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LUMINARIAS II (2010-2015) LIBRO DE LAS BOTELLAS -fragmentos 1-50


LUMINARIAS y LUMINARIAS II, están publicadas en la editorial Amargord, Madrid)

 LUMINARIAS II

                        LIBRO DE LAS BOTELLAS
          (2010 - 2015)
                                            MIGUEL ÁNGEL CURIEL

                                      










1
Ahora troncho una rama. Siempre algo sin sentido da sentido al mundo, sobre todo un pequeño sinsentido, un alegato de dolor en lo que no se duele.

2
“El libro de los muertos” de Canetti, desazonador, sin embargo lleno de luz, verdadero y a la vez incierto. Todo lo que pediría de un libro. Él, que escribía a tajos, con un cristal en la mano. Lo verdadero es incierto —in-cierto—. Las palabras son las cicatrices de la verdad. Palabras afectadas por la mentira girando alrededor del vacío, así ellas rozan, erosionan y desdicen el mundo. Se van por el sumidero o se las lleva el aire. Una hoja para siempre en blanco. Ninguna palabra podrá jamás sustituir a la luz sobre la hoja, hoja que absorbe la luz mientras bebes un vaso de agua muy fría, agua de nieve —beber algo que antes era blanco—. Sólo podemos escribir sobre el blanco, pero la buena escritura no está sobre el blanco, sino dentro del blanco, enterrada en el blanco, pero no de manera profunda, por eso la escritura es siempre superficial a la realidad. Una casa recién encalada envuelta en la luz, un muro blanqueado, nieve rodeando la casa en los ojos blancos del lobo. Sólo las palabras pueden decir de la luz lo que la luz no deja decirse.

3
Firmé con la tiza en una pizarra. Al borrarme la nebulosa de mi nombre.

4
Vida y muerte, una palabra que nombrara las dos a la vez, un sólo sonido para las dos. ¿Cómo sería esa lengua? ¿Inequívoca? Así otras palabras que se asientan en el centro de nuestra existencia. ¿Pájaro o reptil? Lata de sardina de mi poesía: una lata de sardinas caducada. La abro en la intemperie para dar de comer a mis fantasmas.

5
Un sorbo de agua. Me inundo hasta quedar ahogado en el presente. También la desesperanza es una forma de esperanza. Idea de vacío que siempre llenamos. Nuestra idea de eternidad se llena de minutos. Pulgas, tuviste la experiencia de las pulgas en tu cuerpo un día de verano en el que se te hizo de noche al llegar a un pueblo de la sierra llamado Mijares. Dormiste en un prado recién segado. Pulgas y estrellas.

6
Cortafuegos, eso hay entre las estrofas de la vida, cortafuegos, y si no limpias bien tu escritura arderá toda, o entrarán las cabras a menudear, a comerse la maleza: las cabras, los lectores de este tiempo.

7
El lomo de un pez que aletea en la corriente azul, y boquea por ti, abre y cierra las branquias hasta guiar tu respiración absoluta. Grita para espantarte a ti mismo. Tu vuelo de espanto. Recoge el grito propio, lo roto de ti. Te has vuelto a romper y te recoges. Como si todo hombre tuviera un contra-nombre, luego un niño en pleno mediodía, a tus pies, con una tiza marcando tu sombra. Pero tu contra-nombre es corto para el largo nombre al que se confronta. Aún sigues buscándolo en la boca de alguien.

8
Tu sombra, tu ángel de la guarda.

9
Aún tachada, la palabra vida ilumina con fuerza los ojos de quien la lee. Podemos ver entre las ramas del árbol negro a un pájaro negro, y oír en lo frondoso su canto blanco. Podemos leerla y sobreleerla. Borrada queda su luz y su ceniza.

10
Palabras como signos de lo quemado, o líneas que han ardido; palabras o quemazones de la propia vida. Palabras rotas que debo recomponer. Solo puedo trabajar con palabras que se rompieron alguna vez en el ser. También el viejo flexo en la mesa de la habitación de Talavera,  aún se escribían cartas a mano, y por eso las palabras pesaban y esto las hacía livianas o más leves que la propia hoja. Ese flexo en el que calentarse las manos.

