21/5/17

LUMINARIAS II (FRAGMENTOS 50-100)



   (LUMINARIAS, y LUMINARIAS II, están publicadas en la editorial Amargord, Madrid)                                                                              

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50

Intenté hacer lumbre a la manera de los hombres de la niebla. Desfallecí antes. Bello y enorme fracaso.



51

Mañana eclipse de luna. Hay que escribir a saltos, siempre hacia adelante. Grandes saltos para dejar menos huellas. El rastreador, el que lee te confundirá con un gigante.



52

Los libros en los que apoyaría mi cabeza para hacer de ellos una almohada dura. Dasein.



53

¿Es ahí donde se refleja esta noche el infinito? ¿En un charco? Incluso la poesía desconoce los límites de sí misma, y según se avanza, las palabras quedan más distantes unas de otras, más desprotegidas en medio del absoluto que ya no las oye. Sordas y apartadas, rotas en el intento desesperado de decir —salí de un hombre—. No hay razón de mensaje. Los ojos  llenos de inmensidad pesan en el rostro como campanas. Ser absorbido por la oscuridad. La humanidad un aliento de vaca rumiando hierbas negras en su estómago. Infinito en el que un poema atisba sólo eso. El océano parece un ojo cerrado con nosotros dentro. Sólo si se abriera un instante, un parpadeo de la mirada desesperada del hombre. Encerrarlo todo en unas pocas palabras, comprimir el mundo como un músico hace en las notas. El océano es más inquietante que el cielo. Pero aquí están las aguas de los charcos, que por su color oscuro querrían decir que son profundas.



54

Munch y sus gritos, Giacometti y sus seres desinflados. Una lepra del espíritu, la única enfermedad que cura a las otras.



55

De nuevo Heiddegger, las palabras neutras de Heiddegger. El ser, el destornillamiento del ser de sí mismo, o la holgura del estar en el ser. Ël que escribió a máquina los textos que necesitaban del pulso de una mano rota.



57

Gota de vino en el papel. Una señal, señal de nada. Apreté con la yema del dedo la gota. ¿Señal de qué? ¿Qué significa eso ahora que nada significa algo? El círculo no es más que la recta vital de uno mismo, o al menos es atravesado dos veces. Recta larguísima, inacabable, horizonte a tu espalda y al frente, y sin embargo no se sale nunca del círculo de la experiencia.



58

Música de lluvia en la piedra del claustro: música de lluvia. Imagino un instrumento celeste en el que las gotas tensaran las cuerdas de un arpa universal, gotas y cuerdas. Nadie podría tocar ese instrumento, rasgarlo sin sentir que se va a quemar o a electrocutar —un instrumento de silencio—. Un solo rasgueo en las cuerdas y se esclarecería el mundo en los grandes claros de mi cabeza. Desde hace muchos días llueve. Lo ojos son como dos caracoles subiendo por el muro blanco, mirada lenta y pesada del hombre que vive en la lluvia. Cinco meses seguidos de lluvia. De vez en cuando el sol para que no olvidemos quienes somos, para que veamos claramente esta parte del mundo. De noche corro las cortinas. Reía mientras llovía, sólo eso, un hombre que se reía en la lluvia, un hombre desprotegido que se mojaba y se reía de sí mismo.



59

Entrar en una zarza. Cuanto más dulces sean tus palabras menos daño te hará el propio dolor de ser. Sin embargo, mientras entras en la zarza, exabruptos, palabras enrarecidas, insultos graves a los ángeles y a los seres sin cola, como si el dolor se fuera más lejos de ti por eso, esforzándote en ser más allá de tus límites. Dentro de la zarza el pájaro de la vida. No había otro modo de entrar, uno sólo responde al grito con la mueca helada de su propia máscara.



60

Un periódico cuyas hojas nos ayudan a encender la lumbre: las palabras de hoy contra las de ayer. Debes agacharte y soplar para que prendan las ramas. Ramas y palitos muy secos junto a un leño. Palabras secas de ayer que soplas para que ardan, como en tus propias extremidades la enfermedad lentamente hacer arder la lumbre interior de la vida. También agonía y afonía, el hilo de voz de las últimas palabras. Alguien toma ese hilo y teje un sentido, pero se queda corto. Ni siquiera llega para un pañuelo blanco. —En los ojos del moribundo una llama débil y vacilante cuya sombra tiembla proyectada en el techo. Su último aliento apagará la vela de su vida. Moribundo que ha pedido un periódico para leer el ayer—.



61

Siempre huésped de alguien. Hay ciudades en las que me resultaría extraño alojarme en un hotel. Alguien me aloja, me da cobijo, me arropa, me entrega las llaves de su casa, me recibe, me enseña a abrir y a cerrar su casa. Sopesas esas llaves, las miras bien porque casi siempre hay tres puertas en los castillos; la llave del agua y la llave de la luz. Cuando desaparezcan las llaves habrá que memorizar combinaciones de números para abrir las puertas de la amistad. Para poder entrar sólo será útil la memoria. Una vez que la vida se haga simple y esencial las manos quedaran libres para siempre. No abrazaremos a nadie, no le daremos la mano a nadie. No utilizaremos las manos más que para lavarnos la conciencia en un grito de aire. Será la voz la que trabaje. Todo se abrirá y se cerrará a nuestra voz en un mundo esencial y minimalista, una red de nervios azules, una mística vacía. Las puertas transparentes, los peces en peceras de aire. Esas puertas transparentes y los hombres dormirán sentados en el aire. Depende de los sueños de cada uno la altura a la que duermas. Los techos de cristal, quien más alto duerma será el más alegre y feliz. Malo si tu cuerpo debe quedar en el suelo sintiendo el propio peso. Sin embargo nunca aspires a dormir en altura, sólo a unas cuantas cuartas, en lo somero de ti.



62

Quien traza un círculo en la vida nunca lo termina. Necesitarás más que unas buenas botas y unas buenas piernas, es demasiado grande para cerrarlo. Sin darnos cuenta habremos trazado al menos un ocho. Había un camino en las cercanías de Korvach, en el país de Valdeck al que llamaban el paseo del ocho, una senda entre bosques de abetos y abedules de unos doce kilómetros, que también era conocido por el nombre del Lebenweg. A lo largo de ese camino en los campos abandonados había espantapájaros. Hombres de paja en el que se posaban los grajos. Atraían cada vez a menos grajos. Cantos de hielo negro se rompían en el aire. Escribir de la alegría de una manera triste abundando en la melancolía: hablar de la alegría con palabras heridas, de manera triste. Depende de si el espantapájaros está en el centro del campo o en la esquina, de si puede hablar o sólo girar los días de viento, de si tiene mala o buena sombra y los brazos extendidos. Belleza de esos hombres de paja que habitan la poesía española, y no la de nuestras voces amargas, demasiado amargas.



63

Se hundió el palco. Todo estaba mal hecho, los barcos, el estadio, los colegios, los hospitales, el país. Mal hecho y ahora vuelven las cabras para pastar las palabras duras, y que sólo ellas pueden comerse. Un estiércol demasiado fuerte para estas flores azules. Un país mal hecho desde el principio, y las cabras se comen los toldos y las camisas que se secan al sol, tu barba de patriarca se comen si te quedas entre-velado a la sombra del espino.



