26/3/18

Estar en el secreto: prologo de Arantxa Romero a JARAIZ: próxima publicación Amargord, Madrid


Estar en el secreto

Un día Luis Luna me dijo que Miguel Ángel Curiel era un árbol. Yo, que no le conocía apenas me quedé prendada de esa imagen, de ese tacto y de ese olor de árbol que ahora podréis caminar vosotros. En efecto, algo tiene Curiel –su escritura, pues aquí no distingo entre materias– de arbóreo, y ello le anuda a una serie de poetas que van desde el propio Luna al menos prodigado Xuan Bello, todos aristas de esa raíz que según Cirlot representa “la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración”. Ciertamente, él lleva años trabajando una “poética de lo elemental” tal y como dice Ángel Luis Luján en una de sus críticas, desplegada en ciclos sensitivos que, sin señalar los numerosos premios que ha conseguido, llegan recientemente a puntos de honda intensidad en libros como El agua: poesía 2002-2012 (Tigres de papel, 2014), Astillas (Calambur, 2015) o Manaciones, seguido de informe sobre la belleza (Amargord Ediciones, 2017) entre algunos otros.
En esta ocasión nos presenta una nueva serie en la que trazas de poemas de El nadador, y Pathos, adquieren un nuevo dibujo bajo la materia poética de Jaraíz, a medio deshacer, como la uva pisada que da nombre a la comarca por la que el poeta ha merodeado. De hecho, el caminar como forma y fondo se expande por estas páginas aflorando una poesía verdosa y tan húmeda que es capaz de incorporar otras lenguas sin que resienta su frescura, por otro lado con la característica oscuridad de los pueblos del Norte. Una ya larga tradición del caminante que va desde Rousseau a Nietzsche o Thoreau y que comporta siempre una cuestión de ritmo, el que da el perderse paseando. Al igual que los paisajes viran desde la meseta castellana al bosque norteño, la escritura curieliana en este libro sigue su estela entre el poema, el diario y la prosa poética, que es fiel a un fluir de pensamiento no obstante sensible a sutiles juegos de lenguaje.
La escritura de Miguel Ángel Curiel, con la digna sensibilidad del herido, se abre al mundo como las manos abren la fruta, hundiendo los dedos en su carne. Este poeta mastica las palabras y se introduce en las venas de la luz como sólo un sismógrafo podría hacerlo:
Este poema es/la rama en la /que te secas./A nadie le dicen tú eres./Quito espinas./la fila llega hasta…/La tela está mojada./Las yemas/se abren. (A ellos)
 Sí, late en Jaraíz un cuerpo que se deja tomar la temperatura por las fuerzas del mundo, que se deja atravesar por la escritura que está en todas las cosas. Sólo un poeta sismógrafo es capaz de persistir en una escritura tan aguda y tan para todos los días, sosteniendo la cuestión que insiste: ¿Por qué estar poéticamente en el mundo? Quizás sea esta la pregunta que más compromete a lxs lectorxs zambullidos en los libros de Miguel Ángel Curiel. Ante tamaño aprieto, lo primero que deberíamos saber es que estamos frente a una pregunta realizada poéticamente, esto es, hecha no para ser respondida sino propagada, tal y como decía Paul Valéry al hablar de la tarea del poeta, cuya misión no era experimentar un estado poético sino expandirlo en los otros. Desde este punto de partida, Curiel se posiciona realmente lejos de aquellas propuestas que toman la poesía, el arte, en tanto que expresión de los sentimientos de un sujeto, exactamente eso que señalaría Heidegger (cercano en cierta medida a la poética que se nos presenta) como el peligro para la extinción del arte mismo. Así pues, el filósofo alemán apuesta en su estética por la obra de arte como “puesta por obra de la verdad” y sin querer meterme en honduras filosóficas que no vienen al caso sí que me parece pertinente señalar este giro como engarce de una serie de poéticas que en realidad nacieron con la creación sin creador nietzscheana y que han abierto una de las líneas más fértiles para pe(n)sar la poesía, siguiendo el juego de palabras que establece Jean-Luc Nancy. Ese hacer tan diferente impregna las páginas que se abren a continuación y de esta forma, entre Heidegger y Valéry encontramos un