11
Un agonizante que está naciendo y es el único que no llora.

12
En tus manos el agua de ese río negro es transparente.

13
Como causante de dolores ajenos ni siquiera tengo un tú donde resguardarme. Aligerar la farsa de la vida prescindiendo sobre todo de las palabras, de su quemazón en hojas blancas o un dolor que rola como el viento. A lo lejos el despeinado con llamas blancas y negras en la cabeza, de cerca su sombra y el humo subterráneo de su cabeza ardiente. Una madre ríe en el dolor del parto. Aún se limpia con lágrimas la oscuridad de los ojos. Todavía mi voz, la voz con la que hoy hablo, viene de ese primer llanto.

14
Escribía sin saber para qué, o más bien contra el destino. Desprendimientos de rocas como desprendimientos de luz dentro de mi cabeza. Vida bajo los escombros del ser. Demasiadas veces mi escritura ha sido destructiva, sin embargo todo estaba tranquilo y quieto a mi alrededor. Ni el mínimo indicio de la catástrofe. ¿Había cantado alguien —un grito del subsuelo— o simplemente volvió a actuar la nada negra encima de mí? Desde entonces las palabras se han humanizado yéndose muy lejos de nosotros. Escritura imperfecta, así más verdadera y llena de impurezas, llena de mí mismo. —¿Hacia dónde iba con ella si sólo me subraya guiándome hacia una estrecha senda que se abre en la oscuridad del bosque? Apelmazar en el aire mi propio mundo, hacerlo cada vez más estéril a mí mismo.

15
Un cementerio de agua, en el fondo, muertos. Respira tú por ellos. El cieno les cubre el cuerpo y el rostro, les cubre todo el cuerpo menos la boca. Alguna vez hablan y despejan con palabras lo que cubre sus bocas. ¿Al hablar no despejamos nosotros el vacío?

16
No muchas palabras se necesitan para nombrar el mundo, pocas verdaderamente. Sin embargo las acaparamos todas, quedando todas finalmente rotas o desgastadas. Hoy mismo debí decir sol al menos tres veces. No hay día en el que no lo nombre para guardarme de mi propia luz, y así deberían hacerlo todos los hombres cada día. Un zorzal saltó hacia el cielo en cuanto puse la mirada en él—. Un deseo de que no lo haga, y así también deseo de que lo haga. Aún la extrañeza ante los hechos naturales sigue siendo la medida.

17
De nuevo de viaje, y de nuevo el cansancio de viajar, de ir a otro lugar solo en busca de la nada. Cuando corríamos en la niñez hasta el Chopo, lo tocábamos con la mano y volvíamos. ¿Qué tocas ahora allí donde llegas? ¿Una piedra con la forma de tu rostro? ¿Un rostro desgastado? Algo tocas pero no sabes lo que es. Otro viaje para llegar a ese punto de tu vida en el que ya no cuentas hacia atrás y en el que no cuentas hacia adelante. Cada vez es más dulce la vida, ha cogido grados como el vino. Los sorbos te dejan un regusto de dulzura, sin embargo viajar se ha convertido en un movimiento doloroso. Otro viaje rápido de mí hacia mí, un paisaje ya demasiado conocido y demasiado extenso para ser en él como soy realmente en mí. También demasiada quietud en el vértigo de la vida.

18
Sed junto a la fuente, y sedientos llegando en tandas. Beber directamente de la vida, del caño. Sed y deseo de descubrir, o de desnortar. Ando perdido en este tiempo de encuentros. Hoteles junto al mar. Rompeolas —Wellenbrecher—. Tus palabras llegan a ti con más fuerza. Te pisan si te cubres con sábanas negras. Sábanas negras en la nieve. Dormirse profundamente para que el ángel no enturbie tus aguas.

19
El buzo que se quita la escafandra. La muerte que nos arranca la máscara.

20
Mientras clavas los vientos de la tienda en un prado del Alto Jerte, el sonido de la piedra en el clavo. Tan diferente al sonido del martillo en los clavos.

