21/5/17

LUMINARIAS II (FRAGMENTOS 50-100)



   (LUMINARIAS, y LUMINARIAS II, están publicadas en la editorial Amargord, Madrid)                                                                              

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50

Intenté hacer lumbre a la manera de los hombres de la niebla. Desfallecí antes. Bello y enorme fracaso.



51

Mañana eclipse de luna. Hay que escribir a saltos, siempre hacia adelante. Grandes saltos para dejar menos huellas. El rastreador, el que lee te confundirá con un gigante.



52

Los libros en los que apoyaría mi cabeza para hacer de ellos una almohada dura. Dasein.



53

¿Es ahí donde se refleja esta noche el infinito? ¿En un charco? Incluso la poesía desconoce los límites de sí misma, y según se avanza, las palabras quedan más distantes unas de otras, más desprotegidas en medio del absoluto que ya no las oye. Sordas y apartadas, rotas en el intento desesperado de decir —salí de un hombre—. No hay razón de mensaje. Los ojos  llenos de inmensidad pesan en el rostro como campanas. Ser absorbido por la oscuridad. La humanidad un aliento de vaca rumiando hierbas negras en su estómago. Infinito en el que un poema atisba sólo eso. El océano parece un ojo cerrado con nosotros dentro. Sólo si se abriera un instante, un parpadeo de la mirada desesperada del hombre. Encerrarlo todo en unas pocas palabras, comprimir el mundo como un músico hace en las notas. El océano es más inquietante que el cielo. Pero aquí están las aguas de los charcos, que por su color oscuro querrían decir que son profundas.



54

Munch y sus gritos, Giacometti y sus seres desinflados. Una lepra del espíritu, la única enfermedad que cura a las otras.



55

De nuevo Heiddegger, las palabras neutras de Heiddegger. El ser, el destornillamiento del ser de sí mismo, o la holgura del estar en el ser. Ël que escribió a máquina los textos que necesitaban del pulso de una mano rota.



57

Gota de vino en el papel. Una señal, señal de nada. Apreté con la yema del dedo la gota. ¿Señal de qué? ¿Qué significa eso ahora que nada significa algo? El círculo no es más que la recta vital de uno mismo, o al menos es atravesado dos veces. Recta larguísima, inacabable, horizonte a tu espalda y al frente, y sin embargo no se sale nunca del círculo de la experiencia.



58

Música de lluvia en la piedra del claustro: música de lluvia. Imagino un instrumento celeste en el que las gotas tensaran las cuerdas de un arpa universal, gotas y cuerdas. Nadie podría tocar ese instrumento, rasgarlo sin sentir que se va a quemar o a electrocutar —un instrumento de silencio—. Un solo rasgueo en las cuerdas y se esclarecería el mundo en los grandes claros de mi cabeza. Desde hace muchos días llueve. Lo ojos son como dos caracoles subiendo por el muro blanco, mirada lenta y pesada del hombre que vive en la lluvia. Cinco meses seguidos de lluvia. De vez en cuando el sol para que no olvidemos quienes somos, para que veamos claramente esta parte del mundo. De noche corro las cortinas. Reía mientras llovía, sólo eso, un hombre que se reía en la lluvia, un hombre desprotegido que se mojaba y se reía de sí mismo.



59

Entrar en una zarza. Cuanto más dulces sean tus palabras menos daño te hará el propio dolor de ser. Sin embargo, mientras entras en la zarza, exabruptos, palabras enrarecidas, insultos graves a los ángeles y a los seres sin cola, como si el dolor se fuera más lejos de ti por eso, esforzándote en ser más allá de tus límites. Dentro de la zarza el pájaro de la vida. No había otro modo de entrar, uno sólo responde al grito con la mueca helada de su propia máscara.



60

Un periódico cuyas hojas nos ayudan a encender la lumbre: las palabras de hoy contra las de ayer. Debes agacharte y soplar para que prendan las ramas. Ramas y palitos muy secos junto a un leño. Palabras secas de ayer que soplas para que ardan, como en tus propias extremidades la enfermedad lentamente hacer arder la lumbre interior de la vida. También agonía y afonía, el hilo de voz de las últimas palabras. Alguien toma ese hilo y teje un sentido, pero se queda corto. Ni siquiera llega para un pañuelo blanco. —En los ojos del moribundo una llama débil y vacilante cuya sombra tiembla proyectada en el techo. Su último aliento apagará la vela de su vida. Moribundo que ha pedido un periódico para leer el ayer—.



