3/4/17

JARAIZ, nuevas tomas de agua



Il y a là cendre 
[il y a la cendre]
Así me vi,
dentro de
este poema
sin querer
salir de el.
Me he girado,
el círculo se ovalaba,
la noche buf¡
cuervos azules.
Perdón es hijo
de dos palabras,
per el don
que tiene de hacer daño
el impermeable
en el cuerpo desnudo.
Es mi páramo.

(…)
Debo cerrar la mano con estas palabras, que no escapen de mi, la vie, la suprême vie, mira tus ojos en los míos [hay que azular más el cielo, azularlo hasta la muerte, que al azul nos coma] Mira la flor del sabio, una albidus, que blanca y tonta, si acaso huele a pan o a libro, y tu envuelves el libro en mi talit.





[Náufragos el uno en el otro. Cada ser es un océano que expulsa al otro para que se salve, lo expulsa de sí para no ahogarlo en el azul de la saliva. Por un lado va el nombre, por otro el cuerpo. Se intercambian cuerpos y nombres, se escinde el cuerpo del nombre. El náufrago, que significa salvado yaw-shah´ como si cada palabra encerrara otras y estas a otras, y así hasta el no lugar de la palabra. ¿De que podría ser la barca sino de cristal? No se hunde si el hueco, el vaciamiento para que duerma la flotante, la nauta de sí misma ha sido hecho con amor. Me lo dijo no su corazón, sino la flor de su corazón. El nombre que el mar olvida, el cuerpo que el mar expulsa. El viento ilumina sus ojos y los míos, playas muy distantes, playas sin nombre, la luz azul que los envuelve, que les protege. Un encuentro casual, en una calle concurrida de una ciudad extraña, no se detienen a preguntarse si son ellos, un instante, sólo que la mirada del uno en el otro les atraviesa no sólo a ellos, sino al mundo, esa mirada en círculo es la del uno en el otro, mirada única de los dos, los dos ven ya lo mismo, hay un ojo de cada uno en el otro. La ciudad, para que no se mareen, gira despacio, un infinito tío vivo de cristales rotos que se reflejan en el río. Los dos náufragos de sí pasan el uno a través del otro de nuevo hacia el mundo, se atraviesan por la carne transparente, por la memoria mutua, si existiera esto alguna vez de verdad, una memoria congénita nacida de ambos, que actúa como himen del presente, y himen o telilla del pasado, por la que la luz pasa y calienta la hierba nueva que rompe las aceras y las levanta con dulzura, hierba que se abre paso por las fisuras y los adoquines, porque el mundo quiere respirar en los que han estado a punto de ahogarse, y la hierba es su respuesta, la hierba que rompe lo duro. No se ahogaron, no murieron porque náufrago significa de alguna manera salvarse el uno del otro, yaw-shah´ el que ha jugado en el agua, el que ha hecho el muerto en el agua y se ha dormido en el agua, un flotante, y hay un niño boca abajo en el agua que mira el fondo, y remueve el cieno para encontrar la estrella hundida de sus ojos. A ese niño le hablas a través del agua o a través del aire, son lenguajes distintos, dos lenguas que no se pueden traducir la una a la otra; por mucho amor que haya entre los dos, las palabras de esas dos lenguas chocan hasta ser fuego que lo quema todo. No todo el mundo ama de la misma manera, no a todos nos pertenecen ángeles que escolten nuestro amor hasta la puerta de la casa que nos espera al final del mundo, y que alguna vez nos insinúen quienes somos de verdad. Hubiera preferido para esta aventura una barca de juncos y ramas de chopo secas. Hay un momento en el que se hunde, chupa demasiada agua y se hunde, como un sueño de ramas muy largas que por separado siempre hubieran flotado, pero al estar trenzadas en el amor imposible se hunden lentamente como hojas en el aire. No te agarres a ellas, sálvate, nada hacia la orilla, llega a la ciudad extraña donde es posible que puedas decirles a otros yaw-shah´ Soy el hijo de las aguas y ella la hija del aire. Me riza, me hace iracundo con el sol que se hunde. En los fresnos tiene su casa, en el mar sus visiones. Ella es una pastora de arroyos, cuida los libros, los envuelve con telas del Sabath, ninguno está sucio.]


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