21
Linarias de abril. Antes de que vuelva a llover, y de que se vuelva a cerrar el cielo nocturno con la bruma. En esas aberturas de nubes, en esos claros celestes Linarias de abril. Semillas de luz que un sembrador nocturno lanza al cielo, entonces se ilumina el semblante y la alegría envuelve con su luz verdadera todos los rostros  sumidos en la pobreza. —Era esta mi riqueza, una de ellas— y por eso abría el cofre de las ilusiones y el sembrador de Linarias era generoso. ¿No se llaman así esas pequeñas flores de color naranja que brotan en los prados ahora? Correspondencia entre lo que es y lo que no es. Un hilo tenso se rompe cuando alguna palabra de más sale de la boca: Linarias de abril para este insomnio. En la ventana se estrellaron las ventiscas y la lluvia, también estas semillas de luz más alejadas.

22
Allí un hombre con el nombre muy corto. Él mismo olvidó sus apellidos, su estirpe. Se quedó en un nombre muy corto. A veces una sola letra. Una inicial que es una antigua cicatriz y a veces pica. Como firma una raya que parte en dos su vida.

23
Una serenidad que llega a hacer daño. Pensamientos o semillas negras de pensamientos. Al esparcirlas por las arenas estériles sueñas que no vives. Así es la gratitud: lo que no se da se da. Siempre terminaban enrevesando las palabras lo que de alguna manera debías de desenmarañar. Por ahí no cortes el sedal, no vayas por la vía fácil. Al menos tenías en la mano negras semillas de pensamientos y se las echabas a los pájaros para que dejaran de cantar.

24
Había una mariposa atrapada en una tela de araña en la casa de un amigo muerto por encefalopatía, o un hombre en su ciudad reticular ahogándose en el aire negro. Una ciudad hecha para no salir de ella. Una ciudad desde la que contemplaba la tormenta de verano, la leche azul del cielo. Las nubes que se formaban y se deformaban como los rostros de un dios aturdido. Aire caliente levantando la hojarasca se llevaba lejos palabras secas. Cuando escribimos es para fijar lo que se desliza y así deslizar la realidad contra su propia naturaleza. En las afueras había una gran encina, era el centro o eje donde caían los rayos de las tormentas. El lugar donde concentrar tu energía. Uno mismo contra sí mismo atrapado en la propia red del ser, se revolvía en la desesperación como en un baile de agonizantes o en una danza de mancos. Nadie podía salir de esa tela, de esos hilos tejidos por la luz. Los que tienen alas salmodian el mundo y golpean sus alas contra la tela. Pero el sentido y el fin de las alas es subvertir el espacio, agrandarlo, no moverse, no revolverse, no entrar por la puerta de los otros hacia ti.

25
Cada vez valen más tus palabras, nos las vendes, no las das de sí, no te las comes, y casi no se las dices a otros. Cada vez más fortuitas, menos obedientes a ti, más libres que tú mismo y sobre todo, el silencio que conllevan, un gran silencio despiadado.

26
Ser una res. En mi lengua doy la vuelta a la palabra para que sea otra cosa. Muge, pasta, trota. Este es el momento en el que hombres y animales duermen. Aire e ira también cercanas entre sí, en alemán Wind und Wut, no tan cercanas, pero parejas. Ser es más que estar, una palabra más llena de nosotros. Ahí está la escalera entonces, la escalera que bajamos para estar allí, junto al primer peldaño, o un poco más allá, junto a la ventana abierta a la noche desde la que se ve parte del mundo. Junto a ese huevo o ventana se es, sobre todo se es. Sin embargo existe el sobreesfuerzo del hombre por alcanzar la maldad, y el sobreesfuerzo por conquistar la bondad. El mismo ímpetu, la misma relación. Mi propia luz debía estar acorde con la luz del mundo, y esa luz no debía quemarme más de lo necesario para ser la leve sombra de mí mismo proyectada en un suelo pobre. Pronunciamos poco nuestro nombre, y cuando lo escribimos en verdad no queremos escribirlo. Pronunciamos nuestro nombre sólo por obligación. Sólo cuando nos invocamos desaparecemos de nosotros mismos. Nos duele la garganta al nombrarnos en voz alta. El nombre es ángel de la guarda, y se escapa por la boca. Tienes un nombre poderoso y lo desperdicias, lo troceas para que tu ángel pase hambre de ti. Ningún poema es anónimo, siempre es de un poeta, y siempre lo más importante de ese hombre es su nombre, aunque se trate de un pájaro, del canto de un pájaro muerto.

