso. Duermen abrazados a su obús, aman a su obús tanto como a la muchacha ojerosa que fabrica balas y granadas en la fábrica de guerras. Cuando sale de su turno huele sus manos y no deja de lavarlas en la noche con sal y noche, con mercurio y sangre, con nieve y viento. Huele sus manos hasta la locura, se vuelve de la locura con una vaca que estalla en sus manos y ya no ve sus manos en la espuma de su alma. De estrella a estrella la alambrada y los enganchados ríen, cantan a una nana a su muerte, y los destripados se dejan levantar por unas alas de pizarra, se dejan ir por otras espumas negras. Los destripados también ríen mientras amasan la ira de su lluvia, y sus sueños estallan como bombas plátano en otros azules. Avanzan las palomas de la paz, las mecánicas palomas como tanques y detrás caballos de madera con la cola ardiendo, y detrás las mulas amarillas de la muerte cargando los trozos de ciudades, y detrás el aire negro y fucsia. En el cielo estallan estrellas en los ojos del amanecer, los aviones descargan piedras y hombres para una tormenta de sueños negros. Goya pinta soles ovalados y lunas negras con un brazo largo, pinceladas nerviosas, trazos oscuros de luz nuclear , y el coloso se desploma a un suelo lleno de latas de sardinas y caballos rojos. En la ladera los cráteres son cunas de huesos, cráteres como ojos vacíos, y en ellos duermen sin sueños y miran el cielo que se arruga los ángeles que arden. La ciudad del humo da vueltas en los gritos sirios, los soldados disparan al sol y lanzan sus granadas en sótanos azules, el hierro retorcido de los puentes sobre ríos de nafta, y cuando ella sale de su turno huele las manos amarillas, las chupa y se las lava en el miedo de Madrid, quiere olvidar sus manos, comerse sus manos o llenarlas de semillas de viento. La fábrica está bajo tierra y la iluminan con miedo, y la des-iluminan con sueños amarillos y rojos. Las ráfagas son música para bailar en los sótanos. Ella acaricia con las manos olvidadas un cordero de hierro que dispara y estalla en el depósito de leche, y la ciudad del humo da vueltas, y se come a sus perros, se come a sus ratas y se come a sus hombres, y cuando llegan las uvas de sangre, las transfusiones de luz en los hospitales, los marineros sin cabeza, y así ponen la cabeza de los marineros en el cuello de los aviadores, y los brazos de los aviadores en el cuerpo de los artilleros, y las mujeres tienen hijos azules que pronto se vuelven negros. Graznan tras las alambradas cuervos que lanzan arena, y cae arena del cielo, papeles e informes caen del cielo negro Enola Gay, la ojival figura de acero, el hongo fucsia y mostaza del advenimiento. Corderos de hierro fundido que estallan en la noche cerca de las alambradas. Corderos y lobos orugas. Es de noche y siguen cavando en la ladera, hay un campo de trigo que siega el tanque alemán. Un tanque en el que se posan los pájaros, lo despiojan, afilan sus picos en la coraza, y el cañón del tanque echa afuera la melodía como un órgano de lo telúrico, echa a Mahler para volver locos a los enemigos que comen salchichas de caballos rusos. Y ella sale de la fábrica con sus manos ennegrecidas, con su ración de pólvora y sus semillas de asfódelos,  y dará las manos a alguien para que se las coma, porque ella ya no puede comer, a alguien que pueda comer pájaros y ratas, perros y lluvia, y ese alguien viene de morir tres veces. Dice que cada día muere tres veces para no morir nunca, y que mañana morirá cinco veces, y que cuantas más veces muera más cerca estará de sus manos amarillas. Todos se enseñan las manos, todos tienen manos amarillas y negras, azules o naranjas, a todos se les han agrandado las manos y todos vuelan con ellas y se las miran unos a otros para encontrar las rayas o espejos. La gran paloma pesa demasiado para volar, la radio suena en mitad de la noche, los soldados se emborrachan con amoniaco y bailan con muñecas de cristal y con muertas que aún hablan. Los aviones salen de los avisperos y comemos el humo, comemos los ojos de los heridos, volamos y nos arrastramos hacia el sol. La guerra negra, o las guerras y los que sueñan en las guerras y van a la guerra. En ella dormitamos y nos hemos vaciado para llenar sacos terreros con nuestra sal anónima, hemos cantado para abjurar, hemos disparado para irnos, hemos muertos no sé cuantas veces, junto a la fábrica de banderas. Salen miles de banderas cada tarde, banderas de tela mala, banderas de papel y banderas de piel, y con ellas nos tapan, bajo ellas nos rezan y nos cantan, nos saludan y nos hablan de otras necesidades, del esfuerzo, del músculo, de las estrellas que a cada uno aguardan, de las estrellas más frías del invierno. Y entonces yo también miro mis manos, me las lavo y las miro mientras sigo cavando en la tierra agujeros de odio, mientras escarbo con ellas en los otros, y saco tierra para olvidar, y piedras para lanzarlas más allá de otras líneas y otros cielos. Ella vuelve a su turno en la fábrica, deja los guantes negros en un bolso y se mira las manos de cristal, y cuando se rompen recoge con el dolor los trocitos en el suelo, y ahora palpa el mundo, ahora mete las granadas en cajas, come las balas, limpia el obús donde el poeta va a escribir, mi ración de fuego y odio es una paloma, y el nombre de Greta, la paloma de la guerra, otra Greta va hacia vosotros hasta el orgasmo azul y naranja. Ella se duerme en su silencio negro y en su miedo florecen negros jacintos y negras amapolas. Aviones que caen ardiendo, pilotos que arden, humo y resplandor, como en la metafísica oscuridad y reflejos, y en los grandes discursos afonías y mudez. Una guerra bajo el mar, corrientes que levantan el suelo, retumba y el cristal se rompe, en las ondas expansivas ángeles que reverberan, suicidas que levantan la copa llena de amoniaco y brindan por heridos durmientes, brindan con morfina líquida y palabras rotas que se deshacen en la boca de los generales. Ella mira sus manos ennegrecidas y se las lava en la lluvia y nieve de la tristeza, y no deja de cantar a lo nervioso, al retumbar, al estallido de los corazones de los caballos. Ella que duerme con el Obús en el sótano de los mapas. Ella que canta su Lili Marlene en chino. Ella que dibuja en los obuses con su pintalabios rosas y escribe a la muerte. Te quiero muerte, te amo, muerte. Ella que lava sus manos con el rocío de los muertos. Y de nuevo en mí la amapola negra de la guerra, la bebí para tener un sol en la cabeza y poder decir por última vez Hannah y Libertad, abajo el fascismo, Hannah y libertad. Pero cómo hacer que unas y otras palabras se junten, o que al chocar se incendien o liberen estos pájaros negros enjaulados. ¿Y cómo pueden unos pájaros tan grandes vivir en jaulas tan pequeñas? Casi no cabe la mano por la puertezuela, hay que cerrar el puño para poder meterla y luego abrir el puño dentro de la jaula. El calor de estos pájaros es el de la fiebre del ángel de la justicia, treinta y nueve grados y unas décimas –quién sabe que va a ser fusilado, pasado por las armas  la madrugada próxima y humillado por un sacerdote, tiene esa fiebre, treinta y nueve grados y unas décimas, y entonces quiere morir de sueño, de oscuridad, de no ver, de no decir, quiere morir antes para vivir siempre. Solo cabe destruir la jaula, desarmarla para que esos pájaros negros queden fuera, abrir la mano. Las palomas son redondas, se encojen y se hinchan como nuestros ojos, podemos vestirlas de amor o de mierda, pasarlas por sangre o hiel –pobres palomas que esperan nuestros cantos libres, nuestras voces serenas un día de nieve. Y no querría decirle adiós al mundo de esa manera, ser otro Primo Levi, otro Celan, otro Pavese. Nube de cristal en la cabeza, estallido de oveja en mis ojos, estallidos de palabras en mi boca, estallidos de miedo. No se le debe decir adiós al mundo, hay que barrer estas palabras o quedárselas para siempre en algún lugar del cuerpo, como una bala de madera que se pudre y nos infecta con otra muerte. No le voy a decir adiós al mundo. Así se lo dice y respira un niño en un refugio antiaéreo, agazapado en el andén de un metro de Madrid, y diciéndose que no le va a decir adiós al mundo. Olvidar es imposible, nunca se olvidan los relatos silenciosos y el sonido seco de las bombas. Sentía miedo a ahogarme en el poema, a no poder decirlo o escribirlo, se me había dado por una vez la posibilidad de pensar antes de sentir, pero era esa  sensación de ahogo, que te oprime, ese negro que como pantalla se alza delante de los ojos y ahí, en ese negro la luz del poema es enseguida absorbida, tragada. Es allí, en el refugio antiaéreo, a unos metros del muchacho, donde alguien escribe un poema de amor a lápiz. Un hombre enflaquecido, roto, un saco de huesos. La luz pestañea y siempre parece frágil, va a apagarse de un momento a otro. ¿Seguirá escribiendo el poema a oscuras? Yo este poema lo escribo a oscuras, no veo más que imágenes que estallan junto a mi ojos. Después de una guerra queda una noche larga, con un sol azul desencajado. Lo sentimos frío, sin pulso (lo mismo que ve un ojo cerrado ese sol, que es el ojo del no-dios). Por un momento parece que ese sol ha absorbido todas las aguas del mundo, y aquí solo hubieran quedado valles oceánicos, mares secos y las montañas de los que antes eran islas –por lo cual habría que cambiarlas de nombre, no valen los nombres de las islas para llamar a los picos de las sierras. Pero estas visiones son más propias de lo que la belleza quiere hacer con la poesía, con las palabras, desnortarlas, envolverlas en una luz negra, convertirlas en conchas, pues también estas habrán sentido el miedo a lo absoluto, al mal.






