64

Toda la noche ladraron los perros de la Chanca. Ladridos secos en intervalos de tres, a veces de cuatro. Así estuvieron mucho tiempo, primero me despertaron, y después me durmieron. Me agarré a esos ladridos para volver a dormirme. Nuestra voz está hecha para las palabras, para el canto, para el silencio. Esos ladridos en mitad de la noche. ¿Qué alejaban, de qué nos defendían? No encuentro la respuesta, podría ser cualquier cosa. Entonces mi silencio es digno y no debo romperlo, un silencio casi puro, como el de las manzanas. Esos perros ladraban para sacar la luz de sí, el temor, como las campanas, no se rompen con el frío. ¿O ladraban sólo para oírse a sí mismos en el silencio oscuro de la noche? Quizás para oírse en medio del mundo. Así lo has hecho tú alguna vez en medio de bosques y llanuras vacías, y jamás en la ciudad. Has gritado alguna vez cuando no había nadie cerca sólo para oír tu fuerza, tu destino, tu soledad, pero jamás en la ciudad, donde se habla bajo, se cuchichea y las palabras ocultan la verdad.



65

Todas las palabras son opacas y los signos el resumen del mundo. En cualquier palabra reside el mundo y no se puede comprimir más. Este fue el primer ejercicio de abstracción del hombre, y la danza la primera sublimación de lo animal. Las palabras suenan en la voz y el mundo se esparce, los sonidos son libres. Cuando el río se calla en verano nosotros debemos hablar para fluir, debemos hablar como la corriente, fecundar con palabras el silencio. Te oyes en una grabación, oyes tu voz y no dejas de pensar en la contra-voz de ti mismo, en una segunda voz perdiéndose en el aire. Te hubiera gustado encarnar un coro con tus voces, y no esa voz solitaria, rota, que no parece de lugar alguno, y sí de todos los lugares por los que has pasado.



66

Espesura del bosque, arroyos desbordados, vivacidad de la propia vida, incluso la muerte ayuda al verde, a reverdecer, a llenarse de luz antes de que el viento haga que todo baile con todo, y sin embargo ante esta sinfonía tu vida es lo único que es un desierto.



67

Una raya que separe esto de lo otro. Lo terrible de la raya humana es su principio y su final, su finitud, su terrible humanidad —como cuando recoges la cuerda de ti mismo—. No la idea de la raya absoluta, del atrevimiento a trazarla en un suelo demasiado angosto para separar la nada de sí misma, o advertir de la inconsistencia a lo que no es. Una raya en el suelo más larga que tu vida, o al que han condenado de por vida a hablar desde la raya. Pero era tan fácil, y te sentías bien viendo tu sombra al otro lado de la raya. Así en la propia vida bastaba dar unos pasos atrás, como si vida y existencia no fueran lo mismo.



68

Lumbre mal apagada, como una ilusión desordenada. Es lo mismo, pero el aire no me sostenía en el aire, ni siquiera se sostenían mis palabras. No bastaba pisar la lumbre, ni echar tierra sobre ella. Siempre estará mal apagada la ilusión de ser, y sin embargo nunca hemos querido borrarnos del todo al escribir nuestras miserias.



69

Con viejas vigas la casa nueva. Las piedras siempre son viejas. Con piedras de los cercados una casa transparente: después de los remolinos del yo, las hojas del tú a mis pies.



70

No me des muchos años vida, dame sólo lo que tú eres, una vid de sí mismo, un racimo de uvas del cristal de la muerte. ¿Pisaría esos cristales para herirnos los pies, nuestro propio mosto, ese que se beberá la oscuridad?



71

Palabras contra hechos. El viento no se lleva las mariposas por muy racheado que sea.



72

En ese puente la voluntad de pasarlo para no volver. Te detienes mucho tiempo a la entrada de ese puente,  pero no para pensar, y sí para sentir esta vez tu cuerpo, tu peso, pues algo va a sostenerte. Un puente en el que sientes su peso. Intercambiar el peso del puente por el tuyo.



73

Nubes de Norte, rápidas, el solo aliento del frío. Uno que fuma despacio junto a la lumbre.



74

¿Cómo ser sabio en esta época de las exhalaciones? Ante la imposibilidad de rebelar, desvelar al menos una nueva manera de ignorancia. Un nuevo ignorante, no un nuevo hombre, sino un nuevo ser tal vez fuera del hombre. Tus palabras más estériles eran las más verdaderas, con pocas abarcabas tanto. También el ángel de nuestra época era subterráneo, sólo aletea para romperse y ya no nos acompaña en la chepa, sin embargo pesa, es sólo sobrepeso de nosotros mismos.



75

Nadie es inmortal, la misma palabra lo rechaza con fuerza. Sin embargo la escribimos muchas veces en un papel negro: inmortal, la inmortalidad: La palabra mortal está llena de vida, es más luminosa, diría sobre todo que se trata de luz, y por eso esta apenas la escribimos por desconfianza. Mortal, una palabra que no pertenece a la muerte, que está sobre todo vinculada a la vida, que rige su centro. Palabra que sube y baja. Nunca conté los escalones que suben hasta el alto, que suben a la cueva del cielo. Una larga escalera de piedra. Nunca conté los escalones y no creo que alguna vez lo haga. Pero esa idea está siempre en cualquiera de nosotros, como lo están los escalones y la escalera.



76

De nuevo en los Altos del Piélago, en la cima de las Tres Cruces. Visión absoluta, un paisaje ancho y largo y una tierra reverdecida, un mundo que exhala vaporosas brumas, aguas en llamas, balsas de agua lejanas hacia el Arañuelo. No estaba solo, conmigo se encontraban un par de amigos de los tiempos de Talavera. He intentado que ellos sintieran lo mismo que yo, mi vacío, pero también mi pequeña felicidad. Permanecimos allí arriba en silencio un buen rato, después estuvimos trenzando nuestras voces y nos remontamos muy atrás en el tiempo recordando aquel día en el que vinimos por primera vez a estos altos del Piélago de San Vicente. Hicimos noche allí arriba, y estuvimos muy cerca de las estrellas durmiendo bajo un frío muy cálido. Al final también paisajes quemados, árboles negros. Me hubiera gustado vivir en otra época, en otro tiempo menos convulso y acabado, y no en estos días del fin del mundo, o que mis libros hubieran tenido mayor recorrido, a las puertas del futuro, a las puertas del aire del futuro, no a las puertas giratorias del presente. Ese árbol negro, he estado escribiendo con un palo negro esto —palabras tiznadas—. Que mi fuerza sea la debilidad, que ser débil me haga fuerte o frágil. Toda mi energía y mi fortaleza hechas para la debilidad. Que mi flor sea el cardo. E invertirme, vivir dado la vuelta. Una fuerza que no salga de mí, que se quede dentro de mí. Me ha vencido el alcohol, y he vencido al alcohol, que esto esté escrito así, de manera cruda y transparente, real, una simple anotación a pie de página. No podía traicionar con palabras este campo recién nevado, esta hoja blanca.



77

Lazo, lazada. Una única voz se entrelaza. Tu lazada vital  lentamente se cierra y algo coge, algo se lleva con ella.