27
Vivía al otro lado del río. Cada mañana temprano atravesaba el puente hacia ese lado de la ciudad. Al caer la noche volvía a casa atravesando el mismo puente. Entre la noche y el día había un puente. Un río separaba la noche del día. Durante más de cuarenta años el mismo trayecto, el puente entre el día y la noche. Ningún puente es feo, su belleza no depende de la forma. Al atravesar un puente, cualquier puente, la trascendencia entra en nosotros. Nos sobrecoge la altura, y nos atraviesa una corriente de emociones frías. Atravesamos algo más que un río, un instante eterno. Cruzamos nuestra propia corriente, nos atravesamos a nosotros mismos. Tablas y grandes palos apilados tras la casa. ¿Qué hacer con estos materiales? Todo menos quemarlos. Construir algo, un yo de tablas y palos, un tú de clavos, un él de cuerdas. Algo que nos proteja de la intemperie. El fuego interior de cada uno para calentar al otro. Y tal vez un puente.

28
Aunque empequeñecido por las apariencias, de ti, siempre una sombra larga. Dificultad de ser, como si pusieras demasiada fuerza en no gravitar, o caminar sin levantar polvo. Hay una gran oquedad revestida, la necesitabas para hablar. Incluso cuando quieres decir nada, dices algo. La misma idea del vacío se llena de palabras que nunca terminan de llenar el hueco que deberían taponar, como a un hombre al que hubieran condenado a hablar sin cesar hasta el final de sus días y así alejar a la muerte de los otros que callan.

29
La poesía no es verificable —quien escribe no hace otra cosa que cerrar con el hilo de las palabras la herida del mundo—. Un poco más allá de la poesía está la nada.

30
Al socaire, siempre al socaire del viento en estos días azules de febrero. Lo que me he dicho a mí mismo se ha ido lejos y se ha dispersado. No lo oigo. Tampoco quería escribirlo, someterlo a la gravedad. Me lo volveré a repetir de alguna otra manera dentro de poco. Soy mi propio animal doméstico.

31
No dejaba de mirarles hasta que se perdían. Un poco antes de que así  fuera, y de que aquellas figuras se desvanecieran en la luz o en la oscuridad, cerraba los ojos para que siguieran caminando dentro de mí. Nunca estos seres o figuras se daban la vuelta y regresaban. Yéndose de sí tal vez lo hicieran. Después de mirar algo largo tiempo hay que cerrar los ojos para que se ilumine nuestro ser. No hay revelación entonces.

32
Un jardín abandonado que se alimenta de sus propias hojas muertas, de sus propios seres, donde los árboles más fuertes se hacen con el espacio venciendo entre el caos. También las enredaderas y el zarzal. Los viejos rosales, con más espinas que rosas, o las malas hierbas vencen moldeando ese espacio cada vez más frondoso y oscuro hasta quedar cegado de verde y negro. De un verde cada vez mas negro y un negro cada vez mas verde. ¿Se cuelan allí alguna vez tus palabras? ¿Calan alguna vez, traspasan lo que querías decir? Te hace daño atravesar ese jardín. Sales de él con heridas y rasguños. Pero esa era tu misión, calar, atravesar, colarse, erosionar y no tanto decir, para ser sólo ese escritor desconocido que vive en una pequeña ciudad de provincias. Pero cuando escribías estabas en el centro del mundo. Una escalera para recoger los frutos estaba ahora tendida sobre un arroyo, una escalera para cruzar el agua con mucho equilibrio. Estabas en el centro del mundo, y te escorabas todo lo que podías hacia los límites.

33
Papel manchado de tinta, vino o sangre, sustancias que lo honran y hacen que las palabras húmedas se vuelvan más fidedignas a la verdad. Tiembla tu vieja mano mientras escribes una carta de amor. Hace falta mucha fuerza en la mano para palabras tan débiles. Ausencia de correspondencia entre tu pulso y tus palabras —evanescencia entre tus palabras y las suyas—. Largas y cansinas cartas, las suyas breves e inciertas. La rodeas con lenguaje y su centro es silencio. Sin embargo ella habla y tú callas. Pero tu caligrafía aún excelsa, bella y ligera. Una caligrafía de otro tiempo.

34
No eres el que realmente eres, pero sabes que no puedes ser otra cosa que eso mismo. Aurora en la que sientes el dolor de verte y de sentirte, de ser y serte. Cada mañana naces de ti mismo, no de tu madre. Hasta el último día de tu vida en el que morirás en una cama. Tu gran misterio es que no te reconoces en los espejos, en las fotografías.