FÁBRICA DE LA SEDA*


Una hoja de agua con un fondo de ceniza. He agitado el agua y se han disuelto las palabras en el cielo. He querido escribir de esto antes que sobre otra cosa. Un texto transparente, a través de él se ven las raíces de las campanas y los brotes de las palabras en el árbol hundido. El polvo se posa en la mesa, escribo en el polvo Fábrica de la Seda, niebla y seda, y tras la ventana empañada niebla y seda. Estas dos palabras significan lo mismo. ¿No es acaso la niebla una especie de seda del tiempo, o seda del aliento? Se oyen los rasguños de tela de los alucinados allí arriba, oigo eso y otros sonidos más invisibles, unas puertas que se abren al sol.

Fábrica de niebla más que de seda.

La hilaban para salvarse de la muerte los hombres del aire.

Hilan la luz del día esos pájaros negros sobre el Tajo. Palabras rotas e hilos de seda que se rompen en el aire al tensarlos la luz.

Ahora esos pájaros negros hilan el capullo de la luna y la ceniza de esos hombres, pavesas sostenidas allí arriba. Hilos de seda que caen en los ojos o se pegan a los labios cuando pronunciamos Fábrica de la Seda, fábrica de niebla.

He querido escribirlo así. La hilaban a su rostro los hombres condenados, lo enmadejaban a la campana de la luz –mira los pájaros, pavesas agitadas– Hay otras historias hiladas aquí. Un liceo en el 27 de la Rue des Rosiers, en el barrio del Marais de París vaciado en la mañana del 7 de abril de 1943, trescientos cuatro niños judíos sacados a la fuerza y llevados a la fuerza a la fábrica de la muerte. Seda y niebla. ¿Con qué palabra nos quedamos ahora que todas están corrompidas? Nombres de las tapias, apellidos de los muros blancos. Si hubiera una puerta azul en esos muros blancos ¿A dónde darían esas aberturas del blanco, y qué se abriría a nuestros ojos más que un campo nevado a finales de enero? Liceo, que bella palabra para el futuro, debiera ser salvada de la corrupción, o patio carcelario, espacio nevado, hoja negra de un antiguo liceo, o cárcel convertida en colegio. Salgo por un boquete hacia el río. También en los espacios corruptos hay agua de lluvia. Lo he oído ahora, un silbido de nieve, o agua que cae de la boca de los hombres que están en el aire hilando la luz del día. Quizás no lo he oído y solo lo he visto. Hojas negras cayendo de lo alto con la lista de los hombres del aire. Cambia nombres y apellidos, seda o niebla ¿No son lo mismo ahora en este campo de corrupción y de sangre? Niebla y seda, palomas negras en la niebla, voces perdidas en la niebla ¿Y qué dicen las voces de esos hombres tras las alambradas de espino? Una suelta de palomas en la niebla. De pronto una explosión blanca, un aire violento en el vacío de la historia, un aire blanco y gris de palomas alimentadas con basura y con las palabras corrompidas del poder.