61

Siempre huésped de alguien. Hay ciudades en las que me resultaría extraño alojarme en un hotel. Alguien me aloja, me da cobijo, me arropa, me entrega las llaves de su casa, me recibe, me enseña a abrir y a cerrar su casa. Sopesas esas llaves, las miras bien porque casi siempre hay tres puertas en los castillos; la llave del agua y la llave de la luz. Cuando desaparezcan las llaves habrá que memorizar combinaciones de números para abrir las puertas de la amistad. Para poder entrar sólo será útil la memoria. Una vez que la vida se haga simple y esencial las manos quedaran libres para siempre. No abrazaremos a nadie, no le daremos la mano a nadie. No utilizaremos las manos más que para lavarnos la conciencia en un grito de aire. Será la voz la que trabaje. Todo se abrirá y se cerrará a nuestra voz en un mundo esencial y minimalista, una red de nervios azules, una mística vacía. Las puertas transparentes, los peces en peceras de aire. Esas puertas transparentes y los hombres dormirán sentados en el aire. Depende de los sueños de cada uno la altura a la que duermas. Los techos de cristal, quien más alto duerma será el más alegre y feliz. Malo si tu cuerpo debe quedar en el suelo sintiendo el propio peso. Sin embargo nunca aspires a dormir en altura, sólo a unas cuantas cuartas, en lo somero de ti.



62

Quien traza un círculo en la vida nunca lo termina. Necesitarás más que unas buenas botas y unas buenas piernas, es demasiado grande para cerrarlo. Sin darnos cuenta habremos trazado al menos un ocho. Había un camino en las cercanías de Korvach, en el país de Valdeck al que llamaban el paseo del ocho, una senda entre bosques de abetos y abedules de unos doce kilómetros, que también era conocido por el nombre del Lebenweg. A lo largo de ese camino en los campos abandonados había espantapájaros. Hombres de paja en el que se posaban los grajos. Atraían cada vez a menos grajos. Cantos de hielo negro se rompían en el aire. Escribir de la alegría de una manera triste abundando en la melancolía: hablar de la alegría con palabras heridas, de manera triste. Depende de si el espantapájaros está en el centro del campo o en la esquina, de si puede hablar o sólo girar los días de viento, de si tiene mala o buena sombra y los brazos extendidos. Belleza de esos hombres de paja que habitan la poesía española, y no la de nuestras voces amargas, demasiado amargas.



63

Se hundió el palco. Todo estaba mal hecho, los barcos, el estadio, los colegios, los hospitales, el país. Mal hecho y ahora vuelven las cabras para pastar las palabras duras, y que sólo ellas pueden comerse. Un estiércol demasiado fuerte para estas flores azules. Un país mal hecho desde el principio, y las cabras se comen los toldos y las camisas que se secan al sol, tu barba de patriarca se comen si te quedas entre-velado a la sombra del espino.



64

Toda la noche ladraron los perros de la Chanca. Ladridos secos en intervalos de tres, a veces de cuatro. Así estuvieron mucho tiempo, primero me despertaron, y después me durmieron. Me agarré a esos ladridos para volver a dormirme. Nuestra voz está hecha para las palabras, para el canto, para el silencio. Esos ladridos en mitad de la noche. ¿Qué alejaban, de qué nos defendían? No encuentro la respuesta, podría ser cualquier cosa. Entonces mi silencio es digno y no debo romperlo, un silencio casi puro, como el de las manzanas. Esos perros ladraban para sacar la luz de sí, el temor, como las campanas, no se rompen con el frío. ¿O ladraban sólo para oírse a sí mismos en el silencio oscuro de la noche? Quizás para oírse en medio del mundo. Así lo has hecho tú alguna vez en medio de bosques y llanuras vacías, y jamás en la ciudad. Has gritado alguna vez cuando no había nadie cerca sólo para oír tu fuerza, tu destino, tu soledad, pero jamás en la ciudad, donde se habla bajo, se cuchichea y las palabras ocultan la verdad.