35
Un perro ladrando en un socavón. Miras el hueco, que posiblemente esté lleno de agua. Te parecerá profundo, como un poema oscuro cuyas palabras no son más que arañazos de  vanidad en un papel. Socavón donde tu rostro aparece hundido, tu máscara de plomo en el cieno. Demasiado profundo para el que quisiera salir de ahí sin la ayuda del otro, o con la cuerda caída del sueño de un ángel. ¿Qué decía el perro con sus ladridos? Intentabas traducirlo. Eso era lo importante del asunto. Pero por no ser fiel a lo que decía te desviaste, buscaste la belleza a costa de la verdad.

36
Un perro atado, un pájaro en una jaula, un pez en un vaso, y el hombre que echa huesos al perro, deja grano en la puertecita de la jaula, y desmenuza un poco de pan duro en el vaso donde está el pez. Hombre que acumula en su yo las tristezas del perro, las del pájaro y las del pez. Las acumula, las agranda y las amplifica en la suya propia. Conciencia de la sed de los otros. No se iría muy lejos el perro si no estuviera atado, el pájaro no iría más allá del chopo que hay en los ojos del hombre, y el pez moriría en el lecho de piedras del arroyo del espino. Nada se alejaría del hombre, su sombra, su rostro, ni su yo. Así lo creo y así lo manifiesto. Un hombre como yo o como tú, cualquier pronombre, y todos o casi todos los nombres del mundo, los repetidos, los irrepetibles, acumulan en su yo la tristeza y las alegrías de los otros. Las hacen suyas para los otros. Cortar la cuerda, aplastar la jaula y romper el vaso.

37
Las palabras más feas que encuentras te las dices a ti mismo, palabras que nunca se escriben, palabras que sólo amortigua la culpa.

38
De nuevo ante una vela apagada. Una vela en el centro de la mesa. Vela que se apagó sola. Algunas veces una vela que tartamudea. No la apaga el soplo, ni tus palabras sucias que se enredan unas en otras hasta formar una madeja absurda. La vela que podrías encender para que te ayudara a ser, tartamudeara por ti en la oscuridad. Es lo mismo hablarle a la luz que a la oscuridad. Una vela, el único ángel que hay en la sala. La cera, el ojo corrompido, la lágrima que lo purifica y lo limpia. La vela y una cebolla partida. También la luz de la vela junto a la lamparilla de Santos, mariposilla de aceite en el agua —cuatro o cinco, no se pueden tener más muertos por cada uno—, las débiles llamitas del presente alumbran todo el vasto pasado: una llamita débil. Se proyectan a través de ellas los espectros en la pared blanca, sombras oscuras en lo oscuro. A contraluz les hablas, pero no les ves. Les dices quién eres en lo que no eres. Les hablas en su silencio y su silencio te deja entrar en ellos como el agua en la tierra. Les empapas a contraluz. Primero les empapas para después manar de ellos.

39
El paso de las aves hacia el Sur. Por un momento alzas la cabeza, la v, la gran v abierta, la punta de flecha. Así debieran ir tus palabras de ti hacia ti, más directas, más hacia lo otro. Punta de flecha del invierno, gasas de nubes irisadas, vendas blancas para las heridas del mundo. El paso de las aves hacia el Sur. Coros aéreos para un grito humano.

40
Frío en verano, también alguien ha muerto. La melancolía con su hiedra persiste en tu cabeza, en tu rostro, que a la vez que trepa se descuelga y termina ocultando tu rostro en la ventana. Hundirá un día la casa con su peso vacío. Este frío en los largos días. ¿Te sientes ahora lejos de Toledo, como en uno de aquellos veranos en Rontemburg Wümme en los que pintabas de rojo barracones alemanes? Tan lluvioso y frío como uno de aquellos veranos alemanes. Quien ha muerto va por la calle llevando en la mano una bolsa con fruta; flores de amor y muerte. Un verano alemán lluvioso y gris. ¿De qué año? Cada cierto tiempo, cada mucho. De la luz no tenemos memoria y de los veranos luminosos apenas su ceniza. Siempre un verano alemán tras un invierno alemán.