Palomas o palabras en el aire roto por los fusilamientos en la fábrica de la seda. Quise que estas palomas o palabras estuvieran en el aire un poco más, o que estallaran y se volvieran a agrupar hasta formar en el cielo una especie de bola de nieve. Una suelta de palabras no corrompidas, o de palomas.

Eso es este poema. Veo en las puertas azules del aire a los hombres del viento agarrados unos a otros. Otra vez seda y niebla. Otra vez las palomas se han pegado unas a otras hasta formar una gran bola de nieve gris. Una nieve ya no pura, nieve pisada por botas negras. Los vencedores se pudren en vida y los muertos empañan con su aliento el gran cristal del cielo.

Niebla y seda, una especie de seda blanca cubriendo la ciudad, o una nevada, o un tiempo en blanco junto a las orillas del Tajo.

Se plantan árboles sobre el lugar de los huesos, se echa cal sobre los ojos del sol. En el aire viciado de pólvora y gritos del 36 una suelta de palomas, lumbre de tablones, luminarias para el tiempo oscuro. Palomas que forman bolas de nieve en el aire, latidos de palomas en el aire, fiebre del mundo. De nuevo estallan estas palomas y caen al suelo plumones y copos como cuando hemos desgarrado un colchón carcelario y lo desplumamos por una ventana, o vaciamos de sueños y plumas en la luz la almohada. En la nieve las huellas de la muerte ante los pies desnudos de los muertos. Fábrica de la Seda –Todfabrik– Nombres que tapo con la mano, palabras bajo la piedra. ¿Y no era el sonido de la historia semejante al de una flauta en la que soplamos sin tapar los agujeros, un sonido libre para conjurar los gritos de los hombres de la Fábrica de la Seda? Sonido libre que sale por todos los huecos del aire y desde nuestros pulmones de la manera más libre que se oyó jamás. Vi a un sumergido, a un fusilado tocando bajo el agua la flauta de su ser. Oía la melodía de su vida, oía las campanas en su cabeza, manaba la sangre desde los siete agujeros de bala que había en su cuerpo. Nunca dejaba de manar la sangre de ese hombre sumergido. ¿Cómo se llamaría ese hombre infinito y eterno? Seda y niebla, un río, una fábrica de seda y niebla. ¿No significan lo mismo?

Hasta siempre hombres del aire.

*La antigua Fábrica de la Seda de Talavera se convirtió en campo de concentración durante la guerra civil y después de la guerra civil. Cientos de prisioneros republicanos serían ejecutados o morirían por enfermedades en ella. Durante los años noventa es derribada construyéndose sobre su solar un instituto de enseñanza media. No se halla en el lugar monumento o placa que guarde la memoria de los hombres allí muertos y encarcelados.
 

Fabbrica della seta




Miguel Ángel Curiel


FÁBRICA DE LA SEDA

(Con-memorias)