78

Se ha puesto el sol y ahora comienza la escritura. Una especie de paseo con la mano, y no hay camino, no hay camino de vuelta ni de ida. Nunca he creído en mi obra, y sí en la necesidad de la escritura.



79

Frío que calienta. Siempre calentó el frío, y el huésped entraba hasta la cocina donde estaba la lumbre y una botella de vino mas oscura que la noche. Lumbre que danza, habla, se duerme, chisporrotea para decirte al oído todo lo que trae el viento. Todas las palabras del invierno terminan en ella —grandes palabras que chisporrotean—. Son tan importantes como la leña. Esta es una lumbre que se alimenta de palabras y leña. Manos y pies calientes. Por los pies entra el frío que sale por las manos. El escritor es el único animal en el que las manos y los pies hacen la misma función.



80

Un largo viaje en tren, de nuevo mis huesos golpeándose contra las ramas. Se remueve mi conciencia, los ojos se queman en el paisaje, las palabras se van quedando atrás, una estela de ti. Vacío que deja la velocidad, el tren. Una estela de ti en el vacío. Palabras que se van quedando atrás, y las decías no para ti, pero tampoco exactamente las decías para otro. Extraños y vagos pensamientos del viajero. Luego te has dormido al pasar por una ciudad pequeña y te has despertado en París. Un largo viaje en tren. Se han reído de mí por no querer coger aviones, por querer ir a pie de mi casa hasta el mar.



81

Claridad. ¿Qué podría hacer esta palabra por sí sola en el papel sino oscurecerlo todo? Tan absoluta lo dispersa todo hacia sus límites. 



82

Mariposa quieta en una hoja. Poco tiempo se queda en la hoja y poco tiempo en el mundo. Su brevedad es el signo de la eternidad, con su brevedad medimos los destellos de la conciencia. Una mariposa que se abre y se cierra como una puerta expuesta al viento. Esta vez los golpes de sus alas son más violentos que los golpetazos de las puertas.



83

Alguien nadando en un río. De pronto se levanta y el agua sólo le llega hasta la cintura. Pensabas que era más profundo y que no haría pie. Tú eras el elegido para leer esta noche los poemas del muerto, entonces el médium con el que se haría oír en la sala. –No se echó a suerte ese turno, todos pensaron en ti al sentirlo a él—.



84

Es la primera vez que estas aquí. Pocas veces escribiste el nombre de este lugar, acaso un par de veces, pero no recuerdas con qué intención. Espacio ancho de cielos muy altos. Esa palabra tenía que encerrar ese trozo de mundo como un paño envuelve una piedra, pero lo encerraba con su luz y el lugar quedaba encerrado dentro de la palabra. Pero pocas veces ocurre que la palabra sea fiel a lo que nombra, y que lo nombrado se deje nombrar plenamente. Era la primera vez que estabas aquí y tenías la sensación de que era la última.



85

Encender velas para aclarar la penumbra. En realidad no alumbran, sólo clarifican un poco la oscuridad, como las palabras del poema al enfrentarse a la noche. Dan un poco de luz a los ojos quemados por el día. Cuando hay demasiadas velas encendidas en una casa es que hemos abierto un templo a la nostalgia. Pero si sólo encendemos una esa es para nosotros mismos, esa es la vela de nuestro ser. No todas las velas se queman a la vez. Yo seré la que más tarde en consumirse. ¿Quedará mi luz en alguien?



86

Grietas, espacios agrietados. Nunca son rectas las grietas. Lo que se abre, lo que se resquebraja, tiende a ir de un punto a otro buscando el dolor.



87

Llevas un paisaje dentro. Poco ha variado dentro ese paisaje desde que te fuiste. Te resistes a abandonar el lugar abandonado. Está para siempre en tus ojos, cualquier ventana a la que te asomas es para volver a ver ese paisaje. A veces no ves nada, o todo se vuelve transparente para dejar de ver otras cosas más alejadas e indefinidas. Todos los paisajes los mides partiendo de él, en él los compruebas todos, y aunque te asombren otros bosques o montañas, otros valles y llanuras, nunca podrán ocupar ese espacio que ha quedado vacío dentro de ti. Un paisaje mesiánico, redentor. Si volviera sería para estar dentro de él cobijado para siempre o para deshacerte en él. Esa es tu fuerza, el paisaje que llevas dentro.



88

Este nuevo día es verdaderamente nuevo. Un bautizo de luz. Pero estás solo, y no puedes decírselo a nadie. Solo si lo escribes, solo si te desangras por la mano. Y no puedes escribir contra el invierno, solo contra uno mismo. El invierno. ¿Y no era el verano el infierno? Cómo podríamos cambiar la relación tan absoluta entre estas dos palabras. Lo mellizo de ella: escribir cada vez es más un acto erótico.



89

Montañas imprevisibles, hombres imprevisibles. El efecto de la altura es siempre mayor a cualquier otro. Un mayor grado de inconsciencia, de perdida de la consciencia al llegar a una conciencia mayor. Diría que una consciencia desprovista, esencial, como hay una profundidad ajena al lenguaje. ¿Polvo de tiza o harina? Y el polvo de todo, que se posa sobre la máscara, sobre los libros, como nuestros pensamientos más leves en el laberinto del ser, sin continuidad. La soledad es un océano de mí mismo, yo mismo perdido en él. Un paisaje, el sol en su cenit, un solo árbol proyectando su sombra en el suelo requemado. Hierba que ya es solo yesca. Ardería rápida ante el aliento de un animal jadeante, o las chispas de algunas estrellas. En línea con el árbol un hombre, y también su sombra. Todo se desdobla en la luz. El árbol como testigo del no tiempo, el hombre como testigo del tiempo. El único árbol en este páramo como protegiendo al hombre que piensa en sí mismo como algo extraño, sintiéndose extraño dentro de él y aún más extraño fuera de él: un contraluz de su propia existencia, un ser más allá de lo que es. Un solo árbol protegiéndonos del mundo.



90

Un hombre anómalo. Qué palabra más intranscendente y a la vez extraña. El diagnóstico del filósofo siempre es fallido. Culpa del lenguaje, de la inmersión en la transcendencia.



91

No es fácil desdecirse y tampoco reescribirse, pero esa es la labor del hombre, desdecirse y reescribirse hasta que la boca esté seca y la mano cansada. Uno que sólo decía yo y escribía tú —lo más lejano entre lo uno y lo otro era él—, así lo singular se multiplicaba hasta el paroxismo de no ser. Al menos uno que se escribió cartas a sí mismo. Las tenía que abrir y entonces abrirse aún más a los otros. Abrirse como si se cerrara. Las leía en voz baja, y tenía miedo de sí mismo.



92

Aspersores, sonido de aspersores toda la noche, y grillos quemándose. El hombre se da a los ruidos, los provoca. El mundo, la naturaleza se da a los sonidos y estos son la forma de decir de ella. Pero los ruidos del hombre no forman parte de esa armonía, sus ruidos constantes hacen callar a los sonidos. Sin embargo allí en total silencio un globo aerostático en el cielo. Es la imagen en la que se proyecta mi sentimiento de culpa, leve y ascendente.