65

Todas las palabras son opacas y los signos el resumen del mundo. En cualquier palabra reside el mundo y no se puede comprimir más. Este fue el primer ejercicio de abstracción del hombre, y la danza la primera sublimación de lo animal. Las palabras suenan en la voz y el mundo se esparce, los sonidos son libres. Cuando el río se calla en verano nosotros debemos hablar para fluir, debemos hablar como la corriente, fecundar con palabras el silencio. Te oyes en una grabación, oyes tu voz y no dejas de pensar en la contra-voz de ti mismo, en una segunda voz perdiéndose en el aire. Te hubiera gustado encarnar un coro con tus voces, y no esa voz solitaria, rota, que no parece de lugar alguno, y sí de todos los lugares por los que has pasado.



66

Espesura del bosque, arroyos desbordados, vivacidad de la propia vida, incluso la muerte ayuda al verde, a reverdecer, a llenarse de luz antes de que el viento haga que todo baile con todo, y sin embargo ante esta sinfonía tu vida es lo único que es un desierto.



67

Una raya que separe esto de lo otro. Lo terrible de la raya humana es su principio y su final, su finitud, su terrible humanidad —como cuando recoges la cuerda de ti mismo—. No la idea de la raya absoluta, del atrevimiento a trazarla en un suelo demasiado angosto para separar la nada de sí misma, o advertir de la inconsistencia a lo que no es. Una raya en el suelo más larga que tu vida, o al que han condenado de por vida a hablar desde la raya. Pero era tan fácil, y te sentías bien viendo tu sombra al otro lado de la raya. Así en la propia vida bastaba dar unos pasos atrás, como si vida y existencia no fueran lo mismo.



68

Lumbre mal apagada, como una ilusión desordenada. Es lo mismo, pero el aire no me sostenía en el aire, ni siquiera se sostenían mis palabras. No bastaba pisar la lumbre, ni echar tierra sobre ella. Siempre estará mal apagada la ilusión de ser, y sin embargo nunca hemos querido borrarnos del todo al escribir nuestras miserias.



69

Con viejas vigas la casa nueva. Las piedras siempre son viejas. Con piedras de los cercados una casa transparente: después de los remolinos del yo, las hojas del tú a mis pies.



70

No me des muchos años vida, dame sólo lo que tú eres, una vid de sí mismo, un racimo de uvas del cristal de la muerte. ¿Pisaría esos cristales para herirnos los pies, nuestro propio mosto, ese que se beberá la oscuridad?



71

Palabras contra hechos. El viento no se lleva las mariposas por muy racheado que sea.



72

En ese puente la voluntad de pasarlo para no volver. Te detienes mucho tiempo a la entrada de ese puente,  pero no para pensar, y sí para sentir esta vez tu cuerpo, tu peso, pues algo va a sostenerte. Un puente en el que sientes su peso. Intercambiar el peso del puente por el tuyo.



73

Nubes de Norte, rápidas, el solo aliento del frío. Uno que fuma despacio junto a la lumbre.



74

¿Cómo ser sabio en esta época de las exhalaciones? Ante la imposibilidad de rebelar, desvelar al menos una nueva manera de ignorancia. Un nuevo ignorante, no un nuevo hombre, sino un nuevo ser tal vez fuera del hombre. Tus palabras más estériles eran las más verdaderas, con pocas abarcabas tanto. También el ángel de nuestra época era subterráneo, sólo aletea para romperse y ya no nos acompaña en la chepa, sin embargo pesa, es sólo sobrepeso de nosotros mismos.



75

Nadie es inmortal, la misma palabra lo rechaza con fuerza. Sin embargo la escribimos muchas veces en un papel negro: inmortal, la inmortalidad: La palabra mortal está llena de vida, es más luminosa, diría sobre todo que se trata de luz, y por eso esta apenas la escribimos por desconfianza. Mortal, una palabra que no pertenece a la muerte, que está sobre todo vinculada a la vida, que rige su centro. Palabra que sube y baja. Nunca conté los escalones que suben hasta el alto, que suben a la cueva del cielo. Una larga escalera de piedra. Nunca conté los escalones y no creo que alguna vez lo haga. Pero esa idea está siempre en cualquiera de nosotros, como lo están los escalones y la escalera.