Prólogo de Emilio Silva
Ilustraciones de Juan Carlos Mestre

Traducción al italiano y nota final de Paola Laskaris

















FÁBRICA DE LA SEDA
Fabbrica della seta




COLPI DI SOLE

Non saprò mai come cominciare a scrivere questa cosa, non si tratta di aprire una porta affinché un altro la oltrepassi, e poi uscire da questa verso la campagna aperta, dove il freddo dura ancora con la sua spoletta di gelo. Se apro la porta la lascerò aperta per sempre – e non chiamerò mai questa cosa poesia – dentro alla poesia è rimasto l’ospite, e in attesa che ritorni si siede e apre un esemplare de L’allegria di Ungaretti, stava sul tavolo della cucina e custodiva tra una pagina e l’altra violette molto secche. Una poesia che esce ora da delle parole previe, che nasce da un’anticamera, da una tranquilla conversazione con Eugenia Einhorn sotto il loggiato di un vecchio palazzo di Bari in un giorno di marzo, e quelle parole previe si fanno semi, ben sparsi, florilegio di silenzi. Chi ti ha dato la poesia dovrebbe figurare, chi l’ha seminata dovrebbe sedersi un momento insieme a te su quella porta che hai aperto per parlare della guerra, della memoria, è la porta della poesia e lei, come fece quel pomeriggio agli inizi della primavera sotto quella loggia decorata da affreschi di angeli che suonano strumenti a corda su un fondo blu, che suonano per gli dei la malinconia degli uomini, a chiamarci ad uno ad uno per entrare dalla porta della poesia. Ma più che di un poeta, abbiamo ora bisogno di testimoni. L’angelo lotta per abbandonare l’uomo, uscire da lui, giacché il suo corpo troppo svelto è consumato  dallo sfregare della cinghia, e la tela dura dell’uniforme, che dopo tanti anni ha accumulato il fango e la polvere, e a volte il sangue di altri, la sua pelle non sopporta altra pelle e la sua ombra affonda come una neve nera in una terra eccessivamente indurita dal rigore dell’estate. Al poeta si dà il presente affinché lo dissolva e se lo porti il più lontano possibile da tutti noi, gli si danno tante cose che non ce la farà mai. L’aria può percuotermi, non risponderò, possono darmi questa melagrana aperta e rossa come il sangue di un bambino cieco, non la getterò nella neve, e non scoppierà mai oltre la mia memoria. Le parole tornano da dove sono venute – questa potrebbe essere la poesia. E una poesia sulla guerra? Non sono infrequenti, anzi direi fin troppo frequenti e facili da scrivere. Mi sarebbe ora concesso dire, ad esempio, In fine nudi, scalzi e ciechi. Ci sono molte stelle di napalm e mercurio, e da un filo spinato all’altro cadono rose nere dal cielo. Non smettono di cadere tutta la notte gli uccelli blu del futuro. Cadono uomini rotti, rose blu e cenere, uccelli che ardono e angeli fucsia. È facile dire questo, basta solo chiudere gli occhi e vedere, guardare il pozzo blu pieno di colombe annegate. Ma la memoria in quanto tale, è invece uno spazio senza parole, un deserto di parole, e si stanca presto di quelle frasi troppo fatte, troppo ricorrenti e facili, che ci conducono nuovamente alla stessa poesia e ci allontanano dalla Poesia. Ora amo il bianco nei miei occhi chiusi, il bianco verginale. Fuggi dal superfluo, e tu, lettore, fuggi dalle cose facili, per iscritto. Un fuggitivo delle guerre, un combattente del sole, ebreo e studente di architettura a Parigi, fugge nella neve della strada dei lattai, Jaraíz de la Vera, in provincia di Cáceres, gennaio del ’37, alle sue spalle lo insegue il fascismo, o per lo meno dieci uomini vestiti di blu, il giovane combattente scivola, lo prendono, lo mettono in una vecchia officina abbandonata, dove c’è uno scheletro di gatto sul cofano di una vecchia auto distrutta piena di polvere, negli occhi del giovane studente di architettura l’idea di un edificio di vetro, la paura e la luce, l’allegria e la paura, la neve e la speranza, dentro di lui un’idea di vetro che s’infrange. Lo uccidono a colpi e lo lasciano sulla neve, ma prima di morire ha avuto il tempo di scrivere con il dito sulla polvere del cofano dell’auto nera due parole, Libertà e Hannah. Questo l’ho sentito da bambino, la mia infanzia è piena di storie come questa, ma è questa quella che ho scelto, quella che ho voluto rimarcare, quella che ho voluto ripetere, e come posso ora mettere una parola nell’altra, mettere Hannah nella parola libertà, o libertà nel bel nome della sua amata? Per quanto tempo sarà rimasto scritto nella polvere? L’ho sentito parecchie volte, un ebreo francese morto durante la guerra civile a Jaraíz. Ho visitato cimiteri di caduti in guerra parecchie volte, sono giardini estesi, spazi aperti e molto puliti dove si ascoltano le radici della malinconia, e chi falcia l’erba torna tutti i giorni a casa svuotato. Nessun battito, né risentimento, e allora mi vengono le parole amare, parole che si incendiano da sole, brutte, e anche inutili, parole con cui non saprei costruire nulla e si trasformano in fiori grazie al veleno. Non ci sono altri luoghi dove la pace è così serena e inutile e dove la fila di cipressi che occupa il confine oltre il muro e i limiti dello spazio assomiglia a degli uomini elettrizzati, uomini esplosi nei sogni, al meno questo è ciò che ho provato nel cimitero militare americano di Firenze, di fronte a migliaia di croci bianche allineate sul pendio di una leggera collina cosparse qua e là da qualche stella di Davide, e le migliaia di nomi per un memoriale. Inutile e serena pace. E non sono forse osceni e troppo puliti questi luoghi di pace? Luoghi morti dove il sangue si stinge / sbianca  e si cuoce il silenzio con ogni luna finché l’uomo non riesce più a contenerlo? Troppe volte la vera poesia rimane in silenzio e si nasconde per questo. Ma ancor meno liberatori di questi, ancora più osceni e infertili saranno gli altri luoghi di pace, dove si sono prodotti gli incontri del male, le battaglie dove il sangue ha irrigato la brutalità. Luoghi senza memoria, campi incendiati che improvvisamente diventano fertili e la primavera avvolge in verde e rosso il vento blu... L’asparago spinoso  ferisce la mano, e non solo la punge o ferisce, quel sorso di sangue sa di latte, sa di altre parole che non vogliono dire ciò che sta sotto di loro, per questo pesano più di qualsiasi altra poesia, supponendo che questo lo sia. Per fedeltà al luogo e alla poesia dell’orrore, sempre che esista nelle parole ciò che le estingue, che le deforma e svuota. Libertà e Hannah, parole che sono ora salvocondotto per