41
Nunca tuviste la intención de escribir libros, y sí el deber de escribir el último libro en el mundo. Tus palabras serían las últimas en ser escritas. No habría nadie para leerlo, nadie que pudiera aprenderlo de memoria y en voz alta contar aquello a los otros. El último libro en el mundo. En las últimas páginas irían los nombres, los millones de nombres de todos los hombres que habían sido en la tierra. Era sólo un acto de resistencia, una manera de perder el tiempo, de detener al destino.

42
El que curaba con palabras no era capaz de sanarse con las suyas propias, tampoco le curaban las de los otros. Pro-curaba no herir, no hacer daño con ellas. Le gustaba hablar cerca del fuego, de las lumbres. Sabía que las palabras se quemaban pronto en el aire, cerca del fuego. Herir con palabras, curar con ellas. No se suele hablar delante de un espejo. El yo se mira, el yo más silencioso. La máscara es el rostro mismo. Hablaba delante del espejo para empañarlo con sus propias palabras.

43
Esgrima frente al salto de trampolín. El agua y la herida. Uno basado en la necesidad de luchar, el otro en la necesidad de saltar. Dos grandes ejercicios de belleza.

44
Anillaban pájaros, recogían todo tipo de información sobre ellos, medían sus alas, el pico. Esperaban junto a una red a los pájaros a la sombra de un algarrobo. El cuaderno del anillador era muy parecido a este, una Moleskine de tapas negras, una caligrafía limpia, datos: aquí contra-datos, y una manera de escribir muy sucia. Escribí: miro los pájaros, tejedores de lo invisible. Una tela de luz. Al final los chillidos de estas aves imaginarias. ¿No suena igual la tejedora, esa máquina vieja en ese telar de las sombras?

45
En las ciudades viven hombres y pájaros. Hombres y estorninos, bucles de estorninos en el cielo. Los millones de estorninos de Roma volviendo a los árboles de las orillas del Tíber al caer el día. Bandadas de estorninos que oscurecían el sol. Nunca vi una bandera negra tan grande. Ondeaba sobre la ciudad una bandera negra en el cielo. La bandera de Roma es negra, es una bandera de estorninos, y más allá de Roma estaba el Jerte, y un poco más allá del Jerte, el Zézere. Dos palabras vienen de la misma raíz. Escritas en la arena con este palo, una sobre otra, comidas por la luz. Zézere en este puñado de arena. Dos ríos que se llaman igual. Más allá del Jerte está el Zézere.

46
Tiétar, Jerte, Alagón, Zézere, los ríos de mi país. Mientras veo nevar escucho estos nombres. Los nombres de río son más extraños y misteriosos que los de las montañas, que inamovibles están quietas para siempre en los ojos. Un hombre termina arrancándole el nombre, un hombre hipnotizado. A un río el nombre se lo pone Dios, y Dios habla en la boca del viento.

47
Alambres de espinas. Aún se fabrican y aún las agarras para arrancarlas. Todavía ves grandes rollos de alambre de espinas esperando en las cunetas.

48
Una vela en el suelo, una luz que fluye de la misma tierra.

49
Un puñado de supervivientes en la niebla de la historia y en el silencio del mundo. La última forma de habla, los últimos signos —el último escribano, no ya un poeta desmitificador, sino un antropófago de sí mismo, un desmitificador o esparcidor de semillas en el océano seco—. Al final de ese viaje, un grupo de hombres entorno a una última lumbre. Allí, a sus espaldas el frío oscuro del mundo mientras celebran una ceremonia de reconciliación. Le entregaban las últimas palabras al Dios de las tinieblas. Chispazos de piedras que chocan en la noche. En la oscuridad mas absoluta chasquidos de guijarros y chispazos. También luciérnagas balizando una senda. Y ahí ser yesca, ser al final un poco de yesca en la mano de alguien. Que lo poco que quede de ti sea yesca, un poco de esa materia última en la que tú propicies el fuego y el lamento de los otros en torno a una lumbre. Cuánto ha costado que te prendan, cuánto que la primera llama que de ti salga termine prendiendo esas malezas secas. Dar luz y calor en la fría noche. Sólo ser yesca.

50
Intenté hacer lumbre a la manera de los hombres de la niebla. Desfallecí antes. Bello y enorme fracaso.

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