76

De nuevo en los Altos del Piélago, en la cima de las Tres Cruces. Visión absoluta, un paisaje ancho y largo y una tierra reverdecida, un mundo que exhala vaporosas brumas, aguas en llamas, balsas de agua lejanas hacia el Arañuelo. No estaba solo, conmigo se encontraban un par de amigos de los tiempos de Talavera. He intentado que ellos sintieran lo mismo que yo, mi vacío, pero también mi pequeña felicidad. Permanecimos allí arriba en silencio un buen rato, después estuvimos trenzando nuestras voces y nos remontamos muy atrás en el tiempo recordando aquel día en el que vinimos por primera vez a estos altos del Piélago de San Vicente. Hicimos noche allí arriba, y estuvimos muy cerca de las estrellas durmiendo bajo un frío muy cálido. Al final también paisajes quemados, árboles negros. Me hubiera gustado vivir en otra época, en otro tiempo menos convulso y acabado, y no en estos días del fin del mundo, o que mis libros hubieran tenido mayor recorrido, a las puertas del futuro, a las puertas del aire del futuro, no a las puertas giratorias del presente. Ese árbol negro, he estado escribiendo con un palo negro esto —palabras tiznadas—. Que mi fuerza sea la debilidad, que ser débil me haga fuerte o frágil. Toda mi energía y mi fortaleza hechas para la debilidad. Que mi flor sea el cardo. E invertirme, vivir dado la vuelta. Una fuerza que no salga de mí, que se quede dentro de mí. Me ha vencido el alcohol, y he vencido al alcohol, que esto esté escrito así, de manera cruda y transparente, real, una simple anotación a pie de página. No podía traicionar con palabras este campo recién nevado, esta hoja blanca.



77

Lazo, lazada. Una única voz se entrelaza. Tu lazada vital  lentamente se cierra y algo coge, algo se lleva con ella.



78

Se ha puesto el sol y ahora comienza la escritura. Una especie de paseo con la mano, y no hay camino, no hay camino de vuelta ni de ida. Nunca he creído en mi obra, y sí en la necesidad de la escritura.



79

Frío que calienta. Siempre calentó el frío, y el huésped entraba hasta la cocina donde estaba la lumbre y una botella de vino mas oscura que la noche. Lumbre que danza, habla, se duerme, chisporrotea para decirte al oído todo lo que trae el viento. Todas las palabras del invierno terminan en ella —grandes palabras que chisporrotean—. Son tan importantes como la leña. Esta es una lumbre que se alimenta de palabras y leña. Manos y pies calientes. Por los pies entra el frío que sale por las manos. El escritor es el único animal en el que las manos y los pies hacen la misma función.



80

Un largo viaje en tren, de nuevo mis huesos golpeándose contra las ramas. Se remueve mi conciencia, los ojos se queman en el paisaje, las palabras se van quedando atrás, una estela de ti. Vacío que deja la velocidad, el tren. Una estela de ti en el vacío. Palabras que se van quedando atrás, y las decías no para ti, pero tampoco exactamente las decías para otro. Extraños y vagos pensamientos del viajero. Luego te has dormido al pasar por una ciudad pequeña y te has despertado en París. Un largo viaje en tren. Se han reído de mí por no querer coger aviones, por querer ir a pie de mi casa hasta el mar.



81

Claridad. ¿Qué podría hacer esta palabra por sí sola en el papel sino oscurecerlo todo? Tan absoluta lo dispersa todo hacia sus límites. 



82

Mariposa quieta en una hoja. Poco tiempo se queda en la hoja y poco tiempo en el mundo. Su brevedad es el signo de la eternidad, con su brevedad medimos los destellos de la conciencia. Una mariposa que se abre y se cierra como una puerta expuesta al viento. Esta vez los golpes de sus alas son más violentos que los golpetazos de las puertas.