passare la trincea di spine dell’umanità, la porta blu della morte, il fosso di papaveri neri dove ci sono corpi e umanità, idee di umanità. Il ciglio di una strada come cimitero è un luogo ancor più osceno che qualsiasi memoriale inglese di morti di guerra fuori Roma. Bisogna strappare alle parole ciò che nascondono, bisogna pulire i fossi, arieggiarle con le mani blu. Non posso paragonare queste due forme di bellezza, mi dichiaro incapace. A volte l’ombra dell’uomo si allunga troppo, e sotto la loggia parlammo di quegli affreschi in cui gli angeli sembrano cadere dal mondo, e quello che suonano con le lire e i liuti non è che un altro silenzio ancora più disperato di questo. Si allunga troppo l’ombra sotto l’ardente sole dell’ultimo giorno del mondo, e senza arrivare a formare un angolo con il corpo, si curva in terra, sembra che voglia staccarsi, e altre volte sembra fumo che viene su dai piedi, fumo che si trascina, e non le nostre braccia, ma quelle dell’ombra si aggrappano / afferrano a maniglie che solo il morto vede, il malato, colui che sopporta la visione del suo braccio in cancrena come un sogno in cui annega nel sangue. Un capitano di artiglieria ha letto nella sua amaca verde appesa /legata tra due pioppi un libro di Rilke, si è slacciato la sua guererra[1], il calore è incandescente tra le mani. Perché poi questo nome per un indumento? Una guerrera infangata, schizzata di sangue, di paura, di latte di fico, di fichi strappati dal loro stesso scheletro Wenn die Wolken, von Stürmen geschlagen, jagen: Himmel von hundert Tagen über einen einzigen Tag” Ma non possiamo più parlare con tono solenne, produciamo difficili da pronunciare o cantare, servono solo a pensare e inoltrarci un po’ più oltre nella nebbia blu, nel silenzio che pensa a se stesso, pensieri sciocchini che anestetizzano la mano di chi scrive e la bocca di chi parla di questo. Non avrei mai potuto, voluto o nemmeno avrei capito come fare –solo a bassa voce posso scrivere queste cose, e se chiudo gli occhi vedo chiaramente le parole che si accendono di fronte a me. Non serbo rancore e la mia memoria giorno dopo giorno assomiglia di più alla cenere che al dolore. Ciò che può essere detto in tono umano, nemmeno dalla coscienza –a volte eccessivamente ingannevole- ma dall’umanità, dalla schiena da cui si è allontanato l’angelo, o dagli occhi. Quella cenere la vedo in ogni luogo, brilla, si lascia illuminare dlla notte. È così che respira la bellezza, è così che ci alimenta, senza ingiurie, lentamente tra cielo e cielo. Posso parlare di tutto questo a bassa voce, e senza dire tutto, solo ciò che può accendersi da solo, cipo che arde per bontà, candela di cera invisibile di una fiamma più forte, di una voce più debole di quella che denuncia l’obbrobrio, la malvagità. Questo non può parlare o intimare con la violenza. L’ovulo di un sogno che genera il mostro del fascismo. Picasso dipinse il mostro, lo rese astratto fino a decostruirlo, ce lo lasciò perché lo guardassimo per molto tempo, ma non per guardarlo come si fa con il mare o la notte, ma come si gurada uno stomaco aperto, le viscere del mondo e la schiena di dio. Quei pomeriggi nell’estate del novantanove al Museo del Prado andavo direttamente alla sala in cui si trovavano i Goya e i suoi mostri di guerra. Li osservavo con attenzione per vedere se ci fosse un qualche fiore in quelle rappresentazioni della malvagità umana, della pazzia dell’angelo, un indizio di qualcosa che ci salvasse e ci alleggerisse dal piombo e dalle ombre sotterranee. I pittori possono tirar fuori i demoni dell’uomo, i loro occhi si occupano del fuoco, delle viscere, della luce delle bombe che scoppiano molto vicino, al poeta vengono date le non-parole perché le trasformi in poesia. Estrarre la bellezza delle cose da dentro l’ovulo della malvagità, o far sì che il dolore non dia dolore attraverso la mediazione dell’arte è altrettanto osceno, o dovrebbe risultarlo, l’arte fa male come la vita stessa, e la poesia è dolore come il silenzio bianco dei morti nei fossi. Un giorno remavo molto lentamente sul Tajo vicino alla fabbrica della seta, lo facevo per non fare rumore, senza che i remi uscissero dall’acqua fuggivo, come fugge questa poesia dalla poesia stessa. Fuggire attarverso l’acqua è farlo molto lentamente attraverso la vita, in gran segreto bisogna allontanarsi dalla notte, tutto è vigile nella notte tranne i morti, loro galleggiano a testa in giù nell’acqua e nel cielo, guarda pure ovunque e vedrai sempre morti che galleggiano. Nelle notti di guerra nessuno dorme, tutti vigilano, e tutti sopportano la veglia. Non è un vegliare gioioso, volontario, nessuno può dormire sotto il bagliore del male e le esplosioni di disumanizzazione. Remavo vicino alla fabbrica della seta nella corrente verso La Morana, verso la fabbrica della luce, come quando ero bambino, quando ancora scorreva limpido il fiume. Io ero il poeta meno appropriato per questa missione, così lo dissi a Eugenia Einhorn quel giorno di marzo, sotto quella loggia a Bari. Sono solo capace di districare il vimini intrecciato da altri intorno ai corpi, intorno alle bottiglie piene di sangue, di statue di sale del genocidio e la barbarie. Non sono chi può scrivere queste cose, poiché mi brucia la mano, mi si addormenta. Avevo ricordato dei versi di Yannis Ritsos, versi pieni di luce e sangue, e bruciavano ancora l’aria e il tempo, versi scritti per cantare e piangere insieme, e i capelli e gli occhi ardevano di fronte a immagini che esplodono davanti agli occhi. Avrei voluto esplodere anche io in loro, essere io stesso le immagini che esplodono ora davanti a te a un palmo appena dagli occhi. Avrei voluto esplodere in loro, essere io stesso l’esplosione, aver visto per dimenticare, ma non ho visto, ho solo udito, e ora devo essere testimone di quello che ho sentito. La colomba porta dentro di sé mercurio, un artefatto che esplode. Al testimone questa immagine scoppia in faccia, il sole gli scoppia molto vicino. Sapendo ciò che esce dalle bocche rotonde della notte, quasi come fossero giare in cui si nasconde il mare, questo è più vero di ciò che si vede, una bocca che s’ingrandisce fino ad arrotondare il corpo, che ti contiene e attraverso cui si può entrare nell’oscurità e nell’insonnia del morto da pallottola.