intersticio verdaderamente curielano, donde el contacto con los otros y la “verdad” operando –podríamos decir más propiamente “la intensidad”– se abrazan en un amasijo de palabras que despliegan mundos, pues si algo genera esta conjunción es movimiento. De ahí que lo que le interesa a quienes aceptamos una pregunta como la que nos da Curiel es saber el cómo seguir ese movimiento y no las causas del mismo, ya que su/la propia escritura lucha contra la teleología, esto es, contra las causas finales que acaban con toda reverberación. Una pregunta entonces para no ser respondida, que crea una riquísima tensión entre el decir y el no decir, entre el saber y no saber:
No sé, y ese no saber es lo importante, el verdadero misterio del no saber (Ciudad de cristal),
así nos interpela Curiel y no podemos perder de vista el contexto en el que lo hace, el Occidente del capitalismo ya más que tardío. Por tanto, en un tiempo en el que a cada acto, a cada palabra, se le exige una cuota de rendimiento, este poeta nos propone un parón radical para perdernos en una docta ignorancia, presentada ni mucho menos como negativo de saber, como su suplemento, sino como otra manera de hacer conocimiento.
De esta forma, Curiel entra en el grupo de los creadores que, más que saber, experimentan que el arte no se somete a las operaciones del logos. Quién no sabe, podríamos decir, está poéticamente en el mundo, pero ¿por qué estar en el mundo sin saber? Esta apuesta radical es sobre todo una experiencia de apertura (no olvidemos que dicha palabra viene del latín ex – peri, “salir fuera”). Abrirse a todo lo que no está teledirigidamente creado y por tanto siempre podrá ser puesto en duda, abrirse al abismo que supone caminar como camina el ciego, alzando sus manos a cualquier cosa que pueda venir. Paradójicamente, no conocer, no saber, es la única forma de estar intensamente, vivo, en el mundo, de aprender, de sentir nos dice Curiel:
Y esta ilegibilidad inmediata,/es también el recurso/que le permite bendecir,/sólo bendecir/(quizá, solo quizá)/que le permite dar,/dar para pensar,/dar para pesar/el llevar sobre sí,/dar para leer,/que le permite hablar./(quizá, solo quizá…) (Ceniza)
Estos versos, casi los más aéreos de todo el poemario, van incluso más allá del no saber y apuntan agudamente al retorcimiento de las palabras, a una lectura matizada/tamizada. La ilegibilidad que nos hace ciegos es la que nos abre el umbral del estado poético, aunque nunca estaremos segurxs de haberlo tenido, pues no se puede poseer. Una cuestión de lenguaje, entonces, una cuestión de pensamiento, una cuestión de cómo estar en el mundo, de estar vivo. Toda la poética de Curiel y ya sí, con fulgor en este Jaraíz, anuda amasijos de palabras como quien hace nudos en la hierba o trenza el pelo del amado: Arranco palabras y hierba (A Luis Luna), sin ningún tipo de distinción entre tantos cuerpos a entrelazar. Aquí, el que se atreve a experimentar con la palabra siente en su cuerpo su maravilloso operar, ya nunca más mecanismo transcriptor sino hacedora de mundos. Quizás sólo tengamos las palabras para tocarnos los unos a los otros, quizás sólo tengamos las palabras para no saber, ¿y cómo llamaríamos a aquello que no se dice, o más bien, que no se sabe si se dice o no? Yo lo llamaría secreto, la palabra que designa “algo que está reservado, oculto”. Desde luego, si Jaraíz trae algo es una inmensa poética del secreto, es decir, del no saber, de habitar poéticamente la tierra.
El secreto, parafraseando la filosofía de Derrida, quien tanto se ha volcado en esto, “produce lo que prohíbe”, en una apuesta mortal que exige permanecer en la hiriente tensión de quién está tocado por lo innombrable:
Quien conoce el misterio ya no puede sanar con él (Carta a los amigos).
O lo que es lo mismo, una confianza tan extrema que no podría canjearse por ninguna certeza, un dar sin concebir nada a cambio: un don. De esta apertura sin ambages se deduce la relación tan íntima que presenta el poemario con la muerte, pues el don comporta la hospitalidad sin puertas hasta en la peor de las situaciones, es decir, hasta en la extinción del sujeto; por eso quizás reclame tanto Curiel la palabra “bendito” como quien clama al cielo:
