18/5/17

Luis Luna, presentacion Fabrica de la seda, Universidad Aldo Moro de Bari, 25 de Mayo







[Palabras de Luis Luna al libro FÁBRICA DE LA SEDA, presentación en la Universidad Aldo Moro de Bari, 25 de mayo]

Por un instante, ángel

Unas sílabas de pórtico a La Fábrica de la seda, de Miguel Ángel Curiel

Alguien, como dice Miguel Ángel Curiel, ha dejado abierto el poema. Alguien que probablemente ya no es, aunque haya escrito este poema, una y otra vez sobre cualquier no lugar en un momento de la historia. Debería haber comenzado estas notas diciendo quién es Miguel Ángel Curiel, que es, además de uno de los poetas más reconocidos de los últimos años en España, con libros tan señeros como El verano (2001), Un libro difícil (2005) Diario de la luz (2008), Los sumergidos (2011), o Luminarias (2012), entre otros , alguien que, como Zurita, como Gamoneda, como Chantal Maillard como los grandes nombres en castellano que deben quedar para la posteridad, un poeta-pájaro, un poeta-árbol, un poeta cuya poesía nos hace estar dentro y no como simples lectores en un afuera pasivo. No se busque pues una palabra mesiánica, una palabra periferia que diga al lector alguna verdad revelada. Nos encontramos ante un libro compuesto por dos textos que inciden en la creación y re-creación del poema. Y por tanto en la creación y la re-creación del campo denominado “La Fábrica de la Seda”. Hay en ellos fulgor, como solo puede haberlo cuando el poema vive y respira, pero ese fulgor brilla en la esperanza que surge del dolor mismo. El dolor, la memoria, son centros irradiantes. De ellos parten las sílabas de lo indecible, pues hay hechos tan infaustos, tan indignos que no se pueden decir sin que a uno se le llene la boca de pájaros muertos. No cabe una exégesis, ni una interpretación. Solo cabe situarse ante las puertas del mismo campo de concentración, de la Fábrica de la Seda, para internarse en él. Por eso que Primo Levi llama la suprema dignidad de la palabra en cuanto que memoria viva.

Los campos de concentración españoles fueron supervisados de cerca por la Gestapo y fue un destacado oficial nazi,  Paul Winzer, jefe de la Gestapo en España y jefe durante algún tiempo del Campo de concentración de Miranda de Ebro, quien según algunos historiadores como Egido, organizó la red. Se trataba por tanto, de réplicas de los campos nazis, con sus kapos, delincuentes comunes que se encargaban de otorgar más terror si cabe a un espacio como el que nos ocupa. Como todo el mundo sabe, la Guerra de España, como la llamaba el presidente de la legítima República, Negrín, fue la antesala de la  Segunda Guerra Mundial. En ella se citaron en furioso combate la libertad y el fascismo y, desgraciadamente, venció el último. Por eso los campos de internamiento siguieron existiendo, reciclándose en otros nombres y aparentando una legalidad que nunca tuvieron.

Y Curiel, el poeta de la palabra-luminaria nos sitúa allí a la entrada, en los alrededores, antes y después del no-lugar. La voz poética se interna allí con el mismo pavor, con la misma entereza de los que sobrevivieron para contarlo. Tiembla esa voz y se hace hombre y mujer del aire, envuelto en la niebla de un territorio donde al entrar uno ya sabe que existe menos, que la vileza ha cerrado la puerta con un candado de nieve para que se le olvide, que es un judío, un homosexual, un anarquista o un comunista, que es alguien del que el mundo debe prescindir y al que para privarle de todo, se le asigna un número, del que incluso Pitágoras hubiese apostatado.

“Los vencedores se pudren en vida y los muertos empañan con su aliento el gran cristal del cielo.”  Dice la voz y es justo ahí cuando el poema se abre para dar paso a la ciclicidad de todo texto cuando es digno. La voz es la memoria, el tiempo del poema es vertical, como dice Bachelard. Y en ese tiempo caben todos los campos de la ignominia, los que según el tiempo inventado de los hombres, son y serán. Y es que estos textos que forman el libro no son solo un testimonio del Campo de la Seda, sino que interpelan a cualquiera que asista al festín de los amanuenses del dolor, de los calígrafos de la nieve que saben lo que significa una alambrada en medio de ninguna parte. Es por ello que los grabados de Juan Carlos Mestre aportan la voz de la acuarela, porque hay palabras que no terminan de decirse y hay que dibujar, marcar como Goya o Picasso el grito y la sonoridad de los cuerpos cuando quedan amortajados en la niebla.



Alguien, como decía ha dejado abierto el poema y nos necesita para seguir escribiéndolo, para datar todos los nombres de quienes nos faltan, de quienes siempre acaban faltando. Juan Carlos Mestre tiene un verso, “son los mismos” dice él, para hablar de este tema: son siempre los mismos quienes odian la vida-árbol o la vida espiga, esa que no tiene más sentido que alzarse hacia lo alto, respirando siempre en los almiares de la honestidad. Y luego están las voces como las de Miguel Ángel Curiel, como las de Celan que intentan grabar con el buril de la memoria los nombres en la merma del llanto, allí donde por un momento, por un instante de implacable lucidez , el hombre es ángel.


Luis Luna

2 comentarios:

  1. Maravilla Miguel Ángel. Hasta pronto y abrazos

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  2. Gracias Arantxa
    Espero que te guste este libro a pesar de las palabras de mi amigo Luis, que siempre es demasiado bueno conmigo.

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