Cerchi da dentro l’unico orifizio, un luogo da cui entri la luce. Ho sentito molto più di ciò che ho visto e mi aggrappo a ciò che ho sentito. Ho sentito il nome di quelli che formavano i plotoni di esecuzione, i loro nomi di battesimo, e ho sentito quello dei condannati, ora confondo quei nomi, sono così somiglianti tra loro, e i volti sono così uguali, se non fosse perché gli angeli della morte coprono ancora quelle facce con seta rossa. Migliaia di nomi che si ripetono, ascoltate quei nomi ora, potete distinguerli, e tra quei nomi ci sono quelli che non possono dormire e quelli che si sono addormentati per sempre (anche da morti nessuno di lroo può dormire, poiché i volti di tutti loro si annulano mutuamente e vagano con gli occhi aperti attraverso l’aria. E bulli / mascalzoni che bastonavano, pallottole incrostate nell’argilla, mattoni sbrecciati da migliaia di spari, la parola nera è fascismo. Potranno essere rotte le parole ma anche così dicono, cercano una bocca da cui uscire e un orecchio in cui entrare, fanno solo più male perché sono rotte, si conficcano, non passano cosèi facilmente da un uomo all’altro. Sono incandescenti come le schegge di un cipresso molto secco (il dolore di un bambino impantato in una mano) maledicono la guerra, perdono il volo, e nonostante ciò si mostrano leggere, poco pesanti per finire il giorno. La poesia bolle per colpa sua, è entrata nella zona grigia in cui il sole rimane velato dal temporale. Un palmo di cenere. La peosia è tanto impotente come fragile per regolare i conti, il giallo porta al nero. Nella poesia non si trascinano le parole, non strisciano nàe scivolano, non subiscono lo sfiorare nella verità o la menzogna, in essa non succede altro che celebrazione, vita nella luce. La guerra distrugge qualsiasi poesia, si brucia nell’aria molto presto, si nasconde in lui stesso. Potrei forse scrivere ora da una rozza magniloquenza ciò che scrisse G. Trakl dopo Grodek, o immagini lievi di napalm in Vietnam? Non credo.
lio una colomba dentro al morto in cerca del cielo. Avrei preferito la debolezza, quasi non dire o parlare. Che poco filo mi offriva il giorno, dalla sua luce ques’ombra di rami secchi –è questo ciò che voglio che sembri questo, l’ombra di una chioma spoglia, secca, fragile. Fascio di rami secchi che si spezzano negli occhi di un lettore. Sapete tutti ormai che cosa fu tutto questo, abbiamo tutti ormai un morto a cui portare mirto e alloro, a cui parlare. Ci ascoltano sempre quei morti persi nella terra nera. Sentono tutto. Ricorderanno la tua poesia se osi lasciare per iscritto il sogno che ti ha dato una donna cieca, o il tuo nome, perché sappia come bruci nella luci e non ti lasci svilire dalla nebbia. Dipende da te, mai da me. Ho letto una lettera che mi sembrava bella, era di un giovane soldato repubblicano destinato al fronte dell’Extremadura, gliela scriveva alla sua fidanzata, le diceva, il lentisco è il fiore della pazzia, e sul monte ulula il nostro io. La viltà non potrà nulla contro il nostro amore, ma ormai non abbiamo casa e nemmeno avremo ombra nel nostro paese, e nemmeno tomba nell’aria. La calligrafia era lenta e ferma, così lenta e ferma come una gravidanza nella mano. Quella grafia, quel foglio di carta stropicciato e sporco, un uomo che ricama, la grafia di un ricamatore di immagini. Ora non mettiamo musica alla lettera, non facciamo che suoni su di lei un’altra eternità oltre alla propria e al silenzio eterno di quelle parole. Non spegniamo altro che i nostri occhi. Facciamo di questo un vetro di silenzio, hai il diritto di appannarlo, di leggere fino a rimanere cieco, ma riposa in un letto di piume, perché colui che attraversa la paura entra in un’altra paura blu, una paura che brucia la luce nelle ossa, gli occhi nel sole, la mano nell’acqua e le parole nel fuoco. Un balbuziente sordo e mutilato dalla cintola in giù da una bomba a Brunete racconta vicino all’albero nero la sua vita. Ciò che dice lo capiscono solo i morti, canta loro, gli dice, siete ombre, siete luoghi, e mi sono ferito la mano scrivendo ciò, e me la sono baciata, così si cura, così non se ne andrà un altro dolore che questo della mano. Lui non sente ciò che dice, devi leggere le sue labbra, guardare dentro la sua bocca, ché si rimane sordi anche dietro il mondo, e parliamo di fronte a uno specchio per leggerci e appannarci. la pazzia è un frutto troppo grande, si piega un uomo come albero senza vertebre, e cos’altro sono quelle vertebre se non perle di una collana per la vergine della guerra? Portati via il frutto, fallo rotolare fino alla fabbrica della seta e avvicinati con la tua barca vino ai prati della Morana, lì nella fabbrica della luce. Tutto questo dovrebbe dirlo la musica che se lo portasse via da qui, un corso di musica, una specie di fiume invisibile, e poi tutto cade dal cielo. Un circolo chiuso di musica e acqua, poi cadono dal cielo morti e uccelli. Solo la musica può riordinare questa testa in cui le parole mentono a se stesse per non soffrire. Il papavero immenso della guerra, il nero papavero, me lo sono bevuto per avere nella testa un sole come quello che illumina ora il giardino. Dovevo finire questa poesia e non sapevo come farlo. non si può finire questa poesia, vivi in essa come il sole del papavero nero vive nella tua testa, piuttosto iniziarla di nuovo, tentarlo da più in là, tornare a lei entrando dalla porta del museo della guerra, o scrivere con maggiore disperazione, con più paura e vita. Devo terminarlo, smettere di dire, andare in quel luogo, ma la prima parola, la prima che si dice, uomo, uccello, sole, acqua, di fornte alle ultime parole che quasi sempre sono mare, aereo, olocausto, marciume, morte, ferita, parole con cui alla fine rimaniamo nudi sotto il fuoco, scalzi e ciechi. Ci sono molte stelle di napalm e mercurio ora lassù, e da una trincea all’altra cadono rose nere dal cielo. Non smettono di cadere gli uccelli blu del futuro tutta la notte –è forse questa la memoria di un bombardamento di civili, è questa una memoria decostruita e che ora fiorisce in questa poesia per non essere la poesia? Cadono uomini spezzati, rose blu e cenere, uccelli che ardono e angeli fucsia. Il filo spinato latteo è infinito. la colomba della pace orina dall’albero oscuro, orina dallo spazio conico e dalla spirale del cancro. È grande la colomba della pace, è un carroarmato bianco, è un gigante, è nera e grande, è un carro armato decorato da Barceló con le viscere di Picasso. Dormono abbracciati al loro obice, amano il loro obice tanto quanto amano la ragazza dalle occhiaie che fabbrica pallottole e granate nella fabbrica di guerre.