el sol dentro/ no sé cómo sacarlo por la boca/ eso es lo bendito/ una paloma golpeándose en la alameda al ir de un amor a otro. (Bendito).
Malditas palabras,/las bendeciré/hasta que sólo/sean luz (Bendición)
Por tanto, y teniendo en cuenta la histórica relación que han tenido la escritura y la muerte (veáse dioses como Thot y Hermes), el secreto en el que este poeta vive, permanece, tiene una delicada pero intensa relación “lo sagrado”, como ya se ha apuntado en muchas ocasiones. El propio libro tiene numerosas referencias a autores que se preocuparon hondamente por esa zona liminar (Walter Benjamin, Jacques Derrida, Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, José Ángel Valente, Paul Celan, Rumi…) y Curiel por su parte parece estar en los versos de Pound cuando recitaba que había un dios en él, pero no saber cuál, quizás como aquellos de los labios sellados que buscan la etimología del mistikos. Así mantiene la bendición, creando numerosas formas para manifestar ese “estar en el secreto”. En Jaraíz, como en muchos de sus libros, se palpa la relación tan íntima que Curiel tiene con la imagen como materia y por extensión con las artes visuales, pues en este texto hace uso de esa figura ya tan antigua de la écfrasis, abstracta o centrada en figuras como Cézanne, o en el uso de una paleta veraniega de colores que pueblan las páginas de luz, Soles y azul. Sin embargo, son especialmente pregnantes bocetos como los que hace de los pájaros, animal sagrado por excelencia que campea por Jaraíz como si estuviera en el nido y a punto de volar. Más que símbolo de espiritualidad en el texto funciona como mensajero de ese no saber, tan bellamente recitado en el Corán: Y Salomón fue el heredero de David y dijo: Oh hombres, se nos ha enseñado la lengua de los pájaros y todas las gracias se han derramado sobre nosotros (27, 15). El pájaro es de hecho uno de los muchos animales que nos dan a ver cómo nunca estaremos junto a ellos, “como el agua en el agua” según diría Georges Bataille, aunque Curiel hace todo lo posible con las palabras para poder bracear aunque sea un poco. Pero sin duda, junto a un delicado amor por las flores, la ceniza es la forma que se despliega en el libro con más potencia y la que pone verdaderamente por obra ese “estar en el secreto”:
Ese pájaro superior traza los vuelos de la ceniza del día./En el vértice hay mucho amor, mucha luz y esperanza./En la habitación amarilla el sol de la ira, una mujer de aire y un pájaro debajo de nosotros, y su gran hombre enfermo roe un vestido blanco. /Quemar y amar es lo mismo, de lejos, si te lo dicen de lejos, y siempre viene de lejos la voz que te habla./Oír y huir es lo mismo (Una voz en otra)
Para llegar la ceniza, materia capaz de estar viva y muerta, o ni viva ni muerta, pero en definitiva de estar en un estado sobrehumano, hay que aniquilarse y sobrevivirse, vivir con la ceniza misma. Un sí rotundo más allá de todas las garantías de cuya combustión resta una huella imborrable, capaz de generar una marca para ser reincinerada en los otros. En efecto, puede ser la ceniza la materia más pegada al fuego, no en vano diría Derrida que esta es “la morada del ser” y ahí el valor más radical de la poética de Curiel en estos tiempos de falsas monedas: su escritura está dispuesta a extinguirse. En conclusión, estamos ante una escritura doble, sagrado-profana que mira hacia lo visible y a lo invisible con la mirada de un niño que sabe el secreto y se abre a su herida, nada más que para compartirla. Ahí queda el por qué estar poéticamente en el mundo, ahora sólo queda vivir sus palabras. Árboles para la esperanza sobre aquellas hermosas palabras de José Ángel Valente:
Todo el que se haya acercado, por vía de experiencia, a la palabra poética en su sustancial interioridad sabe que ha tenido que reproducir en él la fulgurante encarnación de la palabra. No ha oído ni leído. Ha sido nutrido. Se ha sentado a la mesa. Ha compartido, en rigor, un alimento.

Arantxa Romero

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