83

Alguien nadando en un río. De pronto se levanta y el agua sólo le llega hasta la cintura. Pensabas que era más profundo y que no haría pie. Tú eras el elegido para leer esta noche los poemas del muerto, entonces el médium con el que se haría oír en la sala. –No se echó a suerte ese turno, todos pensaron en ti al sentirlo a él—.



84

Es la primera vez que estas aquí. Pocas veces escribiste el nombre de este lugar, acaso un par de veces, pero no recuerdas con qué intención. Espacio ancho de cielos muy altos. Esa palabra tenía que encerrar ese trozo de mundo como un paño envuelve una piedra, pero lo encerraba con su luz y el lugar quedaba encerrado dentro de la palabra. Pero pocas veces ocurre que la palabra sea fiel a lo que nombra, y que lo nombrado se deje nombrar plenamente. Era la primera vez que estabas aquí y tenías la sensación de que era la última.



85

Encender velas para aclarar la penumbra. En realidad no alumbran, sólo clarifican un poco la oscuridad, como las palabras del poema al enfrentarse a la noche. Dan un poco de luz a los ojos quemados por el día. Cuando hay demasiadas velas encendidas en una casa es que hemos abierto un templo a la nostalgia. Pero si sólo encendemos una esa es para nosotros mismos, esa es la vela de nuestro ser. No todas las velas se queman a la vez. Yo seré la que más tarde en consumirse. ¿Quedará mi luz en alguien?



86

Grietas, espacios agrietados. Nunca son rectas las grietas. Lo que se abre, lo que se resquebraja, tiende a ir de un punto a otro buscando el dolor.



87

Llevas un paisaje dentro. Poco ha variado dentro ese paisaje desde que te fuiste. Te resistes a abandonar el lugar abandonado. Está para siempre en tus ojos, cualquier ventana a la que te asomas es para volver a ver ese paisaje. A veces no ves nada, o todo se vuelve transparente para dejar de ver otras cosas más alejadas e indefinidas. Todos los paisajes los mides partiendo de él, en él los compruebas todos, y aunque te asombren otros bosques o montañas, otros valles y llanuras, nunca podrán ocupar ese espacio que ha quedado vacío dentro de ti. Un paisaje mesiánico, redentor. Si volviera sería para estar dentro de él cobijado para siempre o para deshacerte en él. Esa es tu fuerza, el paisaje que llevas dentro.



88

Este nuevo día es verdaderamente nuevo. Un bautizo de luz. Pero estás solo, y no puedes decírselo a nadie. Solo si lo escribes, solo si te desangras por la mano. Y no puedes escribir contra el invierno, solo contra uno mismo. El invierno. ¿Y no era el verano el infierno? Cómo podríamos cambiar la relación tan absoluta entre estas dos palabras. Lo mellizo de ella: escribir cada vez es más un acto erótico.



89

Montañas imprevisibles, hombres imprevisibles. El efecto de la altura es siempre mayor a cualquier otro. Un mayor grado de inconsciencia, de perdida de la consciencia al llegar a una conciencia mayor. Diría que una consciencia desprovista, esencial, como hay una profundidad ajena al lenguaje. ¿Polvo de tiza o harina? Y el polvo de todo, que se posa sobre la máscara, sobre los libros, como nuestros pensamientos más leves en el laberinto del ser, sin continuidad. La soledad es un océano de mí mismo, yo mismo perdido en él. Un paisaje, el sol en su cenit, un solo árbol proyectando su sombra en el suelo requemado. Hierba que ya es solo yesca. Ardería rápida ante el aliento de un animal jadeante, o las chispas de algunas estrellas. En línea con el árbol un hombre, y también su sombra. Todo se desdobla en la luz. El árbol como testigo del no tiempo, el hombre como testigo del tiempo. El único árbol en este páramo como protegiendo al hombre que piensa en sí mismo como algo extraño, sintiéndose extraño dentro de él y aún más extraño fuera de él: un contraluz de su propia existencia, un ser más allá de lo que es. Un solo árbol protegiéndonos del mundo.