93

A veces todavía un poema de L. Cernuda alivia, un poema sombrío y triste de L. Cernuda alivia en tu sombra triste, en tu oscuridad diurna, donde todas las ventanas de la casa están con las persianas bajadas, como si no quisieras luz alguna, persianas bajadas donde apenas puede calar la fuerte luz del verano. ¿Y porque habría de protegerse de la luz extrema del verano? Y si un poema de L. Cernuda, un poema aleccionador, como el consejo de un buen amigo. Unas palabras sinceras que llegan a través de un teléfono, palabras que de verdad quería oír y que te allanan los pliegues del dolor, que una vez extendidos como una sábana blanca quedan los pliegues y las líneas de todos los itinerarios posibles. Líneas en las que tú ves caminos arbolados, caminos con buena sombra para los días de calor, y es la luz de ese haz la que se cuela por la persiana la que te ayuda a leer ese poema sombrío y pesimista de L. Cernuda, y no das las gracias a nadie por ello, porque se las tendrías que dar al mundo, y entonces serían unas gracias demasiado mundanas.



94

Un nogal expandiéndose en el futuro. Lentitud la de las cosas verdaderas. Expandiéndose en el futuro, en lo próximo, un nogal. Ya no lo veré ir hacia arriba, irrumpir de la tierra, no seré testigo de eso, pero la sola idea, esa idea que transcurre sólo en mí, me da fuerzas para imaginarlo, para ser en él, en lo próximo un árbol poderoso de paso lento. Ya lo he visto una vez dentro de mí. Ahora tienes que salir fuera, irrumpir en el mundo. El sentimiento profético, palabras muy seguras de sí mismas, de lo que dicen, de lo que revelan, escritas o dichas siempre en lo próximo, y así debía ser un árbol de madera dura, un árbol firme como palabras firmes. Tú ya no lo veras, sin embargo sí ves ahora esas higueras que salen de los viejos muros,  que atraviesan las grietas de lo viejos muros y los mojones de los puentes. Espacio oscuro entre dos piedras o losas. Higueras que afloran en la estrechez de las juntas: Una manera de ser contra lo que fui. Una fuerza interior estéril que se abre paso por las grietas del ser. Aparentemente esas higueras fuerzan las piedras para abrirse paso, pero sólo son silencio y apenas dan frutos. Se trata de una lucha sólo por ser, por sustentarse en el aire, en el vacío.



95

Hacía ya mucho que al tener que escribir números lo hacía con sus letras. Una manera más de resistencia y no una manía. Lo malo y bueno de esto era la posibilidad real de que todas las palabras se pudieran de alguna manera cifrar. Después la mudez total. Escribía con letras su edad y su fecha de nacimiento.



96

Que para recorrer entera la esfera haya que conquistar estas amplias y espectrales llanuras, donde la existencia se pliega en ti. Es un paso constante y cansino para el ser y acaso luminoso para el cuerpo. Línea que se quebrará, línea que parte en dos el mundo. Te niegas a cruzar ese tipo de rayas, a dejarlas atrás, como mucho las pisas o piensas en un cable muy tenso por el que podrías caminar en el vacío —equilibrio de la escritura—. También te niegas a trazar las líneas. Cuando tachas no niegas, afirmas. Horizonte, única línea a la que nunca llegarás. La única que tú trazas aquí para los otros. La esfera llena de planicies.



97

La nieve que se posó esta noche mientras dormía. Inicio de un libro. Entre tanto un sueño lluvioso y un río fuera de madre.



98

He aquí un texto totalmente tachado que aún se puede leer. Nos sería imposible escribir sobre la línea, es demasiado recta y precisa, y la hoja en sí, el espacio mas vasto del ser. Lugar donde la escritura se pierde para que acaso nos reencontremos. Una vida en miniatura y la sensación de no haber estado en el mundo. Cuando la memoria se convierte en ese vasto espacio de la escritura en el que te pierdes al volver por él, y no sólo eso, también alguien te ha encontrado de casualidad junto a un río seco del que habías olvidado su nombre. Era así que te reescribías, así que acumulabas palabras junto a la muerte con la caligrafía de un muerto, temblorosa y lenta mano que escribe en el aire. Un vasto espacio que llena tu cabeza, y el sol que llena tu cabeza, y el infinito que llena tu cabeza. ¿No deberías haber dejado en blanco el futuro? Alguien que te conocía. Un vasto espacio, una inmensa llanura. Desde la ventana un paisaje nevado, blanquísimo. Sobre la mesa una hoja inmaculada. Ahora debo elegir entre salir fuera y pisar la nieve, paisaje de nuevo virgen, dejar mis huellas o ensuciar la hoja. Pero sería como escribir con guantes y caminar descalzo.



99

Aún te acuerdas del primer día de tu vida. Muchos trozos de ti, de esa luz, de esos instantes son fogonazos que iluminan y dan sentido a todo lo demás. Trozos que se cosen a otros con tus palabras, y se desgarran no por las costuras, sino por las rasuras y los tejidos podridos del ser.



100

El viento engaña al pescador de cascabel, el puntal es demasiado sensible. El puntal de una frase larga es la mano que tiembla; de joven escribía en los autobuses y esto hace que en la caligrafía de aquellos cuadernos aparezca un viejo, y una mano de movimiento engañoso.


18/5/17

Luis Luna, presentacion Fabrica de la seda, Universidad Aldo Moro de Bari, 25 de Mayo







[Palabras de Luis Luna al libro FÁBRICA DE LA SEDA, presentación en la Universidad Aldo Moro de Bari, 25 de mayo]

Por un instante, ángel

Unas sílabas de pórtico a La Fábrica de la seda, de Miguel Ángel Curiel

Alguien, como dice Miguel Ángel Curiel, ha dejado abierto el poema. Alguien que probablemente ya no es, aunque haya escrito este poema, una y otra vez sobre cualquier no lugar en un momento de la historia. Debería haber comenzado estas notas diciendo quién es Miguel Ángel Curiel, que es, además de uno de los poetas más reconocidos de los últimos años en España, con libros tan señeros como El verano (2001), Un libro difícil (2005) Diario de la luz (2008), Los sumergidos (2011), o Luminarias (2012), entre otros , alguien que, como Zurita, como Gamoneda, como Chantal Maillard como los grandes nombres en castellano que deben quedar para la posteridad, un poeta-pájaro, un poeta-árbol, un poeta cuya poesía nos hace estar dentro y no como simples lectores en un afuera pasivo. No se busque pues una palabra mesiánica, una palabra periferia que diga al lector alguna verdad revelada. Nos encontramos ante un libro compuesto por dos textos que inciden en la creación y re-creación del poema. Y por tanto en la creación y la re-creación del campo denominado “La Fábrica de la Seda”. Hay en ellos fulgor, como solo puede haberlo cuando el poema vive y respira, pero ese fulgor brilla en la esperanza que surge del dolor mismo. El dolor, la memoria, son centros irradiantes. De ellos parten las sílabas de lo indecible, pues hay hechos tan infaustos, tan indignos que no se pueden decir sin que a uno se le llene la boca de pájaros muertos. No cabe una exégesis, ni una interpretación. Solo cabe situarse ante las puertas del mismo campo de concentración, de la Fábrica de la Seda, para internarse en él. Por eso que Primo Levi llama la suprema dignidad de la palabra en cuanto que memoria viva.