Quando finisce il suo turno si annusa le mani e non smette di larle nella notte con sale e notte, con mercurio e sangue, con neve e vento. Annusa le sue mani fino alla pazzia, torna indietro dalla pazzia con una vacca che scoppia nelle sue mani e non vede più le sue mani nella schiuma della sua anima. Da una stella all’altra il filo spinato e gli intrappolati ridono, cantano a una nina nanna alla sua/loro morte, e gli eviscerati si lasciano sollevare da ali di lavagna, si lasciano andare verso altre schiume nere. Anche gli eviscerati ridono mentre impastano l’ra della loro pioggia,  i loro sogni esplodono come bombe grappolo in altri blu. Avanzano le colombe della pace, le colombe meccaniche come carri armati e dietro di loro cavalli di legno con la coda che arde, e dietro i muli gialli della morte carichi di pezzi di città, e dietro l’aria nera e fucsia. Nel cielo esplodono stelle negli occhi dell’alba, gli aerei scaricano pietre e uomini per un temporale di sogni neri. Goya dipinge soli ovali e lune nere con un braccio lungo, pennellate nervose, tratti oscuri di luce nucleare, e il colosso collassa su una terra piena di lattine di sardine e cavalli rossi. Alle pendici i crateri sono culle di ossa, crateri come orbite vuote, e in essi dormono senza sogni e guardano il cielo che s’ncrespa gli angeli che ardono. La citta del fumo gira nelle grida dei siriani, i soldati sparano contro il sole e lanciano granate in cantine blu, il ferro contorto dei ponti su fiumi di nafta, e quando lei finisce il suo turno annusa le mani gialle, le lecca e se le lava nella paura di Madrid, vuole dimenticare le sue mani, e mangiarsele o riempirle di semi di vento. La fabbrica sta sotto terra e la illuminano con paura, e la dis-illuminano con sogni gialli e rossi. Le raffiche sono musica per ballare nelle cantine. Lei accarezza con le mani dimenticate un agennlo di ferro che spara ed esplode nel deposito del latte, e la città del fumo gira, e si mangia i suoi cani, si mangia i suoi topi e si mangia i suoi uomini, e quando arrivano l’uva di sangue, le strasfusioni di luce negli ospedali, i marinai senza testa, e cosèi mettono la testa dei marinai nel collo degli aviatori, e le braccia degli aviatori nel corpo degli artiglieri, e le donne hanno figli blu che improvvismente diventano neri. Gracchiano tra i fili di ferro corvi che lanciano sabbia, e cade sabbia dal cielo, fogli e bollettini cadono dal cielo nero Enola Gay, la figura ogivale s’acciaio, il fungo fucsia e senape della venuta. Agnelli di ferro fuso che esplodono nella notte vicino al filo spinato. Agnelli e lupi bruco. È notte e continuano a nel pendio, cièe un campo di grano che il carro armato tedesco falcia. Un carro armato su cui si posano gli uccelli, li spulciano, affilano i loro becchi nella corazza, e il cannone del carro armato butta fuori la melodia come un organo tellurico, butta fuori Mahler per far impazzire i nemici che mangiano salsicce di cavalli russi. E lei esce dalla fabbrica con le sue mani annerite, con la sua razione di polvere e i suoi semi di asfodelo, e darà le mani a qualcuno perché gliele mangi, perché lei non può più mangiare, a qualcuno che possa mangiare uccelli e topi, cani e pioggia, e quel qualcuno è appena morto tre volte. Dice che ogni giorno muore tre volte per non morire mai, e che domani morirà cinque volte, e che quante più volte morirà tanto più vicino sarà alle sue mani gialle. Tutti si mostrano el mani, tutti hanno mani gialle e nere, blu o arancioni, a tutti gli si sono ingrandite le mani e tutti volano con loro e se le guardano gli uni gli altri per trovare le righe o specchi. La grande colomba pesa troppo per volare, la radio suona nel bel mezzo della notte, i soldati si sbronzano di ammoniaca e ballano con delle bambole di vetro e delle morte che parlano ancora. Gli aerei escono dai vespai e mangiamo fumo, mangiamo gli occhi dei feriti, voliamo e ci trasciniamo verso il sole. La guerra nera, o le guerre e quelli che sognano nelle guerre e vanno alla guerra. In essa dormicchiamo e ci siamo svuotati per riempire sacchi di terra con il nostro sale anonimo, abbiamo cantato per abiurare, abbiamo sparato per andarcene, siamo morti non so quante volte, vicino alla fabbrica di bandiere. Escono migliaia di bandiere ogni sera, bandiere di tela grezza, bandiere di carta e bandiere di pelle, e con queste ci coprono, sotto di loro pregano e cantano per noi, ci salutano e ci parlano di altre necessità, dello sforzo, del muscolo. delle stelle che attendono oguno, delle stelle più fredde dell’inverno. E allora anche io guardo le mie mani, me le lavo e le guardo mentre continuo a scavare in terra buche di odio, mentre scavo con queste negli altri, e tiro fuori terra per dimenticare, e pietre da lanciare più in là di altre linee e altri cieli. Lei torna al suo turno in fabbrica, lascia i guanti neri in una borsetta e si guarda le mani di vetro, e quando si rompono raccoglie con il dolore i pezzettini da terra, e tasta il mondo, e mette le granate in casse, mangia le pallottole, e il nome di Greta, la colomba della guerra, un’altra Greta va verso di voi fino all’orgasmo blu e arancione. Lei si addormenta nel suo silenzio nero e nella sua paura fioriscono giaginti neri e neri papaveri. Aerei che cadono ardendo, piloti che ardono, fumo e bagliore, come nella metafisica oscurità e riflessi, e nei grandi discorsia afonie e mutismo. Una guerra sotto il mare, correnti che sollevano il fondo, rimbomba e il vetro si rompe, nelle onde che si spandono riverberare di angeli, suicidi che alzano la coppa piena di ammoniaca e brindano per i feriti addormentati, brindano con morfina liquida e parole spezzate che si sciolgono nella bocca dei generali. Lei guarda le sue mani annerite e se le lava nella pioggia e nella neve della tristezza, e non smette di cantare in modo nervoso / nervosamente, al rimbombo, all’esplosione dei cuori dei cavalli. Lei che dorme con l’obice nella cantina delle mappe. Lei che canta la sua Lili Marlene in cinese. Lei che disegna sugli obici con il rossetto e scrive alla morte. Ti amo morte, ti amo, morte. Lei che lava le sue mani con la rugiada dei morti. E di nuovo in me il papavero nero della guerra, l’ho bevuto per avere un sole nella testa e poter dire per l’ultima volta Hannah e Libertà, abbasso il fascismo, Hannah e libertà. Ma come fare perché le une e le altre parole si uniscano, o nello scontrarsi si incendino o liberino questi uccelli neri in gabbia. E come possono degli uccelli così grandi vivere in gabbie così piccole? Non passa quasi nemmeno la mano dalla porticina, bisogna chiudere il pugno per potercela infilare e poi aprire il pugno all’interno della gabbia. Il calore di questi uccelli è quello della febbre dell’angelo della giustizia, trentanove gradi e qualche linea – chi sa che verrà fucilato, passato per le armi il mattino seguente e umiliato da un sacerdote, ha quella febbre, trentanove gradi e qualche linea, e allora vuole morire di sonno, di oscurità, di non vedere, di non dire, vuole morire prima per morire sempre. Si può solo distruggere la gabbia, disarmarla perché questi uccelli neri rimangano fuori, aprire la mano. Le colombe sono rotonde, si contraggono e si gonfiano come i nostri occhi, possiamo vestirle d’amore o di merda, passarle a sangue o fiele – povere colombe che aspettano i nostri canti liberi, le nostre voci serene un giorno di neve –. E non vorrei dire addio al mondo in questo modo, essere un altro Primo Levi, un altro Celan, un altro Pavese. Nube di vetro nella testa, esplosione di pecora nei miei occhi, esplosioni di parole nella mia bocca, esplosioni di paura. Non bisogna dire addio al mondo, bisogna spazzare queste parole o trattenerle per sempre in qualche luogo del corpo, come una pallottola di legno che marcisce e ci infetta con un’altra morte. Non dirò addio al mondo. Così glielo dice e respira un bambino in un rifugio antiaereo, rannicchiato su un marciapiede della metropolitana di Madrid, e dicendosi che non dirà addio al mondo. Dimenticare è impossibile, non si dimenticano mai i racconti silenziosi e il suono secco delle bombe. Avevo paura di annegare nella poesia, di non poterla dire o scrivere, mi era stata data per una volta la possibilità di pensare prima di sentire, ma era quella sensazione di soffocamento, che ti opprime, quel nero come uno schermo che si alza davanti agtli occhi e lì, in quel nero la luce della poesia è subito assorbita, inghiottita. È lì, nel rifugio antiaereo, ad alcuni metri dal ragazzo, dove qualcuno scrive una poesia d’amore a matita. Un uomo smagrito, rotto, un sacco d’ossa. La luce intermittente sembra sempre fragile, si spegnerà da un momento all’altro. Continuerà a scrivere la poesia al buio? Io questa poesia la scrivo al buio, non vedo altro che immagini che esplodono vicino ai miei occhi. Dopo una guerra rimane una notte lunga, con un sole blu scardinato. Lo percepiamo freddo, senza polso (come se un occhio chiuso vedesse quel sole, che è l’occhio del non-dio). per un momento sembra che quel sole abbia assorbito tutte le lingue del mondo, e qui sarebbero rimaste solo valli oceaniche, mari asciutti e le montagne di quelli che prima erano isole – per cui bisognerebbe cambiare i loro nomi, non valgono i nomi delle isole per chiamare le cime dei monti. Ma queste visioni sono più proprie di ciò che la bellezza vuole fare con la poesia, con le parole, disorientarle, avvolgerle in una luce nera, convertirle in conchiglie, perché anche loro avranno avuto paura dell’assoluto, del male.