90

Un hombre anómalo. Qué palabra más intranscendente y a la vez extraña. El diagnóstico del filósofo siempre es fallido. Culpa del lenguaje, de la inmersión en la transcendencia.



91

No es fácil desdecirse y tampoco reescribirse, pero esa es la labor del hombre, desdecirse y reescribirse hasta que la boca esté seca y la mano cansada. Uno que sólo decía yo y escribía tú —lo más lejano entre lo uno y lo otro era él—, así lo singular se multiplicaba hasta el paroxismo de no ser. Al menos uno que se escribió cartas a sí mismo. Las tenía que abrir y entonces abrirse aún más a los otros. Abrirse como si se cerrara. Las leía en voz baja, y tenía miedo de sí mismo.



92

Aspersores, sonido de aspersores toda la noche, y grillos quemándose. El hombre se da a los ruidos, los provoca. El mundo, la naturaleza se da a los sonidos y estos son la forma de decir de ella. Pero los ruidos del hombre no forman parte de esa armonía, sus ruidos constantes hacen callar a los sonidos. Sin embargo allí en total silencio un globo aerostático en el cielo. Es la imagen en la que se proyecta mi sentimiento de culpa, leve y ascendente.



93

A veces todavía un poema de L. Cernuda alivia, un poema sombrío y triste de L. Cernuda alivia en tu sombra triste, en tu oscuridad diurna, donde todas las ventanas de la casa están con las persianas bajadas, como si no quisieras luz alguna, persianas bajadas donde apenas puede calar la fuerte luz del verano. ¿Y porque habría de protegerse de la luz extrema del verano? Y si un poema de L. Cernuda, un poema aleccionador, como el consejo de un buen amigo. Unas palabras sinceras que llegan a través de un teléfono, palabras que de verdad quería oír y que te allanan los pliegues del dolor, que una vez extendidos como una sábana blanca quedan los pliegues y las líneas de todos los itinerarios posibles. Líneas en las que tú ves caminos arbolados, caminos con buena sombra para los días de calor, y es la luz de ese haz la que se cuela por la persiana la que te ayuda a leer ese poema sombrío y pesimista de L. Cernuda, y no das las gracias a nadie por ello, porque se las tendrías que dar al mundo, y entonces serían unas gracias demasiado mundanas.



94

Un nogal expandiéndose en el futuro. Lentitud la de las cosas verdaderas. Expandiéndose en el futuro, en lo próximo, un nogal. Ya no lo veré ir hacia arriba, irrumpir de la tierra, no seré testigo de eso, pero la sola idea, esa idea que transcurre sólo en mí, me da fuerzas para imaginarlo, para ser en él, en lo próximo un árbol poderoso de paso lento. Ya lo he visto una vez dentro de mí. Ahora tienes que salir fuera, irrumpir en el mundo. El sentimiento profético, palabras muy seguras de sí mismas, de lo que dicen, de lo que revelan, escritas o dichas siempre en lo próximo, y así debía ser un árbol de madera dura, un árbol firme como palabras firmes. Tú ya no lo veras, sin embargo sí ves ahora esas higueras que salen de los viejos muros,  que atraviesan las grietas de lo viejos muros y los mojones de los puentes. Espacio oscuro entre dos piedras o losas. Higueras que afloran en la estrechez de las juntas: Una manera de ser contra lo que fui. Una fuerza interior estéril que se abre paso por las grietas del ser. Aparentemente esas higueras fuerzan las piedras para abrirse paso, pero sólo son silencio y apenas dan frutos. Se trata de una lucha sólo por ser, por sustentarse en el aire, en el vacío.



95

Hacía ya mucho que al tener que escribir números lo hacía con sus letras. Una manera más de resistencia y no una manía. Lo malo y bueno de esto era la posibilidad real de que todas las palabras se pudieran de alguna manera cifrar. Después la mudez total. Escribía con letras su edad y su fecha de nacimiento.



