11/6/18

LE POEME, cartas de Gincho


Le poème

[Lo que no puedo ver de mí mismo, puede que lo vea el Otro]
[Derrida]

Deberías superarle, pasar por encima de él, estar atento a lo último que escriba para no caer en su trampa mortal; a sus palabras le crecen ramas con un fruto amargo llamado drupa azul. Así se llama el hombre que hace los puentecitos de piedra; sus poemas son esos puentecitos, los tuyos satélites de plata orbitando en el ser. Podé las ramas de sus últimas palabras para que leas las despedidas. Escribió tantas, las leyó en domingo en un parque ante un público escogido por el mater lungo; la memoria de hueso, estaba todo escondido en la maleza, era leer la maleza de una tierra demasiado áspera, solar, en el que cada poema era una umbría. En la nave industrial expuso los soles. Oscuridad en la laminar esperanza de no ver. Era una caja negra para gritar, escavaba en la luz, en las sucesivas capas de luz y no siempre encontraba al sol o al mater lungo. Escavaba hacia arriba, alrededor de ella, y no siempre encontraba oscuridad como la de la muerte. Un hombre preguntaba los nombres, tu nombre pasaba al siguiente, y el de este al otro.





El ocaso es una inmensa flor oscura. Uno tras otro los soles de este año de abundancia. En el resonar de esta grava de clastos oigo el poemilla de A. Waley.  Otro intento inútil por describir la tormenta.





Esta palabra es una grieta entre el ser y la luz. Rezuma por ella  bilis azul. Tu que leíste Zikade,  en su desnudez  ves una luminosa watasenia; separó mucho las palabras de la muerte. El espacio que deja entre el vertedero inglés y la rosa de aluminio del quirófano se llena con las cigarras de la muerte. El que canta al amanecer ya ha muerto.





Inflaba los globos de la muerte con su aire negro, pinchar eso no era… e iban perdiendo el amor, el aire azul de lo que se invierte, se iban  hacia el sol como los muertos, o hacia un agujero en el cielo. Los Fuβfelsseln con menos potencia que el negro de donde sale un canto solar serró la noche en dos. El amanecer me borra. Una culebra rota no avanza. La palabra también se rompe como la culebra, pour l´iniquité, y repta hacia ti, y mira la montaña desde abajo y ese ojo azul en el cielo que me mira, l´iniquité. Piso el cangrejo y cruje el sol dentro. La semilla cae en el mar que lo olvida todo. Se lucha con ángeles que no se ven y no hablan. Pon la cámara fija en las flores que se pudren, al poème en la bondad. Los pájaros al mediodía son manchas azules en la tierra. Nadas a crol contra el tiempo. Nadar es volar. La tierra negra liberada, los caminos de Erlenholz liberados, el lugar del juez liberado, las playas de las grajillas liberadas. Un pájaro negro estalla o en mis ojos se pudre. La muerte bota como un sol. Es el ozono negro de la niñez en los álamos de cristal que se rompen. Limpio mi columna, los huesos, cada vértebra. Tengo la fuerza de la flor que rompe la tierra. Aquella es la estrella de la muerte. Estalla en el aire el ángel al final de su vida. Amaremos a otras personas. El ojo puro se seca.





Ese ojo lejano es mío. Escribo hacia ti ¿y que? Tacho las palabras que viven. El horizonte de nieve es una línea negra. La muerte una línea en tus ojos. El poema mana de esto. Toro azul de la muerte. Alud negro que absorbe el silencio del mundo. Lo que recojo en las playas es para tirarlo. Limpias de sueños y miedos. Cuando encuentro lo mío lo miro como si no fuera mío. Compostaje, paja rezumando; entre los yerros retorcidos florecen pensamientos negros. Lo más frío es tu médula. Bajo la curva del perdón te has erguido. En la bruma la hostia, hierba por la que va a pasar un rebaño. De las imágenes muertas no podemos borrar el sol. Si al menos en la oxidación de la fruta pelada viviera el tempus. La piscina se llena de nuevo con la luz que lo borra todo, marcas de agua.





Todos se acuestan juntos, sueñan juntos, hablan a la vez, pero no dicen exactamente lo mismo; finalmente le poème se pudre. El cuadro tiene un pez, un espejo, un ojo que me mira. Los trazos de la maldad han tapado la luz azul de la muerte con betún. Todos los niños muertos duermen. ¿Seré yo el que se come el sol de la muerte? Roncar para vivir. Despiértalos con olas, Lo oreas con el poema. Le di la primera palabra –romo- es Scharf, se la arranco a la muerte y la redondeo. Nunca se ven en el p. los fórceps, ni en los nervios de los dedos las raíces del alma; esta luz me da miedo, en el fondo de la sima el esqueleto de un delfín. La basura allí arrojada [poème] Entre la piedad y la vergüenza las grandes figuras aéreas, tu sombra azul.


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