24/7/17

ALEACIONES



















































[Fui el contemplador. Toda la conciencia que emana de la obra, transparencia negra, inmanencia trágica, pathos.] Nunca espectador, sólo viviente en ella. De sol a sol va el río en la oscuridad, podría cantar ahora “sin embargo, la tierra es yerro y hoja afilada, no reces por ella, no la pisotees” La luz entró en la hierba y la noche en los huesos.  El polen de la muerte. Estallidos de soles bajo el agua. El que viene de lejos se detiene a beber el sol. Aún es bello el arte corrompido. El palacio de madera, el sol, la isla.

(…)










[Yaw-shah´, el hijo de las aguas y ella hija del aire. Náufragos, yaw-shah´ significa salvado de las aguas. Cada palabra encierra a otras y estas a otras, y así hasta el no lugar de la palabra. Yaw-shah´ el que ha jugado en el agua, y ha hecho el muerto en el agua y se ha dormido en el agua. El nombre que el mar olvida, el cuerpo que el mar expulsa. No a todos nos escolta un ángel  hasta la puerta negra que nos espera al final del mundo. Ella es hija del aire]



“il y a là cendre [il y a la cendre]”
Jacques Derrida

Así me vi.
Dentro de
este poema
sin querer
salir de el.
Me he girado,
el círculo se ovalaba,
la noche buf¡
cuervos azules.
Perdón es hijo
de dos palabras,
per el don
que tiene de hacer daño
el impermeable
en el cuerpo desnudo.

(Salvado)









Una línea negra de fresnos hacia el sol. Tiempo de paja, insulso, vacío, y donde se curva la línea de álamos hacia otro sol  más pequeño. [Vivaquear en el ojo quemado] Ha entrado un hombre en el sueño de otro. Hay un río que va de sol a sol,  veo peces desovando en las manos de la escultora, huevas de galaxias. Unos ojos limpios en una esfera. “Como madera y cobre es el vuelo de Favorski y en las astillas del aire somos vecinos del tiempo, y una flota de tablones hacia serrados robles y arces de cobre nos lleva” -debo vivir en la alegría de los demás- Entre tantas palabras corrompidas el manantial de la verdad.

(Vivaquear)










Mete allí las raíces hacia el vacío. Ahora el hombre está en el centro, hace girar la leche de las estrellas con la mano.

(…)







El silencio es el muro, el chopo azul tras él, la ciudad blanca desaparece tras el sol. A los ojos les gusta el blanco. Aguas subterráneas en los ojos de los muertos manan cerca de estrellan negras.

(…)










Basura, la mayoría de las palabras de un hombre a lo largo del día terminan en basura. Me imagino esa basura en el aire –sólo cuando dice buenos días o hasta mañana, como si cualquier hombre pudiera sancionar la premura o fuera dueño del mundo y la luz- pero no es más recto el que nos saluda, el que no trafica con la luz de las palabras. Lo primero que piensa un hombre al despertarse suele llevar un prurito de radicalidad y culpabilidad ¿Y no mira extrañado el mundo desde una ventana sucia como si fuera la última vez que lo contempla o la última? De los alerces trementina, una resina pegajosa con la que podrían pegarse estas hojas en las que escribo. ¿Y mañana? Un camino que salga de este y se desvíe hacia otro lugar fuera del mundo. Por debajo de las palabras hay más palabras, capas de palabras [escritura] que esconden lo que quieren decir, y lo esconden para que sea buscado con ahínco y sean vistas muy por encima allí abajo[écrivain public]. Siempre se lee desde arriba, lo que está escondido allí abajo. La escritura llama a la verticalidad, el vértigo de la existencia está escrito allí abajo. Ánsares allí arriba alejándose del invierno, abanicos negros de ánsares guiándose por los pliegues de la tierra, siguiendo las corrientes de aire que les ayuden a gravitar menos. El Dichter habló con el Denker en un lugar seco. Se esconde en ti, en lo más oscuro de ti esa luz, esos posos de la vida que permanecen más ocultos o caídos.
 (…)











El día se desliza, nos arropa, nos engulle, nos sobrepasa, nos barre, nos abrasa [nos abre puertas, nos las cierra] nos acoge, nos envuelve, nos carga, nos acalla. Después se marcha lentamente por la cañada de luz en la que arden lentamente animales azules. Ese [nos] en el que me encierro como en una casa oscura, un [nos] que se libera de todas las cargas del día; [nos] enhebrado a la escritura, que jamás cuenta a los [otros] y los otros sin el [nos] engullidos, barridos, envueltos, deslizados, abrasados, arrojados a la cañada de luz por la que vuelve el día.


(…)







Te vi soñar en mi muerte/nadabas hacia atrás/arrastrabas la luz hacia mi/ te vi allí coger arena azul/me cubrías con tu sueño.


(…)









Hay tantas maneras de mantenerse en el aire, los que suben hasta arder, los que no despegan, los que dan saltitos en los jardines, de exilio en exilio en el aire. Me olvidaba de los gregarios, los estorninos, su ballet del crepúsculo; nada hay más bello que ese baile de ceniza y que ese entrar y salir del día ciegamente. Al irse en la mañana no bailan, van directos al alma del día como flechas negras, dejan la ciudad y desaparecen en las afueras y arrasan mi mano. Pero la imperfección del día es lo más perfecto del día [su fotografía arde todavía como una luz muerta] nos hace llevar a las palabras hasta el límite de la verdad, donde una gran oreja oye por todos y una gran boca habla por todos. Eras una caja de música rota, y ahora oyes esa música de lo que eras junto a las olas en una playa de Santander. Sólo puedes arreglar esa caja de música en tu memoria ya imposible.

(Telar aéreo)