96

Que para recorrer entera la esfera haya que conquistar estas amplias y espectrales llanuras, donde la existencia se pliega en ti. Es un paso constante y cansino para el ser y acaso luminoso para el cuerpo. Línea que se quebrará, línea que parte en dos el mundo. Te niegas a cruzar ese tipo de rayas, a dejarlas atrás, como mucho las pisas o piensas en un cable muy tenso por el que podrías caminar en el vacío —equilibrio de la escritura—. También te niegas a trazar las líneas. Cuando tachas no niegas, afirmas. Horizonte, única línea a la que nunca llegarás. La única que tú trazas aquí para los otros. La esfera llena de planicies.



97

La nieve que se posó esta noche mientras dormía. Inicio de un libro. Entre tanto un sueño lluvioso y un río fuera de madre.



98

He aquí un texto totalmente tachado que aún se puede leer. Nos sería imposible escribir sobre la línea, es demasiado recta y precisa, y la hoja en sí, el espacio mas vasto del ser. Lugar donde la escritura se pierde para que acaso nos reencontremos. Una vida en miniatura y la sensación de no haber estado en el mundo. Cuando la memoria se convierte en ese vasto espacio de la escritura en el que te pierdes al volver por él, y no sólo eso, también alguien te ha encontrado de casualidad junto a un río seco del que habías olvidado su nombre. Era así que te reescribías, así que acumulabas palabras junto a la muerte con la caligrafía de un muerto, temblorosa y lenta mano que escribe en el aire. Un vasto espacio que llena tu cabeza, y el sol que llena tu cabeza, y el infinito que llena tu cabeza. ¿No deberías haber dejado en blanco el futuro? Alguien que te conocía. Un vasto espacio, una inmensa llanura. Desde la ventana un paisaje nevado, blanquísimo. Sobre la mesa una hoja inmaculada. Ahora debo elegir entre salir fuera y pisar la nieve, paisaje de nuevo virgen, dejar mis huellas o ensuciar la hoja. Pero sería como escribir con guantes y caminar descalzo.



99

Aún te acuerdas del primer día de tu vida. Muchos trozos de ti, de esa luz, de esos instantes son fogonazos que iluminan y dan sentido a todo lo demás. Trozos que se cosen a otros con tus palabras, y se desgarran no por las costuras, sino por las rasuras y los tejidos podridos del ser.



100

El viento engaña al pescador de cascabel, el puntal es demasiado sensible. El puntal de una frase larga es la mano que tiembla; de joven escribía en los autobuses y esto hace que en la caligrafía de aquellos cuadernos aparezca un viejo, y una mano de movimiento engañoso.


4 comentarios:

  1. Hola Miguel:

    Estos días por Madrid se celebra una de las mayores fiestas que tenemos los lectores y los poetas, ¡La Feria del Libro! un mundo que poca gente entiende.

    ¿Quisiera saber si vas a estar por la Feria? Sí es así, ¿en qué caseta? Me encantaría poder conversar contigo sobre tus libros, aparte de tener un recuerdo tuyo a través de tu firma.

    Gracias.
    Un saludo;

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  2. Querido Sergio

    Acabo de llegar de Italia, aún no sé si voy a estar en la feria, aunque me han requerido para ello, pues Amargord acaba de publicar MANACIONES, y también salió este año EL NADADOR y las segundas LUMINARIAS, y una cosita llamada LA FABRICA DE LA SEDA, que es una especie de plaquete ilustrada por Juan Carlos Mestre, Lo ha publicado la Universidad de Bari en versión bilingüe en la editorial Sastre de Apolinare: en los próximos días sabré algo. Un abrazo muy grande: déjame tu teléfono en mi correo electrónico: curielpoesa@yahoo.es
    abrazos y gracias por seguir estas lecturas

    Miguel

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  3. Querido Sergio

    estaré en la caseta 88 de la feria del libro de Madrid el día 5 de junio firmando MANACIONES Y LUMINARIAS, por la tarde.

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    1. ¡Qué buena noticia Miguel!

      En mi poder sólo tengo 3 poemarios: “Hacer Hielo” (Colección de Poesía, José Hierro), Luminarias (Amargord Ediciones) y Astillas (Calambur Ediciones).

      Me alegro de tenerte por Madrid y podamos disfrutar de este espacio, aunque estaría bien escucharte algún poema que otro, y poder entablar una conversación acerca de tus poemas.

      Gracias por todo.
      Un saludo;

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