FABBRICA DELLA SETA*


Un foglio d’acqua con un fondo di cenere. Ho agitato l’acqua e si sono dissolte nel cielo le parole. Ho voluto scrivere di questo prima che di qualsiasi altra cosa. Un testo trasparente, attraverso il quale si vedono le radici della campane e i germogli delle parole nell’albero sommerso. La polvere si posa sul tavolo, scrivo nella polvere Fabbrica della seta, nebbia e seta, e dietro la finestra appannata nebbia e seta. Queste due parole significano la stessa cosa. Non è fose la nebbia una seta del tempo, o seta del respiro? Si sentono gli strappi della tela degli allucinati lassù, sento questo e altri suoni più invisibili, delle porte che si aprono al sole.

Fabbrica di nebbia più che di seta.

La filavano per salvarsi dalla more gli uomini dell’aria.

Filano la luce del giorno quegli uccelli neri sul Tajo. Parole rotte e fili di seta  che si rompono nell’aria al tenderli la luce.

Ora quegli uccelli neri filano il bocciolo della luna e la cenere di quegli uomini, scintille sospese lassù. Fili di seta che cadono negli occhi o si attaccano alle labbra quando pronunciamo Fabbrica della seta, fabbrica di nebbia.

Ho voluto scriverlo così. La filavano al loro volto gli uomini condannati, la avvolgevano attorno alla campana della luce – guarda gli uccelli, scintille agitate – Ci sono altre storie filate qui. Un liceo al 27 della Rue des Rosiers, nel quartiere del Marais di Parigi, svuotato la mattina del 7 aprile del 1943, trecentoquattro bambini ebrei fatti uscire a forza e portati a forza alla fabbrica della morte. Seta e nebbia. A quale parola ci afferriamo ora che sono tutte corrotte? Nomi dei muretti, cognomi dei muri bianchi. Se ci fosse una porta blu in quei muri bianchi. Dove porterebbero quelle aperture del bianco, e cosa si aprirebbe davanti a nostri occhi se non un campo innevato a fine gennaio? Liceo, che bella parola per il futuro, dovrebbe essere salvata dalla corruzione, o cortile carcerario, spazio innevato, foglio nero di un antico liceo, o di un carcere trasformato in scuola. Esco da un’apertura verso il fiume. Anche negli spazi corrotti c’è acqua di pioggia. L’ho udito ora, un fischio di neve, o acqua che cade dalla bocca degli uomini che stanno nell’aria filando la luce del giorno. Forse non l’ho sentito l’ho solo visto. Foglie nere che cadono dall’alto con la lista degli uomini dell’aria. Cambia nomi e cognomi, seta e nebbia. Non sono la stessa cosa ora in questo campo di corruzione e di sangue? Nebbia e seta, colombe nere nella nebbia, voci perdute nella nebbia. E cosa dicono le voci di questi uomini oltre le trincee spinose del pruno? Un gruppo di colombe nella nebbia. D’improvviso un’esplosione bianca, un’aria bianca e grigia di colombe nutrite a spazzatura e con le parole corrotte del potere.

Colombe o parole nell’aria spezzata dalle fucilazioni nella fabbrica della seta. Volli che queste colombe o parole stessero nell’aria ancora un po’, o che scoppiassero e tornassero a raggrupparsi fino a formare nel cielo una specie di palla di neve. Un gruppo di parole non corrotte, o di colombe.

Questa poesia è questo. Vedo nelle porte blu dell’aria gli uomini del vento aggrappati gli uni agli altri. Ancora una volta seta e nebbia. Ancora una volta le colombe si sono attaccate le une alle altre fino a formare una gran palla di neve grigia. Una neve non più pura, neve calpestata da stivali neri. I vincitori marciscono in vita e i morti appannano con il loro respiro il gran vetro del cielo.

Nebbia e seta, una specie di seta bianca che copre la città, o una nevicata, o un tempo in bianco vicino alle rive del Tajo.

Si piantano alberi nel luogo delle ossa, si getta calce sugli occhi del sole. Nell’aria viziata di polvere e grida del 36 un gruppo di colombe, luce di cartelloni pubblcitari, luminarie per il tempo oscuro. Colombe che formano palle di neve nell’aria, battiti di colombe nell’aria, febbre del mondo. Esplodono di nuovo queste colombe e cadono a terra piume e fiocchi come quando abbiamo strappato un materasso carcerario e lo spiumiamo da una finestra, o svuotiamo di sogni e piume nella luce il cuscino. nella neve le impronte della morte davanti ai piedi nudi dei morti. Fabbrica della Seta – Todfabrik Nomi che copro con la mano, parole sotto la pietra. E non era il suono della storia somigliante a quello di un flauto in cui soffiamo senza chiudere i buchi, un suono libero per scongiurare le grida degli uomini della Fabbrica della Seta? Suono libero che esce da tutti i buchi dell’aria e dai nostri polmoni nel modo più libero che mai si udì. Vidi un sommerso, un fucilato che suonava sott’acqua il flauto del suo essere. Sentivo la melodia della sua vita, sentivo le campane nella sua testa, sgorgava sangue dai sette buchi di pallottola che c’erano nel suo corpo. Non smetteva mai di scorrere il sangue di quell’uomo sommerso. Come si sarà chiamato quell’uomo infinito ed eterno? Seta e nebbia, un fiume, una fabbrica di seta e nebbia.
Non significano forse la stessa cosa?

Hasta siempre uomini dell’aria.


* L’antica Fabbrica della Seta di Talavera fu trasformata in campo di concentramento a metà del 1937, alloggiando più di cinquemila progionieri repubblicani durabte e dopo la guerra civile, di cui più della metà morì per malattia ed esecuzoni. Si chiude come campo di concentramento nell’anno 1943. Attualmente è una scuola media inferiore e non vi si trova nemmeno un monumento o una lapide che conservi la memoria degli uomini morti e incarcerati lì.




[1] Giacca militare.