Los campos de concentración españoles fueron supervisados de cerca por la Gestapo y fue un destacado oficial nazi,  Paul Winzer, jefe de la Gestapo en España y jefe durante algún tiempo del Campo de concentración de Miranda de Ebro, quien según algunos historiadores como Egido, organizó la red. Se trataba por tanto, de réplicas de los campos nazis, con sus kapos, delincuentes comunes que se encargaban de otorgar más terror si cabe a un espacio como el que nos ocupa. Como todo el mundo sabe, la Guerra de España, como la llamaba el presidente de la legítima República, Negrín, fue la antesala de la  Segunda Guerra Mundial. En ella se citaron en furioso combate la libertad y el fascismo y, desgraciadamente, venció el último. Por eso los campos de internamiento siguieron existiendo, reciclándose en otros nombres y aparentando una legalidad que nunca tuvieron.

Y Curiel, el poeta de la palabra-luminaria nos sitúa allí a la entrada, en los alrededores, antes y después del no-lugar. La voz poética se interna allí con el mismo pavor, con la misma entereza de los que sobrevivieron para contarlo. Tiembla esa voz y se hace hombre y mujer del aire, envuelto en la niebla de un territorio donde al entrar uno ya sabe que existe menos, que la vileza ha cerrado la puerta con un candado de nieve para que se le olvide, que es un judío, un homosexual, un anarquista o un comunista, que es alguien del que el mundo debe prescindir y al que para privarle de todo, se le asigna un número, del que incluso Pitágoras hubiese apostatado.

“Los vencedores se pudren en vida y los muertos empañan con su aliento el gran cristal del cielo.”  Dice la voz y es justo ahí cuando el poema se abre para dar paso a la ciclicidad de todo texto cuando es digno. La voz es la memoria, el tiempo del poema es vertical, como dice Bachelard. Y en ese tiempo caben todos los campos de la ignominia, los que según el tiempo inventado de los hombres, son y serán. Y es que estos textos que forman el libro no son solo un testimonio del Campo de la Seda, sino que interpelan a cualquiera que asista al festín de los amanuenses del dolor, de los calígrafos de la nieve que saben lo que significa una alambrada en medio de ninguna parte. Es por ello que los grabados de Juan Carlos Mestre aportan la voz de la acuarela, porque hay palabras que no terminan de decirse y hay que dibujar, marcar como Goya o Picasso el grito y la sonoridad de los cuerpos cuando quedan amortajados en la niebla.



Alguien, como decía ha dejado abierto el poema y nos necesita para seguir escribiéndolo, para datar todos los nombres de quienes nos faltan, de quienes siempre acaban faltando. Juan Carlos Mestre tiene un verso, “son los mismos” dice él, para hablar de este tema: son siempre los mismos quienes odian la vida-árbol o la vida espiga, esa que no tiene más sentido que alzarse hacia lo alto, respirando siempre en los almiares de la honestidad. Y luego están las voces como las de Miguel Ángel Curiel, como las de Celan que intentan grabar con el buril de la memoria los nombres en la merma del llanto, allí donde por un momento, por un instante de implacable lucidez , el hombre es ángel.


Luis Luna

17/5/17

LUMINARIAS II (2010-2015) LIBRO DE LAS BOTELLAS -fragmentos 1-50


LUMINARIAS y LUMINARIAS II, están publicadas en la editorial Amargord, Madrid)

 LUMINARIAS II

                        LIBRO DE LAS BOTELLAS
          (2010 - 2015)
                                            MIGUEL ÁNGEL CURIEL

                                      










1
Ahora troncho una rama. Siempre algo sin sentido da sentido al mundo, sobre todo un pequeño sinsentido, un alegato de dolor en lo que no se duele.

2
“El libro de los muertos” de Canetti, desazonador, sin embargo lleno de luz, verdadero y a la vez incierto. Todo lo que pediría de un libro. Él, que escribía a tajos, con un cristal en la mano. Lo verdadero es incierto —in-cierto—. Las palabras son las cicatrices de la verdad. Palabras afectadas por la mentira girando alrededor del vacío, así ellas rozan, erosionan y desdicen el mundo. Se van por el sumidero o se las lleva el aire. Una hoja para siempre en blanco. Ninguna palabra podrá jamás sustituir a la luz sobre la hoja, hoja que absorbe la luz mientras bebes un vaso de agua muy fría, agua de nieve —beber algo que antes era blanco—. Sólo podemos escribir sobre el blanco, pero la buena escritura no está sobre el blanco, sino dentro del blanco, enterrada en el blanco, pero no de manera profunda, por eso la escritura es siempre superficial a la realidad. Una casa recién encalada envuelta en la luz, un muro blanqueado, nieve rodeando la casa en los ojos blancos del lobo. Sólo las palabras pueden decir de la luz lo que la luz no deja decirse.

3
Firmé con la tiza en una pizarra. Al borrarme la nebulosa de mi nombre.

4
Vida y muerte, una palabra que nombrara las dos a la vez, un sólo sonido para las dos. ¿Cómo sería esa lengua? ¿Inequívoca? Así otras palabras que se asientan en el centro de nuestra existencia. ¿Pájaro o reptil? Lata de sardina de mi poesía: una lata de sardinas caducada. La abro en la intemperie para dar de comer a mis fantasmas.

5
Un sorbo de agua. Me inundo hasta quedar ahogado en el presente. También la desesperanza es una forma de esperanza. Idea de vacío que siempre llenamos. Nuestra idea de eternidad se llena de minutos. Pulgas, tuviste la experiencia de las pulgas en tu cuerpo un día de verano en el que se te hizo de noche al llegar a un pueblo de la sierra llamado Mijares. Dormiste en un prado recién segado. Pulgas y estrellas.

6
Cortafuegos, eso hay entre las estrofas de la vida, cortafuegos, y si no limpias bien tu escritura arderá toda, o entrarán las cabras a menudear, a comerse la maleza: las cabras, los lectores de este tiempo.

7
El lomo de un pez que aletea en la corriente azul, y boquea por ti, abre y cierra las branquias hasta guiar tu respiración absoluta. Grita para espantarte a ti mismo. Tu vuelo de espanto. Recoge el grito propio, lo roto de ti. Te has vuelto a romper y te recoges. Como si todo hombre tuviera un contra-nombre, luego un niño en pleno mediodía, a tus pies, con una tiza marcando tu sombra. Pero tu contra-nombre es corto para el largo nombre al que se confronta. Aún sigues buscándolo en la boca de alguien.

8
Tu sombra, tu ángel de la guarda.

9
Aún tachada, la palabra vida ilumina con fuerza los ojos de quien la lee. Podemos ver entre las ramas del árbol negro a un pájaro negro, y oír en lo frondoso su canto blanco. Podemos leerla y sobreleerla. Borrada queda su luz y su ceniza.

10
Palabras como signos de lo quemado, o líneas que han ardido; palabras o quemazones de la propia vida. Palabras rotas que debo recomponer. Solo puedo trabajar con palabras que se rompieron alguna vez en el ser. También el viejo flexo en la mesa de la habitación de Talavera,  aún se escribían cartas a mano, y por eso las palabras pesaban y esto las hacía livianas o más leves que la propia hoja. Ese flexo en el que calentarse las manos.

11
Un agonizante que está naciendo y es el único que no llora.

12
En tus manos el agua de ese río negro es transparente.

13
Como causante de dolores ajenos ni siquiera tengo un tú donde resguardarme. Aligerar la farsa de la vida prescindiendo sobre todo de las palabras, de su quemazón en hojas blancas o un dolor que rola como el viento. A lo lejos el despeinado con llamas blancas y negras en la cabeza, de cerca su sombra y el humo subterráneo de su cabeza ardiente. Una madre ríe en el dolor del parto. Aún se limpia con lágrimas la oscuridad de los ojos. Todavía mi voz, la voz con la que hoy hablo, viene de ese primer llanto.

14
Escribía sin saber para qué, o más bien contra el destino. Desprendimientos de rocas como desprendimientos de luz dentro de mi cabeza. Vida bajo los escombros del ser. Demasiadas veces mi escritura ha sido destructiva, sin embargo todo estaba tranquilo y quieto a mi alrededor. Ni el mínimo indicio de la catástrofe. ¿Había cantado alguien —un grito del subsuelo— o simplemente volvió a actuar la nada negra encima de mí? Desde entonces las palabras se han humanizado yéndose muy lejos de nosotros. Escritura imperfecta, así más verdadera y llena de impurezas, llena de mí mismo. —¿Hacia dónde iba con ella si sólo me subraya guiándome hacia una estrecha senda que se abre en la oscuridad del bosque? Apelmazar en el aire mi propio mundo, hacerlo cada vez más estéril a mí mismo.

15
Un cementerio de agua, en el fondo, muertos. Respira tú por ellos. El cieno les cubre el cuerpo y el rostro, les cubre todo el cuerpo menos la boca. Alguna vez hablan y despejan con palabras lo que cubre sus bocas. ¿Al hablar no despejamos nosotros el vacío?

16
No muchas palabras se necesitan para nombrar el mundo, pocas verdaderamente. Sin embargo las acaparamos todas, quedando todas finalmente rotas o desgastadas. Hoy mismo debí decir sol al menos tres veces. No hay día en el que no lo nombre para guardarme de mi propia luz, y así deberían hacerlo todos los hombres cada día. Un zorzal saltó hacia el cielo en cuanto puse la mirada en él—. Un deseo de que no lo haga, y así también deseo de que lo haga. Aún la extrañeza ante los hechos naturales sigue siendo la medida.

17
De nuevo de viaje, y de nuevo el cansancio de viajar, de ir a otro lugar solo en busca de la nada. Cuando corríamos en la niñez hasta el Chopo, lo tocábamos con la mano y volvíamos. ¿Qué tocas ahora allí donde llegas? ¿Una piedra con la forma de tu rostro? ¿Un rostro desgastado? Algo tocas pero no sabes lo que es. Otro viaje para llegar a ese punto de tu vida en el que ya no cuentas hacia atrás y en el que no cuentas hacia adelante. Cada vez es más dulce la vida, ha cogido grados como el vino. Los sorbos te dejan un regusto de dulzura, sin embargo viajar se ha convertido en un movimiento doloroso. Otro viaje rápido de mí hacia mí, un paisaje ya demasiado conocido y demasiado extenso para ser en él como soy realmente en mí. También demasiada quietud en el vértigo de la vida.

18
Sed junto a la fuente, y sedientos llegando en tandas. Beber directamente de la vida, del caño. Sed y deseo de descubrir, o de desnortar. Ando perdido en este tiempo de encuentros. Hoteles junto al mar. Rompeolas —Wellenbrecher—. Tus palabras llegan a ti con más fuerza. Te pisan si te cubres con sábanas negras. Sábanas negras en la nieve. Dormirse profundamente para que el ángel no enturbie tus aguas.

19
El buzo que se quita la escafandra. La muerte que nos arranca la máscara.

20
Mientras clavas los vientos de la tienda en un prado del Alto Jerte, el sonido de la piedra en el clavo. Tan diferente al sonido del martillo en los clavos.

21
Linarias de abril. Antes de que vuelva a llover, y de que se vuelva a cerrar el cielo nocturno con la bruma. En esas aberturas de nubes, en esos claros celestes Linarias de abril. Semillas de luz que un sembrador nocturno lanza al cielo, entonces se ilumina el semblante y la alegría envuelve con su luz verdadera todos los rostros  sumidos en la pobreza. —Era esta mi riqueza, una de ellas— y por eso abría el cofre de las ilusiones y el sembrador de Linarias era generoso. ¿No se llaman así esas pequeñas flores de color naranja que brotan en los prados ahora? Correspondencia entre lo que es y lo que no es. Un hilo tenso se rompe cuando alguna palabra de más sale de la boca: Linarias de abril para este insomnio. En la ventana se estrellaron las ventiscas y la lluvia, también estas semillas de luz más alejadas.

22
Allí un hombre con el nombre muy corto. Él mismo olvidó sus apellidos, su estirpe. Se quedó en un nombre muy corto. A veces una sola letra. Una inicial que es una antigua cicatriz y a veces pica. Como firma una raya que parte en dos su vida.

23
Una serenidad que llega a hacer daño. Pensamientos o semillas negras de pensamientos. Al esparcirlas por las arenas estériles sueñas que no vives. Así es la gratitud: lo que no se da se da. Siempre terminaban enrevesando las palabras lo que de alguna manera debías de desenmarañar. Por ahí no cortes el sedal, no vayas por la vía fácil. Al menos tenías en la mano negras semillas de pensamientos y se las echabas a los pájaros para que dejaran de cantar.

24
Había una mariposa atrapada en una tela de araña en la casa de un amigo muerto por encefalopatía, o un hombre en su ciudad reticular ahogándose en el aire negro. Una ciudad hecha para no salir de ella. Una ciudad desde la que contemplaba la tormenta de verano, la leche azul del cielo. Las nubes que se formaban y se deformaban como los rostros de un dios aturdido. Aire caliente levantando la hojarasca se llevaba lejos palabras secas. Cuando escribimos es para fijar lo que se desliza y así deslizar la realidad contra su propia naturaleza. En las afueras había una gran encina, era el centro o eje donde caían los rayos de las tormentas. El lugar donde concentrar tu energía. Uno mismo contra sí mismo atrapado en la propia red del ser, se revolvía en la desesperación como en un baile de agonizantes o en una danza de mancos. Nadie podía salir de esa tela, de esos hilos tejidos por la luz. Los que tienen alas salmodian el mundo y golpean sus alas contra la tela. Pero el sentido y el fin de las alas es subvertir el espacio, agrandarlo, no moverse, no revolverse, no entrar por la puerta de los otros hacia ti.

25
Cada vez valen más tus palabras, nos las vendes, no las das de sí, no te las comes, y casi no se las dices a otros. Cada vez más fortuitas, menos obedientes a ti, más libres que tú mismo y sobre todo, el silencio que conllevan, un gran silencio despiadado.

26
Ser una res. En mi lengua doy la vuelta a la palabra para que sea otra cosa. Muge, pasta, trota. Este es el momento en el que hombres y animales duermen. Aire e ira también cercanas entre sí, en alemán Wind und Wut, no tan cercanas, pero parejas. Ser es más que estar, una palabra más llena de nosotros. Ahí está la escalera entonces, la escalera que bajamos para estar allí, junto al primer peldaño, o un poco más allá, junto a la ventana abierta a la noche desde la que se ve parte del mundo. Junto a ese huevo o ventana se es, sobre todo se es. Sin embargo existe el sobreesfuerzo del hombre por alcanzar la maldad, y el sobreesfuerzo por conquistar la bondad. El mismo ímpetu, la misma relación. Mi propia luz debía estar acorde con la luz del mundo, y esa luz no debía quemarme más de lo necesario para ser la leve sombra de mí mismo proyectada en un suelo pobre. Pronunciamos poco nuestro nombre, y cuando lo escribimos en verdad no queremos escribirlo. Pronunciamos nuestro nombre sólo por obligación. Sólo cuando nos invocamos desaparecemos de nosotros mismos. Nos duele la garganta al nombrarnos en voz alta. El nombre es ángel de la guarda, y se escapa por la boca. Tienes un nombre poderoso y lo desperdicias, lo troceas para que tu ángel pase hambre de ti. Ningún poema es anónimo, siempre es de un poeta, y siempre lo más importante de ese hombre es su nombre, aunque se trate de un pájaro, del canto de un pájaro muerto.

27
Vivía al otro lado del río. Cada mañana temprano atravesaba el puente hacia ese lado de la ciudad. Al caer la noche volvía a casa atravesando el mismo puente. Entre la noche y el día había un puente. Un río separaba la noche del día. Durante más de cuarenta años el mismo trayecto, el puente entre el día y la noche. Ningún puente es feo, su belleza no depende de la forma. Al atravesar un puente, cualquier puente, la trascendencia entra en nosotros. Nos sobrecoge la altura, y nos atraviesa una corriente de emociones frías. Atravesamos algo más que un río, un instante eterno. Cruzamos nuestra propia corriente, nos atravesamos a nosotros mismos. Tablas y grandes palos apilados tras la casa. ¿Qué hacer con estos materiales? Todo menos quemarlos. Construir algo, un yo de tablas y palos, un tú de clavos, un él de cuerdas. Algo que nos proteja de la intemperie. El fuego interior de cada uno para calentar al otro. Y tal vez un puente.

28
Aunque empequeñecido por las apariencias, de ti, siempre una sombra larga. Dificultad de ser, como si pusieras demasiada fuerza en no gravitar, o caminar sin levantar polvo. Hay una gran oquedad revestida, la necesitabas para hablar. Incluso cuando quieres decir nada, dices algo. La misma idea del vacío se llena de palabras que nunca terminan de llenar el hueco que deberían taponar, como a un hombre al que hubieran condenado a hablar sin cesar hasta el final de sus días y así alejar a la muerte de los otros que callan.

29
La poesía no es verificable —quien escribe no hace otra cosa que cerrar con el hilo de las palabras la herida del mundo—. Un poco más allá de la poesía está la nada.

30
Al socaire, siempre al socaire del viento en estos días azules de febrero. Lo que me he dicho a mí mismo se ha ido lejos y se ha dispersado. No lo oigo. Tampoco quería escribirlo, someterlo a la gravedad. Me lo volveré a repetir de alguna otra manera dentro de poco. Soy mi propio animal doméstico.

31
No dejaba de mirarles hasta que se perdían. Un poco antes de que así  fuera, y de que aquellas figuras se desvanecieran en la luz o en la oscuridad, cerraba los ojos para que siguieran caminando dentro de mí. Nunca estos seres o figuras se daban la vuelta y regresaban. Yéndose de sí tal vez lo hicieran. Después de mirar algo largo tiempo hay que cerrar los ojos para que se ilumine nuestro ser. No hay revelación entonces.

32
Un jardín abandonado que se alimenta de sus propias hojas muertas, de sus propios seres, donde los árboles más fuertes se hacen con el espacio venciendo entre el caos. También las enredaderas y el zarzal. Los viejos rosales, con más espinas que rosas, o las malas hierbas vencen moldeando ese espacio cada vez más frondoso y oscuro hasta quedar cegado de verde y negro. De un verde cada vez mas negro y un negro cada vez mas verde. ¿Se cuelan allí alguna vez tus palabras? ¿Calan alguna vez, traspasan lo que querías decir? Te hace daño atravesar ese jardín. Sales de él con heridas y rasguños. Pero esa era tu misión, calar, atravesar, colarse, erosionar y no tanto decir, para ser sólo ese escritor desconocido que vive en una pequeña ciudad de provincias. Pero cuando escribías estabas en el centro del mundo. Una escalera para recoger los frutos estaba ahora tendida sobre un arroyo, una escalera para cruzar el agua con mucho equilibrio. Estabas en el centro del mundo, y te escorabas todo lo que podías hacia los límites.

33
Papel manchado de tinta, vino o sangre, sustancias que lo honran y hacen que las palabras húmedas se vuelvan más fidedignas a la verdad. Tiembla tu vieja mano mientras escribes una carta de amor. Hace falta mucha fuerza en la mano para palabras tan débiles. Ausencia de correspondencia entre tu pulso y tus palabras —evanescencia entre tus palabras y las suyas—. Largas y cansinas cartas, las suyas breves e inciertas. La rodeas con lenguaje y su centro es silencio. Sin embargo ella habla y tú callas. Pero tu caligrafía aún excelsa, bella y ligera. Una caligrafía de otro tiempo.

34
No eres el que realmente eres, pero sabes que no puedes ser otra cosa que eso mismo. Aurora en la que sientes el dolor de verte y de sentirte, de ser y serte. Cada mañana naces de ti mismo, no de tu madre. Hasta el último día de tu vida en el que morirás en una cama. Tu gran misterio es que no te reconoces en los espejos, en las fotografías.

35
Un perro ladrando en un socavón. Miras el hueco, que posiblemente esté lleno de agua. Te parecerá profundo, como un poema oscuro cuyas palabras no son más que arañazos de  vanidad en un papel. Socavón donde tu rostro aparece hundido, tu máscara de plomo en el cieno. Demasiado profundo para el que quisiera salir de ahí sin la ayuda del otro, o con la cuerda caída del sueño de un ángel. ¿Qué decía el perro con sus ladridos? Intentabas traducirlo. Eso era lo importante del asunto. Pero por no ser fiel a lo que decía te desviaste, buscaste la belleza a costa de la verdad.

36
Un perro atado, un pájaro en una jaula, un pez en un vaso, y el hombre que echa huesos al perro, deja grano en la puertecita de la jaula, y desmenuza un poco de pan duro en el vaso donde está el pez. Hombre que acumula en su yo las tristezas del perro, las del pájaro y las del pez. Las acumula, las agranda y las amplifica en la suya propia. Conciencia de la sed de los otros. No se iría muy lejos el perro si no estuviera atado, el pájaro no iría más allá del chopo que hay en los ojos del hombre, y el pez moriría en el lecho de piedras del arroyo del espino. Nada se alejaría del hombre, su sombra, su rostro, ni su yo. Así lo creo y así lo manifiesto. Un hombre como yo o como tú, cualquier pronombre, y todos o casi todos los nombres del mundo, los repetidos, los irrepetibles, acumulan en su yo la tristeza y las alegrías de los otros. Las hacen suyas para los otros. Cortar la cuerda, aplastar la jaula y romper el vaso.

37
Las palabras más feas que encuentras te las dices a ti mismo, palabras que nunca se escriben, palabras que sólo amortigua la culpa.

38
De nuevo ante una vela apagada. Una vela en el centro de la mesa. Vela que se apagó sola. Algunas veces una vela que tartamudea. No la apaga el soplo, ni tus palabras sucias que se enredan unas en otras hasta formar una madeja absurda. La vela que podrías encender para que te ayudara a ser, tartamudeara por ti en la oscuridad. Es lo mismo hablarle a la luz que a la oscuridad. Una vela, el único ángel que hay en la sala. La cera, el ojo corrompido, la lágrima que lo purifica y lo limpia. La vela y una cebolla partida. También la luz de la vela junto a la lamparilla de Santos, mariposilla de aceite en el agua —cuatro o cinco, no se pueden tener más muertos por cada uno—, las débiles llamitas del presente alumbran todo el vasto pasado: una llamita débil. Se proyectan a través de ellas los espectros en la pared blanca, sombras oscuras en lo oscuro. A contraluz les hablas, pero no les ves. Les dices quién eres en lo que no eres. Les hablas en su silencio y su silencio te deja entrar en ellos como el agua en la tierra. Les empapas a contraluz. Primero les empapas para después manar de ellos.

39
El paso de las aves hacia el Sur. Por un momento alzas la cabeza, la v, la gran v abierta, la punta de flecha. Así debieran ir tus palabras de ti hacia ti, más directas, más hacia lo otro. Punta de flecha del invierno, gasas de nubes irisadas, vendas blancas para las heridas del mundo. El paso de las aves hacia el Sur. Coros aéreos para un grito humano.

40
Frío en verano, también alguien ha muerto. La melancolía con su hiedra persiste en tu cabeza, en tu rostro, que a la vez que trepa se descuelga y termina ocultando tu rostro en la ventana. Hundirá un día la casa con su peso vacío. Este frío en los largos días. ¿Te sientes ahora lejos de Toledo, como en uno de aquellos veranos en Rontemburg Wümme en los que pintabas de rojo barracones alemanes? Tan lluvioso y frío como uno de aquellos veranos alemanes. Quien ha muerto va por la calle llevando en la mano una bolsa con fruta; flores de amor y muerte. Un verano alemán lluvioso y gris. ¿De qué año? Cada cierto tiempo, cada mucho. De la luz no tenemos memoria y de los veranos luminosos apenas su ceniza. Siempre un verano alemán tras un invierno alemán.

41
Nunca tuviste la intención de escribir libros, y sí el deber de escribir el último libro en el mundo. Tus palabras serían las últimas en ser escritas. No habría nadie para leerlo, nadie que pudiera aprenderlo de memoria y en voz alta contar aquello a los otros. El último libro en el mundo. En las últimas páginas irían los nombres, los millones de nombres de todos los hombres que habían sido en la tierra. Era sólo un acto de resistencia, una manera de perder el tiempo, de detener al destino.

42
El que curaba con palabras no era capaz de sanarse con las suyas propias, tampoco le curaban las de los otros. Pro-curaba no herir, no hacer daño con ellas. Le gustaba hablar cerca del fuego, de las lumbres. Sabía que las palabras se quemaban pronto en el aire, cerca del fuego. Herir con palabras, curar con ellas. No se suele hablar delante de un espejo. El yo se mira, el yo más silencioso. La máscara es el rostro mismo. Hablaba delante del espejo para empañarlo con sus propias palabras.

43
Esgrima frente al salto de trampolín. El agua y la herida. Uno basado en la necesidad de luchar, el otro en la necesidad de saltar. Dos grandes ejercicios de belleza.

44
Anillaban pájaros, recogían todo tipo de información sobre ellos, medían sus alas, el pico. Esperaban junto a una red a los pájaros a la sombra de un algarrobo. El cuaderno del anillador era muy parecido a este, una Moleskine de tapas negras, una caligrafía limpia, datos: aquí contra-datos, y una manera de escribir muy sucia. Escribí: miro los pájaros, tejedores de lo invisible. Una tela de luz. Al final los chillidos de estas aves imaginarias. ¿No suena igual la tejedora, esa máquina vieja en ese telar de las sombras?

45
En las ciudades viven hombres y pájaros. Hombres y estorninos, bucles de estorninos en el cielo. Los millones de estorninos de Roma volviendo a los árboles de las orillas del Tíber al caer el día. Bandadas de estorninos que oscurecían el sol. Nunca vi una bandera negra tan grande. Ondeaba sobre la ciudad una bandera negra en el cielo. La bandera de Roma es negra, es una bandera de estorninos, y más allá de Roma estaba el Jerte, y un poco más allá del Jerte, el Zézere. Dos palabras vienen de la misma raíz. Escritas en la arena con este palo, una sobre otra, comidas por la luz. Zézere en este puñado de arena. Dos ríos que se llaman igual. Más allá del Jerte está el Zézere.

46
Tiétar, Jerte, Alagón, Zézere, los ríos de mi país. Mientras veo nevar escucho estos nombres. Los nombres de río son más extraños y misteriosos que los de las montañas, que inamovibles están quietas para siempre en los ojos. Un hombre termina arrancándole el nombre, un hombre hipnotizado. A un río el nombre se lo pone Dios, y Dios habla en la boca del viento.

47
Alambres de espinas. Aún se fabrican y aún las agarras para arrancarlas. Todavía ves grandes rollos de alambre de espinas esperando en las cunetas.

48
Una vela en el suelo, una luz que fluye de la misma tierra.

49
Un puñado de supervivientes en la niebla de la historia y en el silencio del mundo. La última forma de habla, los últimos signos —el último escribano, no ya un poeta desmitificador, sino un antropófago de sí mismo, un desmitificador o esparcidor de semillas en el océano seco—. Al final de ese viaje, un grupo de hombres entorno a una última lumbre. Allí, a sus espaldas el frío oscuro del mundo mientras celebran una ceremonia de reconciliación. Le entregaban las últimas palabras al Dios de las tinieblas. Chispazos de piedras que chocan en la noche. En la oscuridad mas absoluta chasquidos de guijarros y chispazos. También luciérnagas balizando una senda. Y ahí ser yesca, ser al final un poco de yesca en la mano de alguien. Que lo poco que quede de ti sea yesca, un poco de esa materia última en la que tú propicies el fuego y el lamento de los otros en torno a una lumbre. Cuánto ha costado que te prendan, cuánto que la primera llama que de ti salga termine prendiendo esas malezas secas. Dar luz y calor en la fría noche. Sólo ser yesca.

50
Intenté hacer lumbre a la manera de los hombres de la niebla. Desfallecí antes. Bello